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14 de agosto de 2018

The prearrecife files

El otro día quise redactar una entrada para el blog resumiendo algunas de mis experiencias en el mundo de la música. Pensé que no me ocuparía mucho tiempo ni espacio, el caso es que la cosa empezó a extenderse como un cáncer hasta el punto de alcanzar una treintena de páginas. Derivé la publicación a Issuu y estuve cosa de varios días escribiendo, con la sensación de que estaba perdiendo el tiempo y que podría dedicarme a labores más productivas o a obras que pudieran ser mejor apreciadas. La verdad es que el asunto, fuera de mí y de la gente que me conoce, puede interesar bastante poco. 

Sin embargo, en un país donde pagar a los músicos con un par de cervezas es algo de lo más corriente, me parece pertinente transmitir mis vivencias como músico, que no son, ni de lejos, las más duras ni traumáticas del mundo (muchísimos músicos lo han pasado muchísimo peor que yo), para que, si alguien que piensa que la música es un hobby o similar y no debe de tener las mismas condiciones de un trabajo normal, se aperciba de que su concepción no tiene mucho sentido. 

Tampoco es que mi principal intención sea aleccionar a la gente, pues, entre otras cosas, lo considero una misión imposible. Quiero que esta sea una lectura disfrutable, se entretengan un rato, o el asunto les aporte algo de experiencia y panorámica. Hubo un tiempo en el que consideraba que escribir sobre mi vida era algo así como un sucio acto de onanismo. A día de hoy no lo veo con buenos ojos, tampoco, pero he terminado aceptándolo porque, a parte que resulta inevitable, la vida de uno es lo que uno mejor conoce y escribir sobre la vida de Alejandro Magno, por ejemplo, pues es muy diferente.

Aquí, sin más, les dejo The prearrecife files.

15 de julio de 2018

El parking

Hará cosa de dos días que dejé un poco de lado mis labores musicales (demasiado calor en el estudio), y me dio por firmar una entrevista informal en la que hice un pequeño sumario de mi labor artística desde sus comienzos hasta hoy día. No por nada en concreto, simplemente por ordenar un poco mis ideas y tomar panorámica de mi trayectoria, a efectos personales. Esto me permitió recordar que tengo una faceta literaria y todo. A tenor de esta entrevista estuve hablando con mi colega Carlos Mínguez, quien me animó a invertir más esfuerzos en dicha actividad. Tratamos, además, sobre samurais y zombies. Sopesé la posibilidad de emprender una nueva obra literaria pero, como ya dejé anotado en la publicación, me encontraba un poco desanimado por la más que discreta acogida que seguro iba a tener un nuevo proyecto. 
Aún recuerdo hace cuatro años más o menos, cuando la publicación de el Aquí debería haber un título era inminente, que una amiga me ofreció su ayuda desinteresada y quiso promocionar la obra ni siquiera a cambio de una jugosa comisión que al punto le ofrecí como muestra adelantada de mi eterno agradecimiento. El asunto de la cosa literaria siempre me ha parecido muy restringido y, para ser franco, nunca he tenido la menor esperanza no solo de que alguno de mis libros me de dinero, sino que alguien los lea, con gusto o sin él. Así pues, mi amiga trabajó de mánager una temporada hasta que se dio cuenta que, efectivamente, el mercado de la literatura en estos tiempos y en estas latitudes es algo complejo e intrincado. No hay prácticamente de donde rascar, por decirlo de algún modo.

No obstante, pese a todo, me había vuelto a aguijonear el asunto de la escritura y de mera casualidad, barajando posibilidades, me acordé de un relato que había escrito tiempo atrás y que en su momento no me había parecido gran cosa, motivo por el cual no había sido publicado y debía permanecer conservado en algún espacio de uno de mis más viejos discos duros. Este disco duro, concretamente, actualmente no lo uso y lo adquirí para mis labores de estudiante en la facultad. Tampoco mi colega, Carlos Mínguez, por aquel entonces pensó que El parking se tratara de algo encomiable. Recuerdo haberlo propuesto como guion de un vídeo promocional de la orquesta, pero era algo complicado de adaptar y, entre unas cosas y otras, la idea al final no se plasmó en celuloide. Sin demasiada fe, busqué el disco duro y el archivo de una edición obsoleta de word, solo por ver si se podía aprovechar aquel material y cual fue mi sorpresa que, al revisarlo, el relato no me pareció tan malo como recordaba. Tampoco, de otro lado, me pareció una genialidad absoluta. 

Decidí, ante la titánica labor que supondría emprender un nuevo proyecto desde el punto cero, rescatar El parking, convertirlo en algo publicable al menos, para lo cual invertí un día entero, en una jornada de diez horas lo menos, puliendo y retocando detalles en un derroche ilimitado de amor. Creo que el resultado es bastante óptimo, aunque quizás deba reconocer que no sea mi mejor historia. Igual a ojos de otra persona resulta serlo, de otro margen. 
Me seduce la idea que he pretendido transmitir; una reflexión sobre los valores equivocados e insostenibles de nuestro mundo contemporáneo a través de una trama desprovista de innecesarias complejidades, con leves toques de comedia en clave de absurdo. La soledad, el gran hermano, la alienación, el consumo, el materialismo, la sobreinformación, la desconexión con lo esencial y consiguiente desorientación en entornos puramente artificiales... son objetos de análisis y la moraleja o perspectiva global de todo este desarrollo es la pregunta, tanto necesaria como evidente, de si por alguna razón no nos hemos vuelto un poco majaras al intentar imponer una cotidiana normalidad, un mundo ilusorio que en el fondo es pura sombra. 

Por lo demás, me llevó trabajo fechar la obra. Tuve que guiarme por los datos del archivo y estos me remitían al año 2009, tiempo en el que estaba, paralelamente, elaborando el Aquí debería haber un título y aún por entonces la Orquesta Arrecife no existía. Espero que los lectores lo encuentren interesante y lo disfruten tanto como yo lo he disfrutado. Gracias y bienvenidos al parking.

14 de julio de 2015

Las torres de papel

Siguiendo el enlace puede consultarse la obra literaria más ambiciosa que he escrito hasta la fecha: Las torres de papel, cuyo título comparte este humilde diario. Por unos momentos me he visto tentado a llamarlo novela, pero se parece más bien a una nivola, aunque con toda probabilidad no llegue a ser ni lo uno ni lo otro. 

Cuando lo subí a Issuu me decía que había superado el número de 500 páginas y que necesitaba pagar, así que tuve que sacrificar una posible edición impresa reduciendo la tipografía a 9,5 puntos y las páginas a 462. En pantalla puede leerse, pero si algún loco quiere imprimirla desde Issuu para no quemarse los ojos, le advierto que se los quemará igualmente en la edición impresa. 
No creo que vuelva a escribir algo tan largo en mi vida ya que la actual edición de Las torres de papel, por su misma extensión, me ha ocasionado algunos quebraderos de cabeza a parte de este. Al margen, no está de moda escribir libros tan largos, ni siquiera escribirlos en un estilo similar. Tampoco está de moda escribir libros a menos que den para crear una célebre serie de televisión, película o se trate de una saga comercial.

Respecto a la edición; estimo que Las torres de papel se escribió entre los años 2004 y 2005, es decir, hace diez por lo menos. Como toda obra nueva, estaba muy contento con ella y llegé a compartir algunos ejemplares con algunos de mis pocos amigos sin saber que, tal y como estaba, era prácticamente ilegible. Fui desencantándome a medida que fue reposando y anduvo en un disco duro sobreviviendo a las nuevas ediciones del word hasta que finalmente en un agosto del 2012 me atreví a corregirla con cierta perspectiva. Esta corrección del 2012 es de la que he partido en el 2015 y sospecho que aún necesita, cuanto menos, otra revisión más. No obstante, he decidido subirla de momento pensando que si mañana me muero y alguno de mis pocos amigos publica la versión ilegible, mi dudoso prestigio como escritor será todavía más dudoso. 

Pero de qué coño va la película se preguntan. W. M. son las siglas del autor de un libro cuya ideología es anteponer la obra a la vida. Vida y obra son motivos constantes de reflexión, a parte de otros asuntos igual de intrincados, de naturaleza filosófica. Ambientada en el s. XIX, Las torres de papel narra las peripecias de este personaje que viene de provincias a la ciudad moderna con la intención de hacerse escritor investigando otra obra, El amanecer de ningún día.

12 de noviembre de 2012

La playa

Hoy he recibido el primer y de momento único ejemplar de La playa. Me ha costado 12,35 euros y debo ajustar algunas cosas todavía. 

Desde que se escribió la primera palabra de esta obra hasta su encuadernación en un taller de Holanda han pasado doce años. Ahora es tangible y un poco más real. 

Para quien quiera leerlo de forma completamente gratis aquí puede hacerlo.

29 de agosto de 2012

La playa

Éste es un relato que escribió un viejo conocido. Hace poco me dio permiso para editarlo y publicarlo. Merece la pena su lectura.

2 de enero de 2011

Aquí debería de haber un título

Aquí se encuentra la publicación oficial generada por este diario virtual. Su título es Aquí debería de haber un título. Serán en total una colección de cien textos algo más interesantes que éste.

15 de diciembre de 2010

Aquí debería de haber un título

Es el nombre del libro que ha originado este diario virtual, ya cerca de cumplir los tres años de vida. Para Año Nuevo tendremos una especie de borrador con una selecta recopilación de entradas. Algunas corregidas, unas pocas desperdigadas por otras bitácoras y otras hasta reescritas.

Un título que no debería faltar en tu biblioteca.

29 de septiembre de 2008

- ¿qué opina usted de rémora, don Matías? -. Don Matías no se acostumbraba al don ni a aquellas odiosas preguntas. - ¿De quién? - De rémora ¿no le parece escultural, culminante, como cenagal? - Me convence más vincapervinca, qué quiere que le diga. - No sé, don Matías, a mi me parece un juego de palabras - y a don Matías la poesía le parecía eso mismo. - ¿Y maltusiano, no le suena culminante maltusiano? - Da lástima, parece una enfermedad. - ¿Cárdeno, quizás? - No, cárdeno no, más bien cimarrón. - ¿Cimarrón le parece culminante? - No hombre, maltusiano me parece más cimarrón que cárdeno. - Yo le proponía cárdeno antes que rémora. - Ah, en ese caso, usted perdone, lleva razón; cárdeno, sí, suena escultural.- ¿Y cenagal se lo parecía? - Sí, pero me quedo con cárdeno. Muchas gracias don Matías, me había quedado trabado. - Encontró una rémora, querrá decir. - ¿Cómo? - Sí, un obstáculo. - Ruego que me disculpe, don Matías, pero me tiene en ascuas. - Déjelo, era un chiste desafortunado -. El otro repuso, muy serio: - si quiere ser poeta, don Matías, debe empezar por olvidarse de los significados. - Ya, ya, la poesía me interesa sobremanera pero yo me marchaba, adiós y buenas noches. - ¿Tan pronto? - Mañana tengo que personarme en el periódico. - ¡Oh, el arte es mercenario! mercenario suena a mecenas, a mercantil, a mercurio, a mercería y a merluza ¿no cree don Matías? - Mucho, mucho. ¿Sabe usted que esto de la poesía dentro de poco va a ser considerada como una enfermedad cerebral? - ¿Qué me dice? ¡Lo que faltaba! -. Interrumpió la conversación una dama - a propósito, don Marías, leí su artículo en el adelantado, qué duro es usted don Marías -. Matías Gris se envaneció un poco y llegó a agradecer el cumplido - sería más duro si no me censuraran siempre medio artículo en cuanto a mi nombre, es don Matías señora…. - Señorita Rosaura, Rosaurita para mis amigos. - Señorita Rosaura, de momento, yo don Matías, encantado, Ma-tí-as. - Quizá ese artículo tan duro que leí no fuera suyo, usted dispense, creí que usted se llamaba Marías. - ¡Oh, el arte es fugitivo! fugitivo evoca fuego, fusil…. - Por cierto señores, permítanme hacer una pregunta a don Matías...
[Las torres de papel. Cap. XIII].

30 de agosto de 2008

Respecto al matrimonio

nuestra sociedad es pluralista y acepta sus dos formas básicas: la monógama y la polígama, siendo más frecuente la poliandria que la poliginia, mas esta última también es lícita. También son lícitos los matrimonios entre homosexuales y los matrimonios grupales mas estos, si cabe, son quizás menos frecuentes que la poliginia. Los primeros no perpetúan la especie, los segundos son proclives a disolverse en una red de celos y discordia. Nuestro sistema matrimonial ha sido diseñado para adaptarse a las condiciones naturales; según sea mayor el número de individuos de un sexo u otro el Estado establece el régimen de casamiento, equilibrando la diferencia y asegurando la correcta perpetuidad de la especie. Por lo habitual, excluyendo la poliginia y demás casos poco habituales, conforme a la riqueza del consorte femenino a este se le permiten tener más o menos esposos. La reina, por poner, creo que tiene cerca de ciento doce y es que el matrimonio está estrechamente relacionado con el poder adquisitivo y el status social. El primer consorte masculino tiene prioridades sobre los demás, estando al cargo de los fetiches de la casa. El segundo consorte tiene el deber de afeitar la cabeza a su esposa y cortarle las uñas. El tercer consorte tiene la misión de caminar sobre las palmas de las manos para favorecer el agrado de los dioses. El cuarto consorte ha de caminar sobre ascuas al rojo vivo cada vez que la esposa no acude al templo, al quinto se le prohíben comer habas… así en lo sucesivo, imponiéndose cada vez trabajos más difíciles y denigrantes conforme se desciende en el sistema piramidal de forma que así se impide que el casamiento lastre el progreso social pues nadie quiere ser un décimo esposo -. Intrigado, pregunté a Daín por los fetiches del primer esposo. - Son objetos en los que residen las almas o espíritus de los difuntos, importantes en los rituales religiosos. Cada familia conserva sus fetiches y contra más fetiches se conserven más prestigiosa es entonces la tradición familiar. Nuestra poliandria es del tipo fraternal. Así, cuando un hombre se casa, se convierte también en consorte de todas las hermanas de su mujer. La endogamia sólo está reservada a los dioses y a los reyes por causas evidentes: sólo alguien de la más alta condición puede casarse con su igual. Nuestros dioses, de hecho, sólo pueden casarse consigo mismos. En suma, el Estado determina como conveniente la exogamia; así la sociedad se renueva, aumenta sus vínculos de amistad y relación. El traspaso de los bienes antifernales, de gran importancia en nuestra cultura, se producen en un ceremonial en el que se establecen los derechos sobre el cónyuge, el carácter legal del matrimonio y el status de los vástagos. Si no se pagan los bienes antifernales decimos que el matrimonio es inmoral y los hijos de este matrimonio tendrán dos cabezas. Si una mujer no paga los bienes antifernales su consorte puede hacer uso de la siguiente fórmula: “¿puedo preguntarte dónde orinó tu ganado?” lo que quiere decir que es demasiado pobre o ruin para haberse casado en debida forma con él. La orina del ganado representa un papel importante dentro del matrimonio. Si el consorte está interesado en una dama, para averiguar su condición o status, ha de sumergir la cabeza en los orines del ganado. Si el ganado no orina, orina poco o de forma irregular, esto es seña de que la dama no proviene de buena familia -.
[El salvador del país de las musarañas, cap. 5].

6 de agosto de 2008

“Un día, desocupado lector, te levantas sin más,

al igual que te levantas cada día después de otro. Te levantas todos los días y si no te levantaras un día, tendrías que levantarte otro, porque quien no se levanta ni un día ni otro es porque está muerto. Ese día, lector desocupado, no trates de retenerlo en tu memoria, no merece la pena, a menos que suceda algo absolutamente excepcional no podrás recordarlo”. Lo confundirás con otros días, lo terminarás olvidando, supondrás, simplemente lo que Wenceslao suponía, que se levantó un día como se levantaba otro día más. “Quizás te revelaras contra esta pedantería, quizá ese día no te diera la gana levantarte, qué vainas, aunque tuvieras que hacerlo, quizá no te levantaras ese día precisamente por tenerte que levantar; bastan las obligaciones a veces para intrigarte con planteamientos contrarios que nunca te atreverás a cumplir. Haces bien en no atreverte; si te atrevieras no serías un héroe, ni un loco, simplemente serías cadáver. Asimismo, como no, es igualmente probable que encontraras ánimos para emprender un nuevo día, quizá hasta te detuvieras a reflexionar unos instantes. "Habría que agradecerle a Dios" o "había que agradecer al menos a Nadie", habría que agradecer, concluyes, el inmenso privilegio de levantarte en un día como aquel. Miraste la calle inundada por las primeras luces desapacibles de la mañana agradecido, cada vez más admirado de tu dicha, ya que aunque no poseas todo cuanto se puede poseer, al fin y al cabo, sí tienes cuanto necesitas junto con lo más importante: voluntad suficiente como para conseguir cuanto puedas necesitar. Miraste la calle pero lo mismo te inundó la incomprensión y el vértigo, la náusea, reparando en tu insignificancia en estado de avance irremediable, en lo absurdo de aquella calle y en lo absurdo de tus inútiles pertenencias, tan inútiles como su posesor. Un día decidiste llevar la contraria a este texto abominable, nada más que un puñado de letras inconexas, "aunque no pueda recordar este día (a menos que suceda algo absolutamente excepcional), sí puedo vivirlo tal si de mi último día se tratara, aprovechar agradecido cada segundo, luchar por cada instante que pueda ganar". No, ese día en realidad no decidiste nada, los días no han de servirte de nada, ¿para qué los días? Sólo han de servir, en algún caso, para prolongar una agonía sin sentido.

Que un día te levantaras, pese a mirar la calle, o a reflexionar de una u otra manera, pese a que te levantaras en un día excepcional, no podrías recordarlo. Si reflexionas entusiasmado o hastiado se debe posiblemente a que hallas cenado bien o mal la noche anterior, eso, si has cenado. Si no has cenado posiblemente te levantes y reflexiones hambriento pero no te equivocas; el grado de tristeza o alegría de una persona, ya lo sabes, depende más de su estado interior o de su disposición física que de exteriores circunstanciales. Adviertes esto: si a todos los hombres les ocurriera una desgracia, iguales ante esa misma desgracia, no todos se sentirían en la misma medida desgraciados o, lo que es lo mismo, no todos los hombres sufren el mismo hambre aun padeciéndolo. Lo sabes, no te aflige el hambre pero ahora te martiriza el frío. Imaginas que habrá quien viva en esa gran explanada rusa cuyo nombre no acude a tu recuerdo pero lo tiene aunque no lo recuerdes[1], y a ese alguien posiblemente le cuelguen carámbanos de hielo de la nariz y no sea capaz de distinguir con la vista una locomotora a cinco metros aunque el mismísimo Zar Nicolás I la conduzca, a causa de la ventisca de nieve. Imaginas que ese entrañable ruso, pese a todo, se dirá que no tiene tanto frío, que el invierno pasado por aquellas fechas fue peor. Mas tú tienes frío, aunque ni nieve ni llueva tan siquiera, aunque el ruso no lo tenga y aunque tú puedas imaginártelo.
La verdad es que no reflexionas entusiasmado o hastiado si no se trata de una vez excepcional. El resto de los días que no son excepcionales te levantas y punto. Que te dirijas cabizbajo y sumiso al matadero o con la cabeza alta y triunfal hasta las puertas del Olimpo no importa demasiado. El destino que se abate sobre ti te alcanzará pienses lo que pienses, seas quien seas o quien digas ser, te guste o no. ¿Tiene ahora sentido hacer lo que haces? Tú lo haces y punto. A lo que haces no le buscas un profundo sentido, si buscases un profundo sentido estarías buscando un profundo sentido y no haciendo lo que haces.

[1] De Siberia podría tratarse aunque Rusia esté llena de explanadas y aunque Rusia misma, dado el extremo, pudiera considerarse (poéticamente, esto es, erróneamente) una explanada helada.

[Las torres de papel. Cap. VI].

...

El punto, en una apurada definición, es el final de la frase. Eso no basta. Habría que atender también a su función lógica, al comprender a través del punto el orden, el enlace y la dependencia de las ideas. ¿Y de aquella puntuación que permite traducir la ironía, la emoción; aquella puntuación que produce un cambio de registro que introduce cierta melodía en la frase? Un punto es el final de la frase, sea, pero tres puntos seguidos son tres puntos suspensivos. Utilícense para ahorrarle a uno palabras previsibles, vocablos molestos… omitir intervalos, dejar frases inconclusas…

29 de junio de 2008

Lo que no es y parece ser

«[…] unas cosas hay que ni son ni lo parecen, y esa es ya necedad: que aunque no sea de ley, procure parecerlo; otras hay que son y lo parecen, y esto no es mucho; otras que son y no parecen, y esta es la suma necedad. Pero el gran primor es no ser y parecerlo, eso sí que es saber».

[Gracián, Baltasar. El criticón].

17 de junio de 2008

Recomendaciones morales para pasar la página (1)

(1) Pasar la página y no pasar página, especificamos que no queremos hacer referencia a esa común expresión mediante la cual se alude al cierre de un capítulo lamentable.
No es nuestra intención subestimar la aguda inteligencia del lector hasta este extremo. Imaginamos que si en estos momentos se encuentra en el presente parágrafo es que, además de haber abierto el libro, ha pasado la página mas reflexionen por unos minutos: ¿la han pasado de forma conveniente? Al margen, por descontado, de si era conveniente pasar la página ¿podían haber pasado la página de forma mejor? Cada quien tiene un modo personal e intransferible de pasar la página, esto es claro, pero el hecho de pasar la página evidencia que ya se es víctima de algún tipo de convención. Dado que no pretendemos excedernos en la libresca inutilidad jactanciosa y preambular, ofreceremos una serie de consejos útiles fundamentados en la experiencia personal a fin de hacer del lector un ser menos contemporáneo:

1. Es conveniente, por comodidad, dirigirse siempre a la parte superior o inferior del margen derecho para volver la página, ya que los ángulos del libro ofrecen mayor agarre y seguridad -mayor tacto, digamos- que la zona central.

2. Si se opta por volver una página desde la zona central se advertirá prontamente que el libro sufre mayor deterioro: las posibilidades, aun bastante remotas (depende, claro, del estado del libro y del estado del lector) de rasgar la página se incrementan y, en suma, existe cierta tendencia a volver las páginas arrastrando cualquier falange sobre la cara primera, impregnando con mayor facilidad el papel de sudor, grasa o incluso saliva si uno previamente ha humedecido la yema de su dedo (aquí hablamos de segregaciones corporales pero ello no excluye que los dedos pudieran estar impregnados de otras sustancias).

3. Sobre la práctica de humedecer los dedos calificarla de muy poco cívica y educada. Sabemos de la mejor adherencia y facilidad de volver la página con el dedo humedecido pero ello no origina sino un deterioro del libro y un gasto adicional de saliva.

4. Se recomienda el uso de las siguientes falanges: pulgar, índice y corazón. El anular, como su propio nombre indica, sirve para llevar anillos, en cuanto al meñique, constituye la falange más despreciable de las cinco.

5. En caso de que se quiera realizar una lectura rápida, descuidada… en caso, decimos, de que se quiera buscar, por poner, un pasaje concreto… se puede recurrir al uso de la zona central, manteniendo el pulgar sobre el canto de las páginas y dejando que éstas se deslicen suavemente según la presión ejercida.

6. La falta de costumbre da pie a que a la hora de volver las páginas en el orden menos habitual (no de izquierda a derecha sino de derecha a izquierda), es decir, a la hora de volver sobre las páginas, se cometan con mayor frecuencia toda clase de errores del tipo ya indicados.

7. Se recomienda, asimismo, hacer uso de la inteligencia (esto no sólo a la hora de volver una página) y evitar en la medida de lo posible el marcar una página doblándola, insertando un marca-páginas de grosor inadecuado, o subrayar, garabatear, anotar, escribir… sobre el libro, amén de otras prácticas de índole diversa y/o conferir al libro unos usos que no le son propios.
[El salvador del país de las musarñas. Pág. 2].

La traición del lenguaje

Las palabras crean sus propios lugares, sus propias situaciones y tratándose de tan limitados medios, no nos cabe esperar de ellas grandes alzamientos. La más bella descripción jamás leída, así leída, nos haría estremecernos de risa por su insultante simplicidad estructural, mero resultado de operaciones tan simples como lo son la gramática y la sintaxis. Ahora bien, la palabra, como su estructura, no es más que un vaso vacío más o menos ornamentado. Un discurso jamás es verdadero, sí podrá serlo en cambio su sentido. Podemos beber un vino excelente, que su excelencia será idéntica en un vaso reducido a su llana forma utilitaria que en otro vaso abigarrado de bellísimos bajorrelieves. Palabras, las justas, suficientes para que contengan vino y para evitar distraer nuestra degustación en su tallado. En este vaso que es la palabra se precipita el sentido, la palabra es una llave que debe abrir la misma puerta que el intelecto cerró no sin antes dejar al forastero la custodia de la llave. Hablamos, una vez más, de sentido, de significado, de ideas, y no de palabras, de estructuras, de significantes. Por esta razón es correcto enunciar que jamás se dice lo que se piensa, ni lo que se siente, por mucho que se deba siempre decir. Es claro que se dice una cosa distinta, otra cosa, y si da la casualidad de que esa palabra está en nuestro idioma, abrimos la puerta entonces, como en el cuento árabe. No sólo las palabras son simples simbolizaciones, también se hallan erosionadas de continuo por mil millones de lenguas y de plumas. Hay cierta ocasionalidad en los conceptos, es incontestable. Los conceptos son generalidades polivalentes que se refieren a algo determinado en cada ocasión. En la esfera objetual, material, la inestabilidad de los conceptos parte de la misma inestabilidad adyacente en los objetos sobre los que se aplican mientras que, en el ratio intelectual, ideal, podríamos decir que los conceptos siempre evocan un significado más o menos distinto dada la dispar penetración, apreciación… de las mentes sobre su entramado. No hay tantísimas palabras como sentidos y, en suma, somos tacaños en el uso de la palabra. En ese mar caótico de usos, dificultades y voluntades que es la comunicación con los demás, con uno mismo, se trata de utilizar, como es lógico, la palabra apropiada que más prontamente abra la puerta a la intelección. Porque faltan palabras, porque somos tacaños con ellas y, por extensión, con quien nos escucha; porque en las más grandes palabras están volcados los más grandes sentidos, decimos unas palabras por otras perdiendo en el camino una complejidad infinita de reflexiones. Tan dura es la traición a la que el lenguaje nos somete que al final sólo el escritor sabrá usar correctamente todas y cada una de las llaves que él mismo pulimentó y, así todo, estas llaves se oxidarán y hasta el mismo escritor encontrará, conforme el tiempo transcurra, mayores dificultades a la hora de abrir las puertas.

[Las torres de papel. Cap. IV. Pág 23].