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16 de abril de 2026

Lechugas

Una casa en alquiler se había quedado libre, y mi padre y mi hermano la inspeccionaban, encontrando objetos de relativo valor. Como la casa llevaba mucho tiempo deshabitada, era extraño que aún aparecieran aquellos objetos, mas descarté que realmente todo aquel material se pudiera aprovechar. 

Esto me recuerda inopinadamente a otro sueño en otra casa de alquiler, en una zona deprimida. En aquel otro sueño el piso, aun viejo, era bastante amplio y disponía de una terraza que daba a un patio interior. La terraza estaba medio derruida, tenía un techo muy bajo y hasta parecía peligroso transitar por ella. Tampoco sabíamos muy bien si incumplía algún tipo de normativa. 


Un amigo de mi novia se había ido a vivir a otro piso de alquiler en la costa, de manera provisional y con carácter de favor, esto es, sin pagar alquiler a mi familia. El tiempo había pasado y el amigo no había abandonado el piso todavía. Mi familia no conocía con exactitud esta situación y hablaba con mi novia para evitar que la estancia se prolongara y aquello no se convirtiera en un problema. Le pedí a mi novia que tratara con su amigo pero, si queríamos hacer las cosas legalmente, deberíamos darle cuatro meses de preaviso, sumados a dos meses más, que es lo que tardaría el amigo en desalojar. Aunque medio año pudiera parecer mucho tiempo, inicialmente calculé que nos tomaría años recuperar la vivienda, con lo que lo encontré hasta cierto grado razonable. En suma, me enfadé con mi novia pues, lo que inicialmente había sido una propuesta suya en favor de un amigo, al final se estaba convirtiendo en un quebradero de cabeza. 

Caminábamos por una suerte de factoría-mercado, incluso por zonas por las que el tránsito no estaba permitido. Era un laberinto de salas y escaleras y por momentos me desorientaba. Mi novia se dirigía a a un puesto de ensaladas. Recuerdo que había hojas de lechuga muy verdes y frescas, rociadas de agua. De camino a aquel puesto choqué accidentalmente con un joven que vestía una camiseta de la selección nacional de fútbol de Argentina. El joven se disculpó amablemente y profirió algo gracioso que no recuerdo (posiblemente no fuera gracioso, sino algo completamente falto de sentido), pero acepté las disculpas de buen grado e incluso le comuniqué que me guardaba el chiste, por si me volvía a chocar con alguien y podía emplearlo. 

Las lechugas viajaban por una cinta transportadora hasta el puesto de ensaladas y yo andaba por la cinta también. En la nave se oían avisos por megafonía sobre seguridad. Los avisos señalaban algo así como que no era conveniente andar por las cintas para "preservar los niveles de ozono". No había oído aquellos avisos con anterioridad pero imaginé que los trabajadores de aquel lugar los conocerían de memoria y, por alguna razón, a mí me sonaban familiares y pensaba que también debía conocerlos.

15 de diciembre de 2025

El perro oso

Soñé que quedé con mis amigos, pero no pudieron venir a la quedada. No obstante, me regalaron ropa de niño y de niña, pues según parece, mi novia y yo íbamos a tener un bebé. Coloqué la ropa en fila, en el escritorio de casa de mis padres, para tomar una foto y subirla en redes sociales, pero luego recordé que ninguno de mis amigos había publicado nada acerca de los niños que habían tenido.

En la estantería de casa de mis padres había un libro y me sorprendió ver a un amigo y a mí en la portada. Íbamos caminando por un sendero y en la contraportada creí verme con ropa de mi amigo, pues recordaba que me había prestado ropa para aquella sesión de fotos. Pero quien realmente salía en la contraportada era mi amigo y no yo.

Se trataba de un libro que un conocido de mi amigo había escrito sobre un cortometraje que nos encargó grabar. El corto no salió todo lo bien que esperábamos y el autor del libro llegó a protestar. Leí algunas páginas y me pareció que protestó con razón, puesto que los diálogos parecían, en el libro, mejor redactados y, en suma, creo que en el cortometraje habíamos tomado algunas licencias innecesarias, que desvirtuaban el resultado.

Paseaba con mi amigo por las calles de lo que parecía Tetuán, con muchas cuestas empinadas. Él caminaba con un perro que parecía un oso por momentos, mientras yo cantaba canciones regionales con voz grave. Hablábamos de que mi amigo había ido al médico y le había recetado medicación. Le preguntaba si le habían recetado antipsicóticos y, de ser así, le consolaba informándole que estos tenían mínimos efectos secundarios. En mi caso concreto, los antipsicóticos me producían somnolencia. Contaba que había ido al médico y, junto con los antipsicóticos, el médico me había recetado otro tipo de tranquilizantes. Me parecía inaudito que, provocándome somnolencia las primeras pastillas, me recetasen otras que ampliarían sus efectos secundarios negativos.

Terminó la quedada con mi amigo, entonces otro amigo y yo decidimos volver a casa. Yo vivía en Majadahonda y él tenía que coger el autobús a Las Rozas. Le acompañaría a la parada, para lo cual le sugerí atajar por unos solares en obras, llenos de terraplenes. No sabía a ciencia cierta si aquel atajo conectaría con la parada de autobús.

Empezamos a escalar por uno de aquellos terraplenes y pronto vimos que una mujer joven vestida con ropa de hacer deporte también estaba escalando. Alcanzaba las alturas sin demasiada dificultad, no obstante, mi amigo y la mujer no conseguían avanzar. Ayudé a ambos a ascender, a pesar de que no se mostraran muy contentos con mi ayuda.

1 de octubre de 2025

El asador

Un tiburón se acercaba a las costas de un país nórdico, quizá Noruega o Finlandia. En las playas había gente bañándose. El país nórdico controlaba un saliente de la playa y, lejos de la playa, la costa era jurisdicción de otro país distinto, que podría ser Turquía. 

Viajaba en helicóptero o vigilaba con un dron para supervisar el trayecto del tiburón. El sol se reflejaba en las aguas del mar, con lo que la visión resultaba difícil, pero como el tiburón se acercaba mucho a la superficie y sacaba su aleta, la labor no era todo lo complicada que cabría esperar. 

Mi hermano y yo paseábamos por el puerto de la ciudad. Conducíamos, en ocasiones, un coche eléctrico. En el puerto había carreteras superpuestas unas sobre otras, que además estaban parcialmente abandonadas e inundadas, llenas de algas. El camino hasta el puerto era muy pintoresco, puesto que las carreteras formaban puentes y arcos, con edificios antiguos y catedrales (de nuevo las iglesias abandonadas) de estilo colonial, y un túnel excavado en una montaña que llegaba hasta una recóndita cala, franqueado por barcas de pescadores.

Me sorprendía que aquella localización fuera tan llamativa, más aún cuando nadie la había recomendado y la encontré de casualidad en el mapa. Esto daba pie a pensar que en la zona podríamos descubrir también lugares interesantes para visitar.

Había, según recuerdo, una línea de casas al pie de la playa, y un hombre estaba arrojando la basura al mar. Accidentalmente, no solo acababa tirando la basura, sino también el cubo verde. Algunas casas daban aspecto de estar en ruinas, pero solo estaban descuidadas o a medio construir. Pensaba que arrojando el cubo al mar, el hombre había cometido algún tipo de infracción pero, al fin y al cabo, nadie le había visto y el acto había sido inintencionado.

En las inmediaciones del puerto, mi hermano y yo llegamos hasta un asador. El restaurante tenía un inmenso horno de leña, una cocina abierta con mostradores y un montón de postres expuestos alrededor de los cuales se afanaban cocineros vestidos de blanco. Era un poco tarde para el turno del almuerzo. Buscaba una tarta de queso, pues todo allí parecía hecho con esmero y de manera artesanal, pero no la encontraba. Había, no obstante, una tarta de nata montada que me llamó la atención. 

Mi hermano preguntó si era posible pedir una tarta de queso para mi y, ante la afirmación, acabó ordenando también la famosa tarta de nata. Finalmente, optó por pedir un plato de todos los platos de la carta. Así fue como llegaron a nuestra mesa unos espaguetis con albóndigas y un plato de arroz, todo con bastante buen aspecto y sabor. 

Disfrutábamos de las viandas en una mesa cerca de aquella cocina vista. Inopinadamente, relacionaba aquello con algunas degustaciones de influencers que había visto en internet. Sin embargo, no estábamos grabando el evento con lo que ni molestábamos al personal del local ni nos molestábamos nosotros.

30 de septiembre de 2025

El dúplex

Tenían que entregarme una casa en alquiler, allí me dirigía con mi padre. La casa era un dúplex blanco y moderno, construido en medio de una pendiente rocosa. Algo llamativo que recuerdo de la propiedad es que no estaba conectada a la red de alcantarillado, con lo cual las aguas fecales se derramaban por la pendiente. Pensaba que esto podría hacer perder el valor de la vivienda, pero también pensaba que lo mismo, dentro de la casa, aquello no era demasiado patente. 

Antes de esta situación, en una reunión de propietarios de otra finca que se celebraba en un bar, un vecino aseguraba que estaba abonando cuatrocientos cincuenta euros de comunidad. Supuse que el ascensor de la finca sería el mayor gasto, pero este solo suponía cincuenta euros del total de la cuota. Visité el ascensor y se encontraba en condiciones un poco precarias, con tablones mal puestos recubriendo la estructura. Imaginé que ascendiendo al primer piso el ascensor no revestiría peligro, otra cosa sería cuando ascendiese al quinto. Comenté al vecino que el gasto de ascensor me parecía barato, posteriormente tuve que aclarar que la cuota general era, a todas luces, excesiva. 

Algo más puedo relatar de una visita a una iglesia. La visita se encadena con otros sueños en los que veía catedrales a medio construir, pero todo se presenta ahora muy difuso y no puedo aportar muchos más detalles.

De vuelta a la casa de alquiler, recuerdo que mi padre resbaló accidentalmente por la pendiente y llegó arrastrado hasta una suerte de arroyo, donde quedó varado. Me apresuré a rescatarle bajo sus protestas, retirando la arena que había cubierto gran parte de su cuerpo. Los inquilinos estaban por llegar y dejé a mi padre a salvo descansando cerca de una barca, a fin de no llegar tarde a la cita con los inquilinos.

Los inquilinos me enseñaron la propiedad y nada más llegué, me disculpé y les referí el incidente de mi padre. Los inquilinos se mostraron empáticos y comprensivos. 

Aquella me parecía una buena casa y quizás, en un futuro, yo mismo fuera a habitarla. Al piso superior se accedía mediante un viejo montacargas y había una zona con una claraboya bastante iluminada. Pregunté a los inquilinos si aquella sala en concreto no sería muy calurosa, a lo que me respondieron afirmativamente. Planteaba que enfriar aquella gran superficie mediante aire acondicionado resultaría costoso. En la parte superior de la vivienda vi muebles antiguos y grifería chapada en oro, calidades que me sorprendieron. Los inquilinos me informaron que todo aquello ya estaba allí antes que ellos y allí se iba a quedar. Valoré que los espacios eran muy amplios y pensé que mi novia, hacía relativamente escaso tiempo, había fantaseado con residir en una vivienda más grande.

Aunque el dúplex en general estuviera bien conservado, pude observar que varias de las maderas del suelo presentaban algunos agujeros. Valoré, posteriormente, llenarlas con resina. Anduve colocando un sofá desvencijado que los inquilinos habían calzado con libros. 

Los inquilinos me informaron que estaban al corriente de todos los meses de renta, incluyendo el primero y el último, que habían aprovechado solo parcialmente. También me informaron de que tenían depositados dos meses de fianza. Les dije que no se preocuparan, que les serían devueltos, yo solo quería quedarme con lo que justa y legalmente me correspondía.

4 de agosto de 2025

Perdí mis zapatillas

Tenía un equipo de sonido en la buhardilla de mi antigua casa, con unos altavoces viejos conectados a una vieja minicadena. Mi hermano me invitaba a deshacerme de ellos, para lo cual dispararíamos una pistola a los altavoces. Me preguntó cuantas balas necesitaríamos y yo no sabía con certeza, calculando, en principio, unas diez. Mi hermano cargó una pistola y, aunque diez balas eran muchas, el carrete no quedaba completamente lleno, de modo que las balas debían alternarse con espacios vacíos.

Cuando disparaba a los altavoces, notaba que la pistola se atascaba o no disparaba como debiera. Aún así, causamos algunos daños al equipo de música. Por alguna razón que desconozco, posteriormente quise hacer uso del viejo equipo de música, pues ahora me parecía útil. Lo encendí con la esperanza de que las balas no le hubieran causado mayor destrozo, en vista de que la pistola no había funcionado correctamente, pero el equipo emitía un ruido blanco desagradable y pronto noté agujeros incompatibles con un buen funcionamiento.

Recuerdo enfadarme con mi hermano pues la idea de destruir el equipo de música había sido suya. Ahora lo necesitaba, puesto que mi nuevo equipo, que estaba en mi cuarto, también estaba dando problemas. Todo esto lo interpreto a posteriori como un aviso de preservar las cosas viejas, puesto que nunca sabes cuando te pueden volver a hacer falta.

 

En el sueño, visionaba una película en un cine de grandes dimensiones. Se trataba de un edificio de ladrillo lleno de butacas, muchas de ellas vacías. En algún momento, daban un aviso para que, quienes no hubieran comido todavía, fueran a hacerlo a una especie de comedor de colegio. Temí quedarme sin comer y, abandonando el edificio del cine, encontré a un antiguo compañero de la facultad que también acudía tarde a comer. Me pareció en cierto modo que, aquel compañero, al igual que yo, éramos un poco fracasados.

De camino al comedor, apercibí que había perdido mis zapatillas, debí descalzarme en el cine. El compañero me señaló unas zapatillas negras tiradas en medio de la calle, pero ni eran la marca de las mías (esas eran Adidas, las mías eran New Balance), ni tampoco parecía que fueran a ser mi número. Así, ir descalzo o calzado con las Adidas no parecía una buena opción y era algo que ciertamente me incomodaba.

De vuelta al cine, me perdí por algunas calles y juzgué que, a pesar de la buena orientación que había tenido siempre, empezaba a notar la mella del paso del tiempo y algún día, cuando fuera anciano, aquellas situaciones de desorientación serían más habituales. En la búsqueda del cine por las calles, descubrí que algunas eran peligrosas. Así, en un patio entre edificios, un vigilante espantaba a unos maleantes con un listón de madera. Había aparcado un coche con caparazón de tortuga que parecía propiedad del vigilante. A pesar de la peligrosidad, confiaba en mi rapidez y previsión para escapar en caso de emergencia.

Al llegar a una suerte de cobertizo, algunos perros empezaron a ladrarme desde detrás de una alambrada para evitar que invadiera su espacio. Subí a un ascensor extraño, con una mampara de cristal que me permitía ver lo que había en el exterior mientras permanecía recostado en el sentido contrario de la marcha. Fuera el ascensor recorriendo calles costeras. Algún ciclista y otros perros se aproximaron al ascensor mientras marchaba.

El viaje concluyó en una serie de negocio del desierto, donde un padre y su hija regentaban una especie de cafetería cuyo producto era trabajado por locales. Probé el café, que no era exactamente café, sino una suerte de espuma avainillada con un sabor realmente agradable. De las mejores cosas que había probado. La hija estaba aprendiendo de los locales a preparar aquel brebaje. Pedí matrimonio a la hija y esta me daría respuesta al día siguiente.

23 de marzo de 2025

El caleidoscopio de nieve

Anoche soñé que me encontraba en la habitación de una casa en la que había vivido. Hace ya años que construyeron edificaciones enfrente, pero yo seguía viendo en el sueño el campo que hubo en su día. Nevaba o casi lo hacía, y veía como pequeños copos de hielo ascendían desde el suelo del campo hasta el cielo. Primero se convertían en unas luces similares a fuegos artificiales, bailando, brillando, agrupándose y desagrupándose; y luego describían complejos motivos similares a arabescos de ganchillo. Pensé que, efectivamente, los bordados tradicionales se habían inspirado en patrones de copos de nieve como aquellos. 

Recuerdo llamar a mi madre para que presenciase aquel espectáculo, pero cuando llegó ya no había tanta nieve. No obstante, pudo ver parte del curioso fenómeno. En la habitación entraba una luz tenue y en mi escritorio había una lámpara que, pese a que estaba restaurada, parecía amarillenta y algo desvencijada. Mi novia me preguntó que por qué la lámpara estaba así y le dije que unos inquilinos anteriores no la habían cuidado.

11 de noviembre de 2024

Camarero

Volvía a un bar en el que estuve trabajando, ahora a cargo de otros propietarios. No creo que me contratasen, aún así, empecé a desarrollar labores de camarero. Había en el local otros camareros y todo parecía indicar que, pese a que el negocio fuera el mismo, las rutinas de trabajo habían cambiado. 

Recuerdo que empezaban a entrar clientes y no tenía manera de anotar los pedidos, de modo que un compañero me facilitó una minúscula libreta de comandas. No quise abusar de su confianza, de modo que, en vez de llevarme la libreta entera, tomé prestado solo un pequeño taco de hojas. Era realmente difícil anotar los pedidos en aquella libreta, dadas sus dimensiones. Acabé evitando la libreta y escribiendo en las mismas cartas, trabajosamente. Las cartas en cuestión tardé en encontrarlas, aunque dudaba seriamente que en aquel descuidado negocio las tuvieran en cuenta.

Un cliente me pedía un café con leche. Me dirigí a la cocina a prepararlo, pero la máquina de café no funcionaba y la cocinera preparaba café con una cafetera italiana que tardaba demasiado. Cuando el café estuvo listo,lo inundó de nata montada y toda la taza de café quedó cubierta encima de un plato. Iba a sacar el café a la terraza cuando uno de mis compañeros me advirtió que aquel brebaje inundado de nata no era apto para su consumo. Razoné con la cocinera y le hice ver que aquel no era el café con leche que el cliente había pedido. Preparó otro en su lugar. 

El sueño cambió de ubicación en algún momento, y me encontré en un edificio gubernamental, quizá en una biblioteca. Buscaba un ascensor para acceder a las plantas superiores, pero ninguno estaba operativo.

De vuelta al negocio, en un lapso, un hombre pasó al baño sin consumir. Valoré que, como yo no era ya encargado de aquel negocio, lo que hicieran los usuarios no debía afectarme. Estuvo presente esta mezcla entre justificación y responsabilidad en prácticamente todas las acciones que emprendía. 

En la terraza, las mesas estaban desordenadas y la gente empezaba a agolparse. Muchas mesas se mezclaban con las del local anexo de la competencia, con clientes confundidos. 

Cuando empecé a trabajar en el local, había muchos camareros, de tal modo que a penas me veía obligado a intervenir, sin embargo en aquel momento del sueño estaba prácticamente solo en la terraza. Empecé a tomar notas con agobio, pero no dominaba la carta y, en suma, los clientes parecían ser difíciles. Una clienta de un grupo numeroso me pidió dos raciones de patatas y algo más que no llevaba coste. A la defensiva, me preguntó si había algún problema con el pedido, a lo cual respondí que en absoluto, que volvería a la mesa cuando el resto de sus acompañantes tuvieran claro el pedido. 

Saltaba de unas mesas a otras sin obtener buenos resultados hasta que la puerta mecánica del local se cerró mientras sonaba una alarma. El interior del local se había llenado de comensales y, cuando esto ocurría, la puerta se cerraba para no aceptar más clientela. 

Un hombre excepcionalmente alto forzó la puerta y la dejó abierta, penetrando en el local, rompiendo el mecanismo.

19 de julio de 2024

El gato

Anoche soñé que andaba con mi novia por un garaje a recoger el coche. De camino, quise pasar a unos baños y mi novia me aconsejó haber pasado a los baños de casa antes, puesto que aquellos baños del garaje se encontrarían presumiblemente sucios.

Ignoraba si disponía de la llave de aquellos baños del garaje. Por fortuna resultó que sí, además de que muchas puertas estaban rotas y la llave para acceder no era necesaria.

Encontré un aseo que no estaba ocupado, era de minusválidos. Al lado del váter de minusválidos había otro normal, un poco elevado. Decidí usar este último. A pesar de estar situado en una esquina, el váter quedaba un poco expuesto, pero gracias a un abrigo negro que llevaba, pude zafarme de miradas indiscretas. Tres chicos jóvenes entraron en el baño y se pusieron a hablar. Tenía reparo en que me oyeran hacer mis necesidades. Estuve un largo rato orinando, previendo preocupado que, cuando entrara en aguas mayores, el ruido sería todavía más intenso.

 

Después de tirar de la cadena, los baños se habían convertido en la cocina de una antigua casa en la que estuve alquilado. Puse en funcionamiento el lavavajillas y la lavadora, pero no sabía si, con los dos aparatos a la vez marchando, saltarían los plomos de la casa por exceso de potencia.

Tomé fotografías para ver la demanda energética de los aparatos en la etiqueta. Constaté que la lavadora podría gastar alrededor de 1.400 watios. El lavavajillas, como estaba en funcionamiento, no pude examinarlo. Por suerte, no había nadie usando la luz a aquellas horas en casa, pero era previsible que, si alguien lo hacía, los plomos fueran a saltar. Y lo cierto es que se acercaba la hora de la cena.

El resto de los inquilinos andaban apagando y encendiendo la luz de la cocina. Cada vez que esto pasaba, temía por los plomos. Finalmente, otro inquilino apagó el lavavajillas. Al abrirlo, descubrimos que los platos y los vasos estaban llenos de macarrones con tomate. Había que introducir jabón y volverlo a poner en marcha. Imaginé que cuando los macarrones se inundasen del agua del lavavajillas, se hincharían y flotarían, de modo que sería fácil retirarlos.

El casero llegó a la cocina. Yo ya no vivía en aquella casa, pero supuse que no sería mal recibido en calidad de invitado. El casero me enseñó una suerte de recipiente que había arreglado. El recipiente fue un regalo que les hice, y en origen contenía las cenizas de algún familiar difunto. Pregunté al casero que qué había pasado con las cenizas, si las había visto o había visto que venían en cápsulas, a lo que me respondió que él nunca encontró tal cosa en el recipiente.

 

Era el funeral de mi padre o algún otro familiar cercano. Tenía que andar por un camino, vestido de traje y llorando. Tras el funeral, el casero se iba de viaje con su familia. La familia llevaba un gato de pelo corto y mullido, parecido a un perro. Abrazaba el gato, pues había sido mío, y le encomendaba al casero que lo cuidara. Fue un abrazo muy consolador y reconfortante.

En otra casa, había una familia. Pensé que para superar la pérdida de mi familiar sería buena idea adoptar un gato joven.

La hija de la familia me decía que se había enfrentado a mi padre, pues este le había dicho que asistiera al funeral con zapatos, lo cual no era sencillo. Al parecer, los zapatos de tacón no podían llevarse sin unos aros a medida, que eran difíciles de encontrar. Todo esto me lo explicaba la madre de la chica.

Disculpaba a mi padre, pues él no entendía de calzado femenino y, a fin de que comprendieran bien la situación, puse el ejemplo de cuando arreglaba cosas en el ordenador, cosas que mi madre no entendía.

8 de mayo de 2024

Los cazas

Soñé anoche que estaba en Madrid, cerca de la torre Picasso. A lo lejos veía un grupo de cazas que en un principio pensé eran amigos, pero pronto una batería antiaérea los derribó. Parecía que nuestro país estaba en guerra y esto era realmente preocupante.

Corría a guarecerme a una plaza - garaje que tenía alquilada. Allí podría pasar al baño, pues tenía ganas. Cuando me quise dar cuenta, tenía los pies metidos en agua y es que el suelo de la plaza estaba inundado porque el inquilino había obstruido el desagüe. El inquilino se quejó y me dijo que no me preocupara. Se puso a retirar sedimentos del desagüe y consiguió que el agua fluyera lentamente. 

Esta plaza que también era un garaje junto con una pequeña habitación recuerdo hizo acto de presencia en otros sueños. 

Hablaba con preocupación del suceso de los cazas y un joven  me decía que había presenciado como un avión de gran tamaño había sido abatido. Se mostraba sorprendido pues, en las noticias, el avión abatido no parecía tan grande. Yo apuntaba que también había presenciado el incidente de los cazas, y posiblemente también el de esta nueva aeronave abatida de gran envergadura. 

Conducía un todoterreno viejo que no había pasado la inspección técnica hacía varios años y le recomendaba a mi padre pasarla. Como teníamos muchos coches no era urgente pero mi padre, en aquella ocasión, parecía no querer pronunciarse sobre la cuestión, misteriosamente.

En el bar donde hablábamos del incidente de los cazas, me peleaba con un amigo de mi novia. 

Pensaba que sería útil que en los pasos de cebra los peatones los atravesaran con un cordel o una amplia tela de color rojo para evitar que los atropellasen. Crucé tarde un paso de cebra y un coche, también rojo, me atropelló.

28 de marzo de 2024

La ruptura

Los vecinos de mi antigua casa se habían mudado. Lo advertí en cuanto descubrí que a dos habitaciones del piso superior le faltaban las paredes exteriores; también la luz de la cocina y el salón estaba dada, pero no había nadie dentro. Me sorprendía que hubieran dejado la casa en esas condiciones y era probable que los vecinos no fueran a volver. 


Conducía de noche. Atravesaba Madrid. Recuerdo, en el sueño, llegar a una zona oscura y deshabitada por la que solía transitar en condiciones normales, pero que, a aquellas horas, decidí evitar. Para llegar a mi destino sin atravesar aquel polígono me veía obligado a describir un rodeo. Consultaba el GPS para seguir la trayectoria y adivinaba que, a pesar de que el camino inicialmente fuera distinto, tarde o temprano me vería obligado a pasar por aquella zona conflictiva.

Giraba y seguía el camino en el GPS hasta el punto en que desviaba la vista de la carretera y me guiaba sólo por él. El vehículo se desviaba de su trayectoria y teóricamente atravesaba zonas edificadas, pero aún así no colisioné con ningún objeto. Parecía un videojuego. Descubrí al final que se trataba de un coche de la autoescuela y el recorrido había quedado grabado en un ordenador. Me gustaría exportar aquel recorrido para atesorarlo pues, una vez abandonase la autoescuela, el registro del recorrido se perdería. 

Había atravesado sinuosas zonas de países nórdicos, entre ellas un estrecho sobre una lengua de hielo. Había, en el ordenador, una foto del coche realizando un salto acrobático sobre el hielo. 


Mi novia y yo estábamos de vacaciones en Benidorm. Unos amigos nos visitaban en un bar y yo me dedicaba a tomar fotografías. Debía hacerlo desde determinada distancia puesto que tenía colocado el teleobjetivo. Una amiga se prestó a fotografiarme, puesto que yo había fotografiado al grupo y no aparecía en las fotos. Me esforzaba en que todos los miembros del grupo quedasen encuadrados además de enfocados, cosa que no siempre ocurría.

Quedamos en el bar esta amiga, mi novia y yo. Miré a la playa y encontré unos bonitos juegos de sombras en el paisaje. Mi novia y su amiga estaban conversando mientras buscaba apresurado la cámara, puesto que la amiga, tras fotografiarme, la había guardado. Preguntaba a las chicas por la cámara y no me respondían y al final, entre unas cosas y otras, tropecé con la cámara guardada y rompí un objetivo.

Me enfadé mucho y empecé a gritar de forma contenida a mi novia, puesto que no me había ayudado a buscar la cámara ni a tratar de repararla. Con la discusión quedaba patente que nos íbamos a separar, así que bajamos de un ascensor tras recoger algunos enseres de equipaje. Recuerdo sentarme en el suelo del ascensor y pulsar un botón para que no se cerrase la puerta, mientras que nuestra amiga y yo esperábamos a que mi novia entrase. La amiga iba a bajarse antes de que llegáramos a la planta baja. Se había alojado en el mismo edificio.

Como la ruptura entre mi novia y yo era inminente, volvería solo a Madrid y mi novia lo haría con su amiga, alojándose en su apartamento. Mi novia estaba un poco fastidiada por todas aquellas renuncias, pero las aceptaba y estaba dispuesta a que rompiéramos. Le pedí la mensualidad del piso, junto con algunas otras cosas pero, al final, caí en que estábamos a final de mes y al mes siguiente no íbamos a estar en Benidorm. Así que me pareció justo devolverle su mensualidad, en suma, repartí algunos alimentos que había en la cocina, antes de que mi novia se marchase. 

Haciendo balance de la discusión, el motivo, como dije, no era tanto culpar a mi novia de la rotura de la cámara como inculparla de no buscarla ni tratar de repararla, eso cuando yo había reparado otras cosas que a ella se le habían roto. Mi novia estaba demasiado ocupada tratando de llevarse bien con su amiga,  quedando yo un poco al margen. También me sentía horriblemente mal por haber levantado la voz y haber perdido los papeles, hecho que no ayudó precisamente a resolver el conflicto y que me invitaba a pensar que me había hecho quedar como un perturbado.

11 de marzo de 2024

El avión

Soñé anoche que nos encontrábamos en una suerte de viaje turístico por los campos de México, aunque la zona guardaba bastantes semejanzas con el sur de España y con los encinares que pueden visitarse en la Comunidad de Madrid. 

Realizábamos un tour en un viejo camión que atravesaba sinuosos caminos de tierra algo enfangados, franqueados por vallas de espinos. En los campos, celosamente vigilados, se cultivaban fresas. Tras la vuelta por los cultivos, frecuentamos una especie de taberna andaluza con paredes encaladas. 


Estaba con mi novia en el aeropuerto con intención de coger un avión. Una trabajadora joven del aeropuerto estaba reteniendo a algunos viajeros, también jóvenes, dado que estos no presentaban su documentación correctamente. Recuerdo que nosotros teníamos buen trato con la trabajadora, pero no fue suficiente para que no nos reclamara la documentación también, dándose el caso de que mi novia no llevaba consigo el DNI. Aquello me enojó bastante, pues era bastante obvia la obligación de acudir debidamente documentada al aeropuerto. Por suerte, pensamos en buscar los datos del DNI en el móvil, tarea que en un principio parecía complicada y que nos corría prisa, ya que no sabíamos cuándo iba a partir nuestro vuelo.

Finalmente, accedimos a la zona de embarque y busqué nuestro avión entre un sinfín de números de puertas. Unas mujeres de mantenimiento (también jóvenes) estaban limpiando un pasillo, de modo que mi novia y yo tuvimos que quedarnos quietos en un rincón donde el suelo no estaba húmedo. Todo parecía indicar que no perderíamos el avión, a pesar de la demora.

El resto del viaje del avión se enlaza con otro sueño de un viaje a EE.UU. o a Canadá, que no recuerdo con nitidez suficiente. Quizá tuvo lugar esa misma noche, aunque sospecho que fue anterior. De él rememoro fragmentos del interior del avión, espacioso y separado por cortinajes, con elementos de color amarillo o naranja. Resulta curioso que estos colores también estuvieran relacionados con al menos otro sueño de aviones y aeropuertos. 

El destino, EE.UU o Canadá, era muy verde y con canales llenos de agua. Estuve esperando a que me atendieran en una especie de restaurante, o lavandería. Me preocupaba que los precios y los bienes y servicios fueran muy distintos a mi lugar de origen. 

4 de marzo de 2024

Felipe y los caracoles

Soñé que asistía a una clase con el rey Felipe VI como compañero. Parecía que nuestra relación era buena, pero quedaba patente que perderíamos el contacto a causa de que a Felipe no le iban a dejar influenciarse por mis ideas poco monárquicas. No, definitivamente yo no era el colega adecuado para Felipe. Sentí un poco de decepción por perder un amigo, al tiempo que adivinaba todo aquel futuro con lógica y resignación.

En algún momento del sueño estuve conduciendo por unos parajes que eran una suerte entre Galicia y Granadilla (Cáceres). Se trataba de barrios residenciales en construcción, próximos a una costa rocosa. 

Un hombre vasco se quejaba de que la cosecha de caracoles de aquel año iba a ser mala, en parte debido a que habían plantado muchos pinos ecológicos en el monte y estos no daban suficientes piñas. Era como si se avecinara un futuro climático bastante grave y comprometido y nadie estuviera haciendo lo suficiente por evitarlo.Todo lo más, las medidas ecológicas adoptadas se revelaban como contraproducentes.

10 de febrero de 2024

El chatarrero

 Anoche soñé que estaba haciendo limpieza en el sótano de mi antigua casa. Oía el aviso del chatarrero y salía a la calle en su busca, puesto que había algunos muebles que tenía que llevarse. El chatarrero había pasado de largo, pero me vio por el retrovisor y dio marcha atrás a su furgoneta. Bajamos al sótano y de allí sacamos una cama blanca que estaba desmontada, sin colchón. El chatarrero empezó a tocar un cable pelado para advertirme de que no había luz suficiente en el sótano. Si no había luz suficiente, el aire acondicionado no funcionaría, así que lo encendí para probarlo, descubriendo que funcionaba perfectamente. Dado que el aire acondicionado estaba operativo, el chatarrero me dijo que a él le parecería perfecto vivir en aquel sótano.

Había, además, algunos sofás apilados en el sótano, y yo pensé que quizás me pudieran servir para mi nueva casa, pues eran grandes, pero de un diseño no muy atractivo. Quise que el chatarrero se llevase dos de ellos, mas no sabía si mi padre los iba a querer.

 

Conduciendo, me metí por una rotonda en sentido contrario, de modo que tomé la primera salida y, gracias a que no había tráfico, pude dar la vuelta y encarar bien la rotonda. Cuando pasé la intersección, un coche de policía llegó a toda velocidad y colisionó conmigo frontalmente. Pensé que la policía había chocado conmigo por haber cogido anteriormente mal la rotonda, aunque esto era bastante poco probable. Todo apuntaba a que, en una persecución o algo así, la policía había cometido una imprudencia.

8 de enero de 2024

Esenciales

Paseaba por el centro de Madrid y, al final de la calle, atisbaba un edificio con banderas y camisetas de fútbol colgadas en los balcones. Pensaba que el fútbol era como una religión que arrastraba a la gente y que en cambio el arte era algo bastante más minoritario e impopular.

Unos hombres de raza negra empezaban a descolgar aquella ropa y paseaba por los aledaños de aquel gran edificio que parecía una nave industrial ocupada. El edificio no tenía cristales en las ventanas y algunos huecos habían sido tapados con bolsas de plástico negras. Al encontrar más inmigrantes y la zona un poco más degradada, decidí cambiar de ambiente, no fuera a ser peligroso.

En una de las partes del edificio había inmigrantes viejos reunidos, y esto me llevó a suponer que los inmigrantes tenían organizada un tipo de sociedad clandestina en aquel gueto.

 

Todavía deambulando por las calles, ya en busca del metro, encontré a varias personas vestidas de sanitarios, esto es, con un pijama verde, los guantes y las mascarillas. Por lo visto ahora permitían a los sanitarios ir con su uniforme de trabajo por la calle, un derecho que les había costado mucho conseguir.

Un enfermero joven estaba buscando su puesto de trabajo en el hospital, para lo cual le habían indicado un número al que tenía que dirigirse. Sopesaba ayudarle, pero me daba cuenta de que el número que tenía apuntado podría no coincidir con los números verdaderos de los portales. Era muy posible, en suma, que el sanitario tuviera que ir al asentamiento de los inmigrantes.

Reflexioné sobre la labor de los sanitarios, siempre en los peores lugares.

- Ahora somos esenciales – me dijo el sanitario novato, refiriéndose a la pandemia. Yo le dije que eso no había cambiado, que siempre habían sido esenciales.

3 de enero de 2024

El abrigo de pelos

Tenía un abrigo negro de plumas y trataba de limpiarlo. Entre sus pliegues había pelos que se me habían caído. Me sorprendía encontrar tantos, había verdaderas matas que se enredaban por doquier. Hallé incluso pelos largos de cuando estudiaba en la universidad y llevaba el pelo de esa manera.

Mis padres me decían que tendría que quedarme hasta por la noche a arreglar aquel desaguisado, pues los pelos también se habían caído por los suelos de mi antigua casa y era difícil barrerlos sin dejar rastro. Argumentaba que había pasado mucho tiempo despeluchando el abrigo, que continuaría al día siguiente, puesto que por la noche quería disponer de algo de tiempo libre. 
Al final, accedí a pasar la noche restaurando el abrigo, pero entonces mis padres cambiaron de opinión y me aconsejaron que fuera a descansar.

Mi madre me decía que, de pequeño, siempre había buscado el cobijo y la sombra de las casas. Reflexioné sobre ello y me di cuenta de que, sobre todo en verano, sí era cierto que tendía a refugiarme en los espacios cerrados, más frescos y sombríos, como la antigua casa de mis primos.

18 de diciembre de 2023

La cancha de tenis

Anoche soñé que jugaba una partida de tenis con mi padre. Pensaba que mi padre ya estaba mayor (en el sueño, cerca de ochenta años; en la vida real, cerca de setenta) y que sería fácil batirlo, cosa que no ha sido lo habitual. Lanzábamos la bola de saque, junto con unas cuantas bolas, y me daba cuenta de que no conseguía dar bien a ninguna. Barajaba que estuviera desentrenado.

Antes de eso, había visto un partido de tenis sobre pista azul de cemento. Era disputado por unos jugadores muy corpulentos. Pensaba que su tamaño les daría ventaja en los saques, pero era posible que no fueran muy ágiles. Llegaban a hacer una exhibición de dobles en la cual saltaban la red e intentaban meter la bola en una portería que se encontraba detrás de la cancha, como si fuera un partido de balonmano.

Mi padre advirtió que la red de la cancha no estaba colocada de manera correcta. Estaba demasiado alta, casi como una red de voleibol, a parte de estar doblada sobre sí misma. Parece ser que el resto de los usuarios de la cancha no la colocaban bien.
En un cuadro de texto, había algunos países inscritos y, en las casillas, ponía a causa de qué países las respectivas naciones no habían alcanzado el primer puesto. Gracias a España junto con otros países, por ejemplo, dos países no habían conseguido ganar el primer puesto.
En un escaparate, veíamos una televisión y en ella aparecía la administradora de una finca, que se quejaba de aquella tabla y con la que manteníamos una pequeña discusión. Mi padre le decía que no tenía motivo por el que quejarse pues en su edificio de oficinas, su administración había estado compitiendo con otras administraciones y aquello no era legal puesto que su actividad era de gestión, no comercial.

16 de noviembre de 2023

La autopista turquesa

En el sueño de anoche me encontraba en compañía de un antiguo alumno del colegio. Pretendíamos cruzar una autopista y mi amigo se quedaba rezagado. Miraba hacia el horizonte, para vigilar los vehículos, que circulaban a gran velocidad. Apremiaba a mi amigo para que cruzase. 
Le avisaba de que no podíamos permanecer tanto tiempo en la cuneta, debíamos cruzar la autopista y alcanzar una isleta donde podríamos resguardarnos a la sombra de algunos pinos, dado que el sol caía con fuerza. 

Una vez cruzamos la autopista, ya en la isleta, había que volver a cruzarla a otra altura. Había un accidente y los coches estaban parados. Grupos de estudiantes caminaban por el arcén, dirigiéndose posiblemente hacia unos autobuses que les transportarían. Pensé que aquel incidente nos beneficiaba, puesto que, más adelante del accidente, el tráfico estaría cortado y podríamos atravesar la autopista sin obstáculos.

Pronto la autopista se convirtió en un río. El río también podía ser una lengua de mar, pues sus aguas eran de tonos turquesas, muy similares a las de las costas de Baleares. Teníamos que alcanzar la otra orilla a nado y a causa del accidente en la autopista, tampoco habría lanchas que nos estorbarían mientras nadábamos. 
Me preparé para cruzar el río y tuve que guardar un paquete de tabaco con un mechero en una gorra, donde el agua no le alcanzaría. No le ocurriría lo mismo a un pañuelo de tela fina; dado que no cabía en la gorra, tendría que meterlo hecho un gurruño debajo de mi camiseta. Dudaba entre si colocarme la gorra con la visera hacia delante o hacia atrás, pues quería protegerme del sol pero también quería que hubiera el mayor espacio posible para guardar el tabaco y el mechero. 

Apremiaba nuevamente a mi amigo y descendía por una escalera al agua, sorteando turistas, para no salpicar el tabaco al zambullirme. Buceando hacia la otra orilla, sentí que una lancha pasaba por encima mío, cosa que no tendría que ocurrir pues se suponía que el tráfico estaba cortado a causa del accidente. 

17 de octubre de 2023

El detergente de té

Un amigo mío se había ofrecido a limpiar mi casa. A mí me daba un poco de vergüenza que lo hiciera pero, de cualquier manera, se puso manos a la obra. Aunque la casa quedó limpia y había invertido bastante esfuerzo, mi amigo no había utilizado los productos adecuados, entre ellos había usado un detergente de extracto de té. Mi amigo me advirtió que había encontrado bastante suciedad en la casa, sobretodo debajo de una gran mesa que tuvo que levantar.

Hablaba por WhatsApp y quedaba con otro amigo. Un conocido me decía que tenía que llamarle por teléfono, puesto que yo disponía de llamadas ilimitadas y él no. Lo cierto es que no me apetecía mucho llamarle, y recordé que en otra ocasión anterior le había enviado textos con imágenes, la última de ellas con el logo de una ONG. Pensaba, en cierta forma, que ya con aquel envío había cumplido mis labores humanitarias.

Un poco también por compromiso, quise quedar con el primer amigo que me limpió la casa, en señal de agradecimiento por sus servicios prestados, para lo cual me desplazaba por un centro comercial mientras hablaba con él también por teléfono. Le informaba de que otro amigo (el segundo) iba a acudir a la quedada. Así seríamos más y nos aburriríamos menos. La conversación me estaba resultando un poco incómoda y no prestaba mucha atención a donde me dirigía. Acabé deambulando por la tienda de un taller Norauto sin la intención de comprar nada. No solo no había ido allí a propósito, tenía todo cuanto necesitaba. En el centro comercial había restaurantes vacíos.

Me puse a esperar a mis amigos recostado en una pradera de césped y, junto a mí, había algunos extranjeros. Dos niñas inglesas vinieron y me preguntaron cosas absurdas a las que respondí absurdamente también, pero, según creo recordar, de manera bastante original y creativa. Y es una lástima que no me acuerde de esto último, pues debía de ser de lo más valioso del sueño.

16 de octubre de 2023

La entrada del blog

En el colegio, los alumnos teníamos que entregar una maqueta. Me refiero a una maqueta de modelismo, no a una maqueta musical. En el aula, había pocas mesas libres y escogí una de las de la primera fila para sentarme. Al punto reparé en que me había olvidado la maqueta en otra clase. 

Iba a haber un concierto o una retransmisión de rap importante, y mis compañeros permanecían expectantes ante el estreno. Anuncié a propósito que, justamente, iba a publicar una entrada en mi blog Las torres de papel, una entrada que no sabía muy bien en qué iba a consistir y que, por la fecha de publicación, como el concierto de rap, iba a tratarse de algo señalado.

En los pasillos del colegio se empezó a oír una polifonía de sopranos. Fantaseaba con entremezclar mi voz grave en aquella armonía, a ratos funcionaba, a ratos no. Lo mismo, aquellos cantos, se trataba del concierto de rap, pero no lo parecía. Las escaleras mecánicas de un enorme centro comercial podrían llevarme hasta el aula donde me había dejado olvidada la maqueta. Había nuevos alumnos que entraban en la clase, pero, por suerte, yo ya había escogido y reservado mi sitio en la primera fila de mesas.

No esperaba que la entrada de mi blog fuera a atraer a mucho público, aún así, una alumna me rogó que no fuera a hacer esperar demasiado a mis lectores. Para sacudirme presión y obligaciones, alegué que disponía de veinticuatro horas para publicar, y que la entrada podría estar en línea en cualquier momento del día. 

Andaba un poco inquieto pues, a la vista estaba, el blog iba a tener más audiencia que de costumbre pero, mucho me temía, los contenidos iban a presentar una calidad no muy distinta a la habitual. Evité planear los contenidos de la entrada y confiaba en que, en el momento de redactarla, improvisando, fuera a hacerlo lo mejor posible.

23 de junio de 2023

Xilófonos

En el sueño de anoche estaba alistado en una suerte de pelotón militar que recorría varios pueblos en tren. Constantemente me preguntaba qué hacía en aquella guerra y trataba de engañarme pensando que mis capacidades ayudaban al desarrollo de la misión, cuando era bastante probable que no fuera así.

Atravesábamos algunos pueblos de la costa, industriales y bastante feos, hasta que llegamos a uno en cuya entrada había un cementerio. Este último lugar en cuestión tenía su encanto y encontramos árboles con flores moradas. El tren reducía su marcha a fin de que pudiera alzar la mano y alcanzarle al maquinista alguna de estas flores.

Ya en el centro del pueblo, vimos a unos jóvenes que no iban vestidos de militares, sino con uniforme escolar. Uno de ellos iba a alistarse en el pelotón y teníamos que llamar a su portal. Me entretuve en examinar el escaparate de una inmobiliaria. Había expuestos algunos anuncios de pisos. El local era viejo pero, a su vez, el negocio era moderno y dentro había proyectores, aparatos de iluminación y enormes altavoces.

Mi padre entró en el negocio, puesto que él conocía su funcionamiento ya que hacía bastantes años había trabajado ahí. Había una caja bastante grande en el centro del local, como un gigantesco escenario en cuyos flancos colgaban cables y micrófonos. Mi padre cogió un xilófono y se puso a tocarlo para poner en funcionamiento aquella maquinaria gigantesca. Al poco yo le acompañé tocando otro xilófono y, en cuestión de minutos, todo el pelotón estábamos tocando una sinfonía de xilófonos.