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17 de septiembre de 2012

Tapacubos




En ocasiones he andado o circulado por una carretera y he observado que algún vehículo pierde alguno de sus tapacubos. Dado que las ruedas de los vehículos giran con fuerza y velocidad los tapacubos salen despedidos y llegan a rodar grandes distancias descontrolados hasta que se detienen colisionando con algo y abandonando todo movimiento como si fueran monedas que han escapado de nuestro monedero. Los tapacubos son de plástico, pesan poco y son hasta cierto punto bastante inofensivos. Ignoro si cumplen alguna función además de la puramente estética.

Ninguno de los conductores que he visto se ha dado cuenta de que ha perdido el tapacubos mientras conducía.

Si algún día ustedes tienen ocasión de presenciar esta escena advertirán que puede guardar cierto parecido con otra escena de alguna película en blanco y negro de Charlie Chaplin. A cámara rápida y de escaso metraje, cómica y, a su vez, algo triste.

9 de diciembre de 2010

El artículo de hoy

El artículo de hoy lo quería escribir, recitarlo, grabarlo y regalar la grabación a todo aquel que me lo pidiera. Quizá hasta podría componer un fino hilo musical de fondo. Llegado a este punto, me he preguntado:

¿Por qué no escribes un artículo sobre la idea que tenías de hacer un artículo que al final no vas a hacer?

Reconozco que este artículo presentado de otra forma sería eso, este artículo presentado de otra forma, pero el mismo artículo que estoy escribiendo al final y al que quiero poner punto lo antes posible.

22 de noviembre de 2010

Los extraterrestres existen, somos nosotros

Como todos saben dentro del vegetarianismo hay varios niveles más o menos radicales. Unos no comen pescado; otros no comen pescado ni carne; otros no comen ni pescado, ni carne, ni huevos; otros no comen ni pescado, ni carne, ni huevos, ni leche... hace 40.000 años los hombres se alimentaban de raíces, legumbres, bayas y de cualquier animal que pudieran cazar. Bien, dicen los vegetarianos, vamos a evolucionar y a no ser tan primitivos, que ya está bien, que los animales también tienen sentimientos. No se ofendan; relativo a lo personal, me desagrada profundamente el trato que reciben algunos animales estabulados pero me niego a eliminar la carne de mi dieta. Sí, soy un animal. Si no comiera animales, sería lógico también que no comiera plantas. También las plantas tienen sentimientos, ¿no? Alguien podría alegar aquí que las plantas carecen de sistema nervioso y que es perfectamente lícito comerlas o, cuanto menos, comer sus frutos, que para eso están. Yo creo que sobre esta cuestión lo ideal sería que pudiéramos alimentarnos a partir de nuestros propios excrementos, así no haríamos daño a nada y a nadie. No es una barbaridad, creo que las agencias espaciales llegaron a estudiar métodos de reciclaje para la orina. Algunos ascetas también han vivido a base de eso durante largas temporadas... el caso es que un animal que tenga la posibilidad de obtener nutrientes a partir de mi muerte no va a pensar mucho en la posibilidad de ser vegetariano. Esto justifica a uno, en un momento dado, aunque sepa que no es suficiente. Dentro de los carnívoros también hay niveles; están los que sólo comen carne proveniente de establos ecológicos, están quienes no les importa las condiciones de sus alimentos aun a costa de su salud... así hasta llegar a los que no les importa comer a sus semejantes incluso si tiene que matarlos previamente.

Vengo a decir que es justo que uno se enorgullezca de su humana condición a la vista de una colección fasciculada de grandes clásicos de la literatura universal, pero también es justo que no espere demasiado de su especie, al final, un atajo de animales. Con esto no estoy posicionándome a favor de todas las atrocidades del ser humano cometidas a lo largo de la historia, sólo digo que, cuanto menos, no nos deberían extrañar teniendo en cuenta que ya hace 40.000 años aplastábamos cráneos con piedras. Las piedras se convirtieron en lanzas, las lanzas en espadas, las espadas en armas de fuego... Y si en el fondo somos sociales hasta tal punto de contar con complejas estructuras lingüísticas para expresar asuntos metafísicos es porque nos ha sido más útil para sobrevivir. Lo que quiero expresar, en cuentas resumidas, es que está muy bien que tratemos de ser menos animales pero que en el fondo éso es lo que somos y, dado que muchos de nosotros tenemos conciencia moral, tenemos que aprender a vivir con un sinfín de contradicciones entre lo que debería ser y lo que es la realidad. Filósofos como Schopenhauer ya hablaban de lo trágica que resulta la voluntad de vivir, ajena a planteamientos morales. En cuanto al asunto del vegetarianismo creo que sí, que efectivamente los vegetarianos son más humanos y menos animales. Los vegetarianos no hacen otra cosa sino tratar de reducir el mal que infringimos al mundo, que no es poco. Está claro que para llevar a cabo esta misión pueden emprenderse otros caminos. Por eso precisamente, por ser un poco vegetariano aunque coma carne, escribo de vez en cuando ciertas cosas en vez de... bueno, otras que no voy a nombrar.

Como sabrán quienes han leído la entrada anterior iba a aclarar por qué creo que los extraterrestres somos nosotros mismos. Es algo que tiene poco que ver con toda la parrafada anterior de modo que me disculpo por la licencia.

La foto es de la ciudad de Tokio y está tomada por un tal Don Pettit, por supuesto que astronauta y suponemos que francés. A la vista de la imagen no resulta extraño pensar que somos extraterrestres o lo que es lo mismo; si ésta fuera la primera imagen que nos lleváramos de nuestro planeta no nos parecería nada humana y no porque hablemos de Tokio, que también puede ser. Aprovecho ya, sobre el tema de las luces, para recomendaros un blog sobre contaminación lumínica ciertamente interesante que he añadido a la lista de blogs que sigo y que además he titulado así: blogs que sigo. Sus autores deben ser un grupillo de astrónomos hippies bastante majos. No les conozco. (risas) No, es broma, muy bien el blog, ¿eh? (Buenafuente) Dense una vuelta, dense una vuelta. Bueno, no está mal, vamos a seguir. (Se frota las manos).

Supongamos que los marcianos somos nosotros y después de atravesar la exosfera y el resto de capas atmosféricas nos vamos acercando poco a poco a esas luces clavadas en la corteza del planeta. ¿Será algún nuevo material?, ¿no desprenden acaso esas luces un brillo demasiado tóxico? Bien, llevamos trajes espaciales preparados contra toda clase de radiación cósmica. Todos estos planteamientos nos asaltan conforme nuestra nave se va aproximando y aterriza en la acera de una calle cualquiera. De repente, una luz intensa a través de un anuncio tintado atrae nuestra atención. Vemos lo siguiente:

(Música de tensión típica de los thrillers)

¿Qué diablos vemos aquí? ¿acaso hay imagen más marciana? A mí, personalmente, me parece más marciana que la portada de la película Avatar. No creo que eso que está en la foto esté vivo. Me remite a una especie de futuro lleno de clones, robots-humanoides o alienígenas perversos.
No hay duda de que si hubiéramos llegado como extraterrestres a nuestro propio planeta estaríamos aterrados. Como el experimento puede resultar costoso; trasladarse, nacer en otro planeta y demás, les invito a hacer lo siguiente: apaguen la televisión durante un mes. Pasado ese mes vuelvan a encenderla y vean el primer anuncio publicitario que salga en pantalla. Su sensación de extrañeza aumentará cuanto más extiendan en el tiempo este apagado y cuanto más corto sea el visionado del anuncio publicitario. Pasados los cinco años sin ver televisión se preguntarán: ¿televisión? y la sola palabra les remitirá a una de esas filmaciones con saltos en el tiempo en sus guiones, tele-transporte, tele-tienda, tele-novela o tele-le.

Volvamos ahora sobre nuestra historia de ciencia ficción. Después de ver aquella imagen, aterrados por completo, echamos a correr por la calle comercial sin dejar de mirar atrás, sin quitar la vista de ese cartel terrorífico, no le vaya a dar por moverse. Dado ésto, que mirábamos atrás, nos damos de bruces con un escaparate. En el suelo, sentados, nos frotamos la cabeza y vemos lo siguiente.

A ver quién le explica a un marciano qué es todo ésto. Si quisiéramos hacerlo tendríamos que remontarnos a una perorata sempiterna que abarcaría desde los orígenes de la actividad mercantil hasta los hábitos reproductivos de la especie humana.

Ya han llegado los alienígenas para arrasar nuestra civilización, somos nosotros.

Los extraterrestres existen

Todos sabemos que el universo es bastante grande aunque la palabra tenga sólo ocho letras. Conservo en mi biblioteca un tomo, El universo desbocado, una especie de divulgación de la teoría de la relatividad para personas no muy científicas. Leyendo estas cosas uno siempre tiene la sensación de que está perdiendo el tiempo pues dentro de un rato puede que una nueva teoría de al traste con todo cuanto nos parecía cierto y fiable. Con El universo desbocado en la mano como si fuera la Biblia o la Constitución uno no puede decir tranquilamente que el universo sea bastante grande sino que el universo es relativamente grande. Otra cosa que se puede decir, también con cierto criterio, es que el tamaño del universo se desconoce. Volviendo a la teoría de la relatividad lo justo sería señalar que el universo es finito, pero ilimitado. Si esto no nos saca de dudas iremos al dato concreto: en la publicación Misconceptions about the Big Bang, lo que llamamos universo visible alcanza un diámetro de unos 93.000 millones de años luz. Yo no sé en base a qué se harán estos cálculos astronómicos de la misma manera que nunca he sabido cómo se puede medir la densidad de la masa del núcleo de Saturno, por ejemplo. Uno anota el resultado como quien copia un ejercicio de matemáticas sin haberlo entendido.

En relación con la distancia que hay de mi cuarto al cuarto de baño el universo visible resulta ser bastante grande, sí, pero esa misma distancia para un electrón que esté en mi cuarto es todo un universo. Menos mal que los electrones no necesitan ir al baño. Con este pensamiento tan relativo se puede deducir que las leyes antropocéntricas sólo nos sirven a nosotros y que nuestros métodos estimativos son, al fin, de andar por casa. Uno siente vértigo ante la magnitud de lo desconocido, ante lo que el hombre no puede dar por inequívoco, y quizá por ello uno acaba haciendo una reducción bastante interesante. Esta reducción consiste en hacer un planteamiento tipo:

El universo es inabarcable;
si yo soy el universo, el universo empieza y termina conmigo
luego el universo es abarcable

Aunque así expresado parezca lógicamente falaz, alguien puede creer con facilidad que todo cuanto conoce es solamente todo cuanto puede decir que realmente es. Es más, argumenta: ¿cómo voy a conocer algo que no es? pero como ya adivinarán este antropocentrismo tipo sólo sirve para andar por casa. Lo que hay pasados esos 93.000 millones de años luz para este antropocentrista no existe. Esto no es muy grave. Sí lo sería si el límite de su universo fuera de su cuarto al cuarto de baño ¿no? Bueno, esto dijimos antes que era relativo de modo que no resulta tampoco grave. Pero sigamos adelante; tampoco para él existe el pasado remoto ni el futuro lejano. Él ni estuvo ni estará con lo que su universo, el único universo posible, o no existía o ya habrá terminado. Adviértase que la muerte no le preocupa pues una vez muerto no tendrá un sistema pensante para hacer consciente ningún tipo de temor. El resto de los humanos sí le preocupan, aunque a primera vista podamos pensar que no, al fin, son parte de su universo. Lo que no le preocupan son los esquimales mientras no los vea en las noticias o no vaya al polo norte a visitarlos...

A nadie se le escapa que estos esquimales existen, aunque no los conozca; que su universo se debe a las leyes de otros universos distintos al suyo y que, aun dentro de su propio universo, no puede aspirar a conocerlo todo; esto es porque su universo está en continua expansión y, aun en el caso de que quede recluido en un armario, puede dormirse y soñar, por poner, con un elefante alado.

Nadie ha visto un extraterrestre. Bueno, esto puede ser mentira y más si tenemos en cuenta ciertas declaraciones. Digamos mejor que nadie puede demostrar fehacientemente que los extraterrestres existen pero en 93.000 millones de años luz resulta cuanto menos presuntuoso pensar que estamos solos en el universo. Dicho de otro modo: nadie puede demostrar que los extraterrestre no existen. Si decimos que los extraterrestres no existen seríamos al final como el antropocentrista que no considera la existencia de esquimales. Pero bueno, dirán ustedes, a lomos de estas afirmaciones por el mismo procedimiento también puede resultar presuntuoso decir que los gamusinos no existen... y es que, en efecto, de lo que no es se pueden desprender todo tipo de afirmaciones. Cuando titulé la entrada, me propuse hablar de la existencia de los extraterrestres y no de los gamusinos de modo que espero que entiendan que deje esta última cuestión sin resolver. Además, cuando titulé la entrada no tenía pensado hablar sobre temas científicos sino simplemente dejar claro que los extraterrestres existen.

Los extraterrestres existen, yo los he visto, somos nosotros. Tendré a bien explicarme en la siguiente entrega, tanto o más entretenida que la presente.

22 de julio de 2010

Una batallita

En algunas tribus los ancianos son unas figuras que despiertan veneración. En nuestra cultura son un incordio. No quiero desprestigiar a nuestros mayores pero cuando yo sea un anciano no creo que despierte mucha veneración con mis relatos. No he cazado bisontes ni tampoco he arrancado el corazón del jefe de una tribu enemiga. La gesta más grande que podré transmitir algún día a mis nietos será la siguiente:

Corría el año dos mil diez. Por aquel entonces Internet estaba bastante extendido y muy poco regulado. Mucha gente no estaba preparada para gestionar una información que atravesaba muy poca censura. Este es un tema interesante del que no puedo contaros mucho pues yo por aquel entonces me dedicaba a enviar cifrados al mundo de forma obsesiva, tratando de colonizar la mayor cantidad de bites libres. Entonces yo era joven y hubiera dado la vida por unos ideales en los que creía firmemente.

Fui a registrarme en una especie de foro donde se hacían preguntas abiertas y las gentes de las partes más remotas del planeta las contestaban. Así que me devané los sesos, en busca de un interrogante ingenioso y formulé:

¿Qué es una pregunta?

Y alguien me respondió, de manera concisa:

Algo un poco más interesante que lo que hiciste vos hace unos minutos.

10 de mayo de 2008

Música para móviles

En la ejecución de este proyecto elegí un tema de actualidad, la venta de discos, dotándolo de ciertas connotaciones irónicas. La obra ambicionaba a inscribirse en el desarrollo de un tiempo presente haciendo referencia a temas comunes que cualquiera pudiera sentir como suyos. La perspectiva irónica es, nada más, una forma de alejamiento de las formas rígidas del arte. El tema es el siguiente: la mercantilización del arte. La cultura no debería ser negocio. Este trabajo es una reflexión crítica sobre determinados canales de distribución de la obra artística. Esencialmente, promueve un modelo de libre circulación del arte, no institucionalizado, no mediatizado, no mercantilizado.

Con el surgimiento de las redes P2P y el descenso de las ventas discográficas, son prácticamente innumerables la cantidad de músicos que han emprendido nuevas estrategias comerciales alejadas de la clásica venta de discos. No hay que relacionar el auge de las redes P2P con la crisis de la industria discográfica pues los años en los que se desarrollaron Napster y otros programas de descarga las ventas mantuvieron sus cifras. Tampoco el bajo coste de un CD virgen tiene relación, más bien lo que parece que ha desvirtuado el formato disco es su alto coste que ha oscilado muy levemente ante un descenso de la demanda.

Así como los artistas urbanos utilizan las impresoras de chorro de tinta por su economía, también yo me serviré de este método versátil. Lo que concede una impresora de tinta es un resultado que estéticamente puede competir con los diseños publicitarios, que puede imitar el lenguaje publicitario hasta el término de revertirlo o, de cualquier manera, que se pueden obtener resultados industriales adaptados a nuestras propias exigencias. Llegado a este punto cabría preguntarme si para la materialización de mi obra yo necesitaba forzosamente servirme de las impresoras de chorro de tinta. Dado que mi obra iba a distribuirse en varias copias me parecía acertado que las copias fueran idénticas tanto en su apariencia como en su contenido. Y, por supuesto, no quería relacionar la obra con el concepto de una serie limitada. Dicho de otra forma; si yo hubiera querido que los discos fueran objetos artísticos según la manera en que lo es una obra de arte tradicional, esto es, ensalzando su valor objetual, regalaría o vendería un disco y me encargaría de que, por sus condiciones, fuera difícilmente imitable. Sin embargo a mí me interesaba su difusión y su copia, cuantas más mejor, y elegí el soporte CD por ser actualmente el formato más fácilmente reproducible, así como el formato MP3. En este sentido me pareció acertado elaborar una carátula impresa mediante chorro de tinta, que podría poner a disposición de quien quisiese en la web, de este modo, todas las copias serían igual de legítimas. Me interesaba que quien tuviera un disco en sus manos dijera ¡vaya, un disco de verdad! Pero que al escucharlo descubriera que es un disco de mentira. Ni que decir tiene que para conseguir este efecto no podía limitarme a caligrafiar las carátulas.

Nuevas prácticas de arte urbano asociadas a los personal media también podrían relacionarse con mi obra. Al fin y al cabo no dejo de utilizar medios tecnológicos que están a disposición del usuario para construir y distribuir mi obra.



El disco se presenta en un doble CD que tiene por título Call waiting concerto y como subtítulo Exclusive music for celulars. Cuando hablo de música exclusiva para teléfonos móviles destaco la idea de que esta música ha sido especialmente compuesta para ser escuchada en terminales e invito al oyente de este CD a trasladar los archivos a su móvil y, si fuera preciso, a utilizarlos como señal de llamada. Lo que más me gusta de esta idea no es el mero hecho de producir meras señales de llamada sino trasladar la música a diferentes conquistas espacios temporales. Por eso no he compuesto tonos de llamada, sino piezas de duración de entre dos y tres minutos. Una señal de llamada puede sonar prácticamente en cualquier parte del mundo y el director de orquesta es aquel que realiza la llamada; él es quien determina cuándo va a empezar la representación y cuándo va a acabar. El público de esta obra puede ser desde ninguna persona a tantas como en ese momento escuchen la llamada. Las instrucciones para que estas piezas puedan ejecutarse vienen detalladas en la contraportada del CD lo cual explica por qué la obra se distribuye en CD y no meramente a través de Bluetooth.

Una muestra del contenido de la obra:


9 de mayo de 2008

Eros en Lavapiés


Siempre me han fascinado los mitos de la Grecia clásica y a veces me había rondado la cabeza hacer algo con ellos. Tenía claro que con fines académicos quería dibujar y relacionarme con los mitos, pero todo eran vaguedades e irresoluciones. En cuanto me puse a dibujar mitos tuve la sensación de que estaba componiendo unos versos geniales, pero no me estaba trabajando a la señora. Tanto que me interesaban los mitos… qué hacía pintándolos en vez de narrarlos. Supuse que la pervivencia del mito no se asegura mediante la existencia de Las hilanderas sino más bien en favor de la tradición oral y escrita de la fábula de Aracne.
El hecho de que la cosmogonía haya desaparecido en gran parte de nuestro imaginario, de otro lado, convertía mi labor en un trasunto de relicario. Antes de recrearme en un mito debía, primeramente, informar a mi audiencia sobre la existencia de ese mito. Durante el periodo de investigación me aburrí de ver ejemplos de lo que podría ser un arte mitológico, desde la antigua Grecia hasta nuestra más reciente actualidad. Tanto me aburrí que decidí aburrir a mis compañeros con una exposición sobre toda aquella literatura en la que, de paso, llevé a cabo el experimento de contar mitos. Aquello me hizo pensar, era fabuloso que el mito fuera un relato ahistórico, esto es, que pasara de boca en boca.
Siempre he asociado la idea de cultura a la de saber libre y desinteresado y por eso la idea de actuar en el espacio público me parecía inevitable. Y mi idea del espacio público era distinta a la del espacio que podría encontrar en una ciudad como Madrid. Internet es un espacio abierto y se construyó sobre la idea de libre intercambio, con lo cual, también podía ser a priori uno de los lugares de acción. Pero internet también era otra cosa distinta a lo que en un principio se pensó que sería. Estaba también el anonimato; consideraba requisito indispensable que la autoría de la obra renunciara al planteamiento clásico de la firma.
En fin, eran convicciones e ideas que me asaltaban revueltas y confundidas pero que no lograban materializar.

Barajé todas las posibilidades de contar un mito, desde hacerlo en una plaza pasando por Internet o el teléfono hasta llegar a las cartas. En cuanto a la plaza, iba a ser muy difícil no diluirse en medio del caos de la urbe. Salvo que me vistiera de antiguo griego y me subiera al corner street el acto corría el riesgo de pasar inadvertido o en convertirse, meramente, en una excentricidad más, ahogada por la excéntrica normalidad de la urbe. Tocante al teléfono, la idea era muy seductora. Alguien anónimo recibiría mi llamada (también anónima, recordemos) y acto seguido me entretendría en la narración de un mito. Necesitaba que la acción quedase documentada y en el caso del teléfono parecía difícil grabar el registro de voz. La carta parecía ser el medio más adecuado, conservaba cierto aspecto bucólico y se prestaba a un desarrollo mayor.

Una compañera, en la exposición del proyecto, me sugirió que acaso podía fragmentar los relatos de tal forma que dejase al oyente con sólo una parte de la narración, es decir, intrigado, y esto me dio que pensar. Podía fragmentar el relato haciendo que distintos oyentes tuvieran sólo una parte del mismo. En resumen, cogería un texto y lo dividiría en varias cartas. Tenía que relacionar a estos sujetos de alguna forma y así fue como se me ocurrió hacerlos remitentes y destinatarios. Supongamos que yo cojo un texto y lo divido en tres partes: A, B y C. A remite a B, B remite a C y C remite a A. Si yo soy B, recibo una carta de A y mando una carta a C. ¿Sencillo, no? Ahora tenía que escoger el texto procurando que fuera acertado.

Inicialmente pensé en Hermes. Hermes es el mensajero de los dioses y de mensajes iba la cosa. Pero una asociación así era demasiado obvia; tenía que penetrar más en el universo de los mitos y así fue como me topé con la fábula de Eros y Psique, en las Metamorfosis de Apuleyo. Voy, si me permiten, a narrar brevemente un mito:

La bellísima Psique atrajo la admiración de los conciudadanos de una ciudad de Grecia, de donde su padre era rey. Venus, diosa de la belleza, celosa por esta admiración, encargó a su hijo Eros que le inflamase el amor por el más horrendo de los monstruos. Nadie se atrevió a pedir la mano de la doncella y ante este hecho sus padres decidieron consultar al oráculo. El oráculo profetizó que su destino era llevarla a lo alto de un monte donde la desposaría un ser ante el que temblaría el mismo Júpiter. Fue así que Psique se vio trasladada a un fastuoso palacio donde pasaría sus días como esposa de un marido que le visitaba sólo por las noches y al que no podía ver. El marido le pidió que guardase este secreto y le advirtió sobre sus hermanas, que buscarían el fin de su amor. Precisamente las hermanas de Psique acudieron a visitarla cuando esta quedó encinta y lograron infundir el temor en Psique de que su marido fuera un horrible monstruo. Le aconsejaron que, cuando su marido durmiera, encendiera una lámpara y le descubriera. Así lo hizo y a quien descubrió fue al mismísimo Eros, quien había quedado enamorado de Psique cuando su madre le mandó cumplir el encargo, de ahí que no pudiera descubrirle. Una gota de aceite le despertó y los amantes, roto el secreto, se separaron.

La historia prosigue pero vamos a detenernos aquí. Los destinatarios de las cartas son vecinos que, como Eros y Psique, duermen al lado todas las noches sin saber muy bien quiénes son. La acción sería el consejo de las hermanas que incitan a que el receptor de la carta se ponga en contacto con el emisor pudiendo descubrir que en verdad, con quien duermen es un horrendo monstruo, o acaso un Dios. Esto era lo verdaderamente interesante de la acción, que un vecino se pusiera en contacto con otro vecino y ambos descubrieran que habían recibido una carta, quizá se reunieran todos los vecinos y completasen el relato… Aunque quizá todas las cartas acabaran juntas en el camión de la basura.

Restaba por encontrar el lugar en el que se desarrollaría la acción y este fue el barrio de Lavapiés. Elegí el barrio a la vista de un mapa, porque encontré una “R”.

Recuerden que yo quería dibujar, pues bien, los puntos donde se entregarían las cartas se unirían mediante líneas y esas líneas y esos puntos serían, al cabo, una palabra: Eros.



Eros que, en griego, significa amor. Y hablando de esto, gracias a Julia por su participación en esta acción, sin la cual, es seguro, no se hubiera llevado a cabo.

8 de mayo de 2008

Exordio

A guiso de exordio redacto esta entrada para avisar al lector despistado; y es que en verdad es un incordio no dar información detallada sobre los contenidos de este o cualquier tratado. Verdad mediante, no surgió por iniciativa propia la apertura de este apartado, sino más bien como parte de cierta asignatura de la facultad de Bellas artes impartida por Raúl Díaz Obregón Cruzado. Servidor se proclama autor de otras interfaces, las unas eruditas como La laguna de Estigia, las otras más llanas como el blog de los Jokers, y recomienda siempre su visita y comentario pues por igual son todas de entretenidas y sagaces. Nada más, salvo una pequeña reflexión sobre el arte en su difícil relación con la vida de la mano de Rafael García Serrano

«Un tipo va por el mundo, se tropieza en un puente y se pone a escribir versitos geniales. Yo le aseguro que ese tío es un guarro, porque en vez de contar tantas sílabas y de consultar el diccionario de la rima, lo que debe hacer es trabajarse a la señora, o casarse con ella, que tampoco está mal».
[Plaza del Castillo].