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4 de junio de 2012

Gozamos poco por lo mucho que tenemos y sufrimos mucho por lo poco que nos falta.

William Shakespeare

12 de diciembre de 2010

El estilo

Es un buen título para un manual de diseño gráfico, sin duda.

El sustrato del presente artículo corresponde a una experiencia artística que tuvo lugar durante la infancia de este humilde narrador. Me dispongo ahora, con su permiso, a desgranar lo vivido;

Andaba yo por entonces preocupado por un libro que me robaba el sueño a la anochecida. Con posterioridad los libros se fueron sustituyendo por mujeres. Uno no sabía cómo acabarlo, otras sabía que no me querían. Dado que creía con soterrada firmeza que era indiscutiblemente el mejor escritor de toda la Historia de la literatura universal (por que así son los niños y algunos mayores), se me ocurrió cerrar el libro parodiando el estilo de los escritores que por aquel entonces tenía a mano. Eran, la gran mayoría, unos señores que, si salían en alguna foto, salían en blanco y negro vestidos como en el cartel de un aseo para caballeros.
Según el mayor o menor conocimiento que tenía de los escritores mi pantomima era más o menos grotesca, pero no siempre se cumplía esto como norma general. Recuerdo vagamente casos en los que cambiaba alguna máxima célebre suya, potenciando algún aspecto cómico de su ideología o incluso de su apariencia. En otros casos exageraba el uso de cualquier tipo de palabra a la que recurrieran con frecuencia, siendo esto bien difícil pues cuando los escritores usan mucho un recurso es con plena consciencia, dejándose llevar por su vicio y durante periodos no muy extensos de su obra. Los escritores antiguos eran más sencillos de imitar que los actuales, por aquello del desuso de la lengua y los latines empleados. Finalmente había casos de escritores que conocía muchísimo mejor en comparación con otros y que no acertaba a imitarles por mucho que me devanara los sesos. Por culpa de algunos traductores, la mayoría de los autores extranjeros me parecían de un estilo idéntico. Por culpa de los traductores y también por culpa mía, por no aprender idiomas.

Comprenderán que no conserve el resultado de aquel arrogante experimento pero a día de hoy, la verdad, me ha parecido un ejercicio literario ciertamente entretenido. Proponerse escribir de otra forma a como uno acostumbra a hacerlo puede significar el principio de una revolución en su estilo. Queda claro que quien aspire a decir algo nuevo debe procurar decirlo a toda costa, pero teniendo siempre por máxima incontestable que no va a decir nada distinto de lo que ya se halla dicho con anterioridad. Aspirará a decir algo nuevo pero a lo sumo repetirá con sus propias palabras algo que ya está presente en el mundo y, en la gran mayoría de los casos, incluso escrito. De ahí la importancia del estilo, de decir las cosas de otra manera, de añadir puntos de fuga a los interiores de la palabra.
La literatura mantiene vínculos con otras artes y, en este caso, deberíamos destacar que la literatura puede ser un poco teatro, no digo teatrera aunque quizás pudiera decir teatral aludiendo a uno de los usos de la acepción. Todos saben que el género teatral puede incluirse dentro de la literatura pero yo me refería más a efectos propios del teatro, no meramente textuales, traspasados al papel. El habla y la escritura no dejan de ser préstamos de la palabra oral y la oralidad está en íntima comunión con otros lenguajes.

En general quienes quieran forjar su estilo pueden optar por ser convencionales o vanguardistas. Entre los primeros es fácil encontrar historiadores, entre los segundos, poetas. La poesía, para sus fines, recurre al desvío; una alteración voluntaria del grado cero con fines retóricos. Dicho de otro modo: cuando alguien se encuentra con lo que no puede nombrar puede inventar una palabra o añadir semántica a una ya existente, corriendo el riesgo de perder comunicación por falta de convención entre comunicadores. Si eres convencional, no sorprendes; si eres vanguardista, no te entienden…

El consejo de nuestro pequeño esbozo de retórica para jóvenes amantes de las letras es que no sean predecibles ni cacofónicos, sean ustedes mismos. Esto, en la gran mayoría de los casos, no suele requerir mucho esfuerzo y no tiene ningún mérito pues la personalidad viene de serie.

9 de diciembre de 2010

Todo es relativo

Hoy os traigo una joya retórica atribuida a Sexto Empírico.

Aquel que niega que todo es relativo, confirma que todo es relativo, ya que muestra que la proposición misma "todo es relativo" es relativa a nosotros, que no es absoluta, por que él nos contradice.

Y, de la misma manera, podría haber señalado innecesariamente, que la proposición "todo es absoluto" es relativa para los que piensan que "todo es relativo".

Bien Tomás, ¿se le ocurre algún alegato contra esta sólida refundación?

Tomás - Es ni más ni menos que Sexto Empírico, señor. Yo sólo soy Tomás, estudiante de retórica.

¿Y si le dijera que Einstein diría algo parecido hace no mucho tiempo?

Tomás – Le diría yo que sigue siendo Einstein, señor, no precisamente mi vecina del quinto, mis respetos por delante. Como dije, yo sólo soy Tomás, estudiante de retórica, y me acojo a uno de los principios de humildad que usted expuso en una de sus primeras lecciones.

Está bien Tomás, me ha convencido, basta de retórica por hoy. Quiero, no obstante, que mañana pensemos en cómo rebatir a Sexto Empírico y para ello vais a ser, por poner, dogmáticos. O sofistas, como gustéis. Podéis empezar de la siguiente manera vuestro alegato:

"Un momento, señor Sexto Empírico, si todo es relativo, ¿acaso no es absoluto que todo sea relativo? Luego si hay algo absoluto, aunque sea su afirmación todo es relativo, todo no es relativo. Todo no sería absoluto, tampoco. Eso último, como ve, se lo concedo. De esta forma V. no debería afirmar de manera absoluta que todo es relativo, sino no afirmar nada, dado que todo cuanto puede afirmar no tiene visos de valer mucho. Y si no afirma nada, todo no es relativo, absoluto, negro o dulce pues... ¿no estamos hablando del discurso? Todo, sea relativo o absoluto, está antes de usted y de su decir de lo que es, con que bien haría V. en acogerse al principio de humildad que cita el señor Tomás, por favor, en vez de ir pregonando insensateces a los cuatro vientos…

Bien, señores, hasta mañana. Recuerden la fecha del examen.

¿A mano o a máquina?

El título de la entrada no es un anuncio comercial vintage de una marca de detergente, más adelante averiguarán a qué se refiere.

Aún antes, cuando escribíamos en papel, entre frase y frase podíamos entretenernos en dibujar la silueta de dos amantes refugiados en un portal. Pero ya nadie puede refugiarse entre caracter y caracter, cero o uno, vacío o lleno, libre u ocupado, derecha o izquierda, sí o no.

Bueno, bueno, tampoco es tan drástico.

Está claro que, si es literatura, el soporte, lo que es el soporte, influye pero no es determinante. Que me pusiera ahora a defender la escritura a mano sería como si defendiese la talla de piedras escribiendo, además, sin piedras y sobre un pliego en blanco. He tratado de hacer el símil todo lo gráfico posible en detrimento de su comprensión lectora.

Confío en ustedes una vez más.

Antes se tachonaba de formas más o menos artística y disimulada, ahora se pulsa la tecla supr. y, si quieres deshacer el tachón, queda todo perfectamente anotado en una memoria provisional. Lo más interesante para algunos entre los que debo incluirme fue descubrir que un mismo texto lo podías escribir infinitamente desordenando las letras, guardando todas las posibles combinaciones de ese texto. Sin duda lo más sorprendente resulta compartir el acto creativo de la escritura y que ésta, de forma alguna, alcance un tiempo real asimilando muchos aspectos orales.

Si ahora desandáramos el camino quienes llevamos años escribiendo a máquina echaríamos de menos esas rayas zigzagueantes de colores colocadas sobre una supuesta falta de ortografía, la desafortunada mascota del programa de procesamiento de texto para Windows indicándonos, reiteradas veces:

Parece que quiere escribir una carta

Echaríamos de menos esas triquiñuelas que nos han permitido, a base de esfuerzo y dedicación, escribir peor de lo que ya lo hacíamos, lo cual era completamente nefasto... desde luego que la principal ventaja de la edad digital en la escritura es el hipertexto y otro montón de cosas con nombre rimbombante que se empiezan a estudiar ahora.

Su principal desventaja; la frialdad del acto. Escribir a mano es un mecanismo que vierte nuestra personalidad en formas gráficas que el ordenador no recoge. Un surtido de matices infinitos que se pierden detrás de los moldes que acostumbramos a ver

Normal Negrita Cursiva

Y eso es todo. No te puedes torcer, no puedes caligrafiar un símbolo nuevo... recuerdo cuando inventé el descenso. El descenso era una tilde invertida, un acento hundido que, colocado sobre la sílaba correspondiente hacía que ésta se pronunciara con entonación más baja. También registré en la oficina de patentes el signo de admiración filosófica. El signo de admiración filosófica debía ser distinto del de la vulgar admiración. Un signo para ser entendido teniendo a Baltasar Gracián presente.

Después de estornudar varias veces por el polvo levantado, he conseguido acceder al archivo bibliográfico de mis escritos a mano. Los he visto, los he contemplado y me han parecido prehistóricos. A lo mejor algún día cuando estas entradas se reciban por vía telepática se me ocurre que lo que acabo de escribir (y no he corregido todavía) no tiene nada de sentido.

En cualquier caso, mientras lo escribes, a mano o a máquina, está vivo y eso es lo importante.

10 de noviembre de 2010

Hoy me voy a poner la bufanda para escribir




El título de esta entrada no apela al significado de una frase que emplean los aficionados del fútbol para referirse a ciertas líneas editoriales. Sólo quería expresar que aquí hace frío.

(Pausa para reflexionar)

Quevedo escribiría hoy sus poemas en sms.

Ésta es la máxima a debatir. Bien, Tomás, salga a la pizarra y demuéstrenos por qué Quevedo escribiría sus poemas de aquella forma.

Tomás – Los escribiría, señor, si me permite decirlo, porque según creo yo es lo que el pobre hombre mejor sabría hacer además de darse a toda clase de vicios. En cambio, si Quevedo no fuera Quevedo y fuera un coetáneo nuestro en ningún caso escribiría poesía, ni siquiera poesía en un sms, sólo un sms.
Perfecto, Tomás, bien argumentado. La próxima vez procure no extenderse tanto en alocuciones innecesarias y diríjase a esa parte que solemos denominar vulgarmente grano como eje de la cuestión. ¿Entiende lo que le digo, señor Tomás?

Tomás – Perfectamente, señor.

Bien, como acaba de argumentar el señor Tomás la poesía hoy ya no es poesía, es poco más que una frivolidad. Sí, no se rían, esta afirmación desprende tanta seriedad como el más profundo y sentido pésame. Ahora nos dedicamos a cosas más prácticas como mandar mensajes a través de nuestro celular o estudiar fiscalidad soñando con poder apoltronarnos en una dependencia pública. Lo trascendente hoy es por completo intrascendente y lo que prevalece es servir al Capital. Nuestros poetas más laureados son publicistas.
Bien, que nadie levante la mano ahora, ya sé lo que pensáis. Pensáis lo siguiente: no, este hombre nos está engañando; este retórico no puede poner en duda algo tan evidente como que la poesía siempre ha existido y existirá.

¿Acaso piensa usted esto señor Tomás?

Tomás – Ahora me coge distraído, señor, pero le aseguro que sí, que si estuviera siguiendo su disertación punto por punto le respondería afirmativamente.

La poesía siempre existirá... bueno, mediten la cuestión. ¿Existe hoy la práctica de tallar puntas de lanzas con piedras pulimentadas?

Tomás – Claro que sí, señor. No soy muy versado en ciencias antropológicas pero seguro estoy que ahora mismo habrá una tribu en algún lugar del mundo que talla sus lanzas al uso de nuestros remotos antepasados. En cuanto a la fabricación de lanzas… hoy existen armas más sofisticadas, pero armas al fin. Si bien he concedido que un coetáneo nuestro no escribiría poesía con un teléfono no me parece del todo imposible que un poeta pueda hacerlo. Quevedo, por supuesto, está muerto y ya no puede escribir poesía.

Señor Tomás, si piensa que concediéndome la razón siempre que se distrae consigue mejorar su retórica está muy equivocado. A mi humilde entender yerra sobre este último punto. La tribu a la que usted se refiere con disimulado fervor, aquella que sigue tallando puntas de lanzas con piedras pulimentadas, al paso que vamos, acabará manufacturando carcasas para teléfonos móviles y fumando cigarrillos en su mismo entorno ya devastado. O, en un futuro previsible, lo hará en un parque temático encerrada en una jaula que simula su biosfera extinta. ¿Acaso existe la talla de puntas de lanza con piedras pulimentadas como fenómeno realmente extendido? Y quiero decir, por extensión, ¿existe el mismo pensamiento en diferentes mundos, en diferentes tiempos? No creo que la poesía de una tribu del Amazonas perdure y creo que pocos son capaces de entenderla. No sé tampoco si se puede llamar poesía, ni si existe para ser entendida o para perdurar.
Pero puedo ser aún más tajante; el árbol que cae en medio de un bosque solitario sólo existe para un oso que esté lo suficientemente cerca como para oírlo y escucharlo, es más, mientras no sea verdaderamente excepcional la caída de este árbol para él no existirá aun pudiéndose dar por enterado. Y esto no es todo: un oso jamás nos dirá que escuchó caer un árbol en medio de un bosque solitario con lo que este árbol está tan solo que ni existe.

Sin embargo… oh ¿qué escucho? Es la voz de los difuntos poetas que proclama:

Mientras haya poetas
habrá poesía

Y entre las voces de estos poetas está también la del señor Tomás, que hace eco de todo lo que escucha. Los poetas de hoy se parecen tanto a los de entonces como se parece la poesía de Hesíodo a la de Ramón Gómez de la Serna. Hoy no hay poetas ergo no hay poesía. Los sustituyen una panda de borrachos cultos y distintos del resto de los borrachos que le suelen asaltar a uno en el metro. Poco antes era así: oye, Pedro, tú que escribes bien y fuiste a la universidad, escríbeme una carta para Laurita. – ¿Y qué le pongo? – pregunta Pedro lamiéndose un pulgar y apartando su más secreto poemario para ceñirse sobre un papel inmaculado con gesto condolido. Dile – dice el otro – que la quiero llevar al huerto, así, pero con palabras cucas, ya me entiendes Pedro, esas mariconadas que les gustan a las mujeres.