14 de agosto de 2018
The prearrecife files
15 de julio de 2018
El parking
14 de julio de 2015
Las torres de papel
26 de enero de 2014
7 de junio de 2013
12 de noviembre de 2012
La playa
29 de agosto de 2012
La playa
2 de enero de 2011
Aquí debería de haber un título
15 de diciembre de 2010
Aquí debería de haber un título
Un título que no debería faltar en tu biblioteca.
29 de septiembre de 2008
30 de agosto de 2008
Respecto al matrimonio
6 de agosto de 2008
“Un día, desocupado lector, te levantas sin más,
al igual que te levantas cada día después de otro. Te levantas todos los días y si no te levantaras un día, tendrías que levantarte otro, porque quien no se levanta ni un día ni otro es porque está muerto. Ese día, lector desocupado, no trates de retenerlo en tu memoria, no merece la pena, a menos que suceda algo absolutamente excepcional no podrás recordarlo”. Lo confundirás con otros días, lo terminarás olvidando, supondrás, simplemente lo que Wenceslao suponía, que se levantó un día como se levantaba otro día más. “Quizás te revelaras contra esta pedantería, quizá ese día no te diera la gana levantarte, qué vainas, aunque tuvieras que hacerlo, quizá no te levantaras ese día precisamente por tenerte que levantar; bastan las obligaciones a veces para intrigarte con planteamientos contrarios que nunca te atreverás a cumplir. Haces bien en no atreverte; si te atrevieras no serías un héroe, ni un loco, simplemente serías cadáver. Asimismo, como no, es igualmente probable que encontraras ánimos para emprender un nuevo día, quizá hasta te detuvieras a reflexionar unos instantes. "Habría que agradecerle a Dios" o "había que agradecer al menos a Nadie", habría que agradecer, concluyes, el inmenso privilegio de levantarte en un día como aquel. Miraste la calle inundada por las primeras luces desapacibles de la mañana agradecido, cada vez más admirado de tu dicha, ya que aunque no poseas todo cuanto se puede poseer, al fin y al cabo, sí tienes cuanto necesitas junto con lo más importante: voluntad suficiente como para conseguir cuanto puedas necesitar. Miraste la calle pero lo mismo te inundó la incomprensión y el vértigo, la náusea, reparando en tu insignificancia en estado de avance irremediable, en lo absurdo de aquella calle y en lo absurdo de tus inútiles pertenencias, tan inútiles como su posesor. Un día decidiste llevar la contraria a este texto abominable, nada más que un puñado de letras inconexas, "aunque no pueda recordar este día (a menos que suceda algo absolutamente excepcional), sí puedo vivirlo tal si de mi último día se tratara, aprovechar agradecido cada segundo, luchar por cada instante que pueda ganar". No, ese día en realidad no decidiste nada, los días no han de servirte de nada, ¿para qué los días? Sólo han de servir, en algún caso, para prolongar una agonía sin sentido.
Que un día te levantaras, pese a mirar la calle, o a reflexionar de una u otra manera, pese a que te levantaras en un día excepcional, no podrías recordarlo. Si reflexionas entusiasmado o hastiado se debe posiblemente a que hallas cenado bien o mal la noche anterior, eso, si has cenado. Si no has cenado posiblemente te levantes y reflexiones hambriento pero no te equivocas; el grado de tristeza o alegría de una persona, ya lo sabes, depende más de su estado interior o de su disposición física que de exteriores circunstanciales. Adviertes esto: si a todos los hombres les ocurriera una desgracia, iguales ante esa misma desgracia, no todos se sentirían en la misma medida desgraciados o, lo que es lo mismo, no todos los hombres sufren el mismo hambre aun padeciéndolo. Lo sabes, no te aflige el hambre pero ahora te martiriza el frío. Imaginas que habrá quien viva en esa gran explanada rusa cuyo nombre no acude a tu recuerdo pero lo tiene aunque no lo recuerdes[1], y a ese alguien posiblemente le cuelguen carámbanos de hielo de la nariz y no sea capaz de distinguir con la vista una locomotora a cinco metros aunque el mismísimo Zar Nicolás I la conduzca, a causa de la ventisca de nieve. Imaginas que ese entrañable ruso, pese a todo, se dirá que no tiene tanto frío, que el invierno pasado por aquellas fechas fue peor. Mas tú tienes frío, aunque ni nieve ni llueva tan siquiera, aunque el ruso no lo tenga y aunque tú puedas imaginártelo.
La verdad es que no reflexionas entusiasmado o hastiado si no se trata de una vez excepcional. El resto de los días que no son excepcionales te levantas y punto. Que te dirijas cabizbajo y sumiso al matadero o con la cabeza alta y triunfal hasta las puertas del Olimpo no importa demasiado. El destino que se abate sobre ti te alcanzará pienses lo que pienses, seas quien seas o quien digas ser, te guste o no. ¿Tiene ahora sentido hacer lo que haces? Tú lo haces y punto. A lo que haces no le buscas un profundo sentido, si buscases un profundo sentido estarías buscando un profundo sentido y no haciendo lo que haces.
[1] De Siberia podría tratarse aunque Rusia esté llena de explanadas y aunque Rusia misma, dado el extremo, pudiera considerarse (poéticamente, esto es, erróneamente) una explanada helada.
...
El punto, en una apurada definición, es el final de la frase. Eso no basta. Habría que atender también a su función lógica, al comprender a través del punto el orden, el enlace y la dependencia de las ideas. ¿Y de aquella puntuación que permite traducir la ironía, la emoción; aquella puntuación que produce un cambio de registro que introduce cierta melodía en la frase? Un punto es el final de la frase, sea, pero tres puntos seguidos son tres puntos suspensivos. Utilícense para ahorrarle a uno palabras previsibles, vocablos molestos… omitir intervalos, dejar frases inconclusas…
29 de junio de 2008
Lo que no es y parece ser
«[…] unas cosas hay que ni son ni lo parecen, y esa es ya necedad: que aunque no sea de ley, procure parecerlo; otras hay que son y lo parecen, y esto no es mucho; otras que son y no parecen, y esta es la suma necedad. Pero el gran primor es no ser y parecerlo, eso sí que es saber».
[Gracián, Baltasar. El criticón].
17 de junio de 2008
Recomendaciones morales para pasar la página (1)
1. Es conveniente, por comodidad, dirigirse siempre a la parte superior o inferior del margen derecho para volver la página, ya que los ángulos del libro ofrecen mayor agarre y seguridad -mayor tacto, digamos- que la zona central.
2. Si se opta por volver una página desde la zona central se advertirá prontamente que el libro sufre mayor deterioro: las posibilidades, aun bastante remotas (depende, claro, del estado del libro y del estado del lector) de rasgar la página se incrementan y, en suma, existe cierta tendencia a volver las páginas arrastrando cualquier falange sobre la cara primera, impregnando con mayor facilidad el papel de sudor, grasa o incluso saliva si uno previamente ha humedecido la yema de su dedo (aquí hablamos de segregaciones corporales pero ello no excluye que los dedos pudieran estar impregnados de otras sustancias).
3. Sobre la práctica de humedecer los dedos calificarla de muy poco cívica y educada. Sabemos de la mejor adherencia y facilidad de volver la página con el dedo humedecido pero ello no origina sino un deterioro del libro y un gasto adicional de saliva.
4. Se recomienda el uso de las siguientes falanges: pulgar, índice y corazón. El anular, como su propio nombre indica, sirve para llevar anillos, en cuanto al meñique, constituye la falange más despreciable de las cinco.
5. En caso de que se quiera realizar una lectura rápida, descuidada… en caso, decimos, de que se quiera buscar, por poner, un pasaje concreto… se puede recurrir al uso de la zona central, manteniendo el pulgar sobre el canto de las páginas y dejando que éstas se deslicen suavemente según la presión ejercida.
6. La falta de costumbre da pie a que a la hora de volver las páginas en el orden menos habitual (no de izquierda a derecha sino de derecha a izquierda), es decir, a la hora de volver sobre las páginas, se cometan con mayor frecuencia toda clase de errores del tipo ya indicados.
7. Se recomienda, asimismo, hacer uso de la inteligencia (esto no sólo a la hora de volver una página) y evitar en la medida de lo posible el marcar una página doblándola, insertando un marca-páginas de grosor inadecuado, o subrayar, garabatear, anotar, escribir… sobre el libro, amén de otras prácticas de índole diversa y/o conferir al libro unos usos que no le son propios.



