21 de agosto de 2018
14 de agosto de 2018
The prearrecife files
El Telepizza
Me había convertido en un alto funcionario chino y recibía la visita de otro alto mandatario, también asiático. Nos encontrábamos en una suerte de palacio con aspecto árabe, y mi invitado decidía salir a la calle para hacerse una idea más realista de la vida en mi país, cosa que no me agradaba demasiado. Lo mismo tenía algo que ocultar.
La ciudad china donde nos encontrábamos guardaba mucho parecido con Benidorm, pero, a diferencia de esta, estaba rodeada por altas montañas cubiertas de nieve, una especie de Himalaya en miniatura. Alguien conocido o mi hermano, que no sé qué hacía ahí, me preguntaba qué era una especie de camino que ascendía por una de las montañas. Al enfocar la vista descubría que aquello se trataba de un río bastante caudaloso que, en vez de bajar la montaña, ascendía.
El alto mandatario, sus guardaespaldas y yo, nos internábamos en la urbe, que estaba repleta de construcciones bastante voluminosas, todas grisáceas y de aspecto semejante, sin mediar espacio entre ellas. Saltábamos ventanas, subíamos escaleras, cogíamos ascensores… llegábamos hasta una especie de azotea, donde había una enorme piscina climatizada distribuida en varios niveles, con cascadas.
El alto mandatario decidía darse un baño y yo pensaba que el agua iba a encontrarse demasiado fría, porque nadie se bañaba en aquel tiempo y, para bañarse, había que encender los calentadores de la piscina pulsando un botón. Pulsé el susodicho botón, pero era de verse que la piscina tardaría tiempo en coger temperatura, ofreciendo una mala imagen del país que yo representaba.
Asimismo, mi país no era muy próspero que digamos, de ahí
quizás que no viera con buenos ojos aquella excursión, y pensaba que aquella
visita, con el gasto de energía que iba a suponer calentar aquella enorme
piscina en la que no nos bañaríamos mucho tiempo, no era lo más
pertinente.
Trabajaba de repartidor en Benidorm -ahora sí era Benidorm- en un establecimiento de Telepizza. En plantilla éramos tres trabajadores; otro repartidor y una compañera que se encargaba de la tienda. Teníamos dos motos. Yo estaba en la calle, al lado de mi moto, esperando a recibir una llamada a través de un teléfono que quedaba por ahí cerca. Alguien llamó al teléfono y, a pesar de que estuvo un buen rato sonando, no me dio tiempo a cogerlo. Fui a la tienda con mi compañera y pregunté si no había forma de rastrear la llamada, para devolverla y no perder un posible cliente. Consultamos en el Google Maps la dirección, pero mi compañera me comunicó que con aquellos datos que teníamos en nuestro poder era imposible localizar el teléfono de las personas que habían llamado, eso o simplemente no nos era viable llamarlas desde la tienda.
En cualquier caso, me recomendó que no me preocupara, que si querían algo volverían a llamar. El otro repartidor salió a entregar un pedido, eso significaba que, el siguiente pedido me correspondía a mí. Al momento, me di cuenta de que no conocía muy bien todas las calles de la ciudad. Tenía mi teléfono móvil con mapas, pero iba a ser complicado seguirlos mientras conducía la moto.
Había visto, en la moto de mi compañero, una especie de
soporte en el que colocar el móvil y esperaba que mi moto también lo tuviera,
pero era muy probable que no fuera así. Tendría que sostener el móvil en una
mano y, llevando puestos guantes para evitar el frío, podría ser peligroso.
Pero era verano y no hacía frío, así que sin los guantes lo mismo no era muy
difícil manejarme.
Dado que nadie llamaba al teléfono, acudí a los baños del establecimiento con motivo de darme una ducha. Todavía tenía que cumplir con mi jornada, pregunté a mi compañera y dijo que no había problema con lo de la ducha. Mi compañera estaba hablando con otra amiga que había llegado a la tienda. Esta última estaba, al mismo tiempo, jugando a un videojuego. Echaba un vistazo y me daba cuenta de que el videojuego trataba sobre una especie de contenedores de cartón. Dentro de estos contenedores había premios.
Ya en el baño, comencé a desvestirme. Oriné en la bañera mientras vigilaba de reojo que nadie entrara al baño, pues la puerta cerraba mal y había quedado entornada. De súbito, mi compañera entró, y yo la tapé los ojos para que no me descubriera semidesnudo. Empezamos a liarnos. Había observado, en el transcurso de la operación, que mi compañera tenía una cicatriz en un brazo, pero no pregunté nada porque aquel no era el momento y, además, pensaba que todo el mundo que habría visto esa cicatriz habría preguntado por ella.
De repente, detuvimos nuestra labor y mi compañera quiso saber si yo tenía novia. Revelé que no, pero aquello me hizo sospechar y le devolví la pregunta. Me dijo que llevaba cinco años sola. Así pues, todo parecía correcto. Propuse que nos ducháramos juntos y ella se empezó a desvestir. Cuando estaba desnuda descubrí un pene grisáceo en su entrepierna. ¿Qué es esto? Pregunté completamente asustado.
9 de agosto de 2018
La diva
Estaba hablando con mi hermano y me preguntaba que qué había estado haciendo últimamente. Le comunicaba que había revisado una propiedad de 30 hectáreas y mi hermano se sorprendía pues, al parecer, debía tratarse de una superficie muy extensa. Le informaba que no era una superficie cuadrangular, una finca, sino una línea recta de ese tamaño, de modo que la labor de revisarla implicaba todavía más complejidad de lo que pudiera imaginarse en principio.
Tener en propiedad una superficie de estas dimensiones implicaba una buena noticia, pero, como se trataba de una línea recta, una suerte de frontera, debía valer muy poco pues no se podía edificar en ella y lo único que daba era trabajo innecesario de cara a las instituciones y problemas con los posibles invasores.
La línea atravesaba campos, montañas y precipicios. No había poblaciones en aquel territorio, de manera que para recorrerla tenía que acampar al aire libre y sobrevivir en medio de la nada.
En uno de los precipicios me encontré bloqueado, ya que
la pendiente era demasiado abrupta como para ser escalada. Cuando le explicaba
todo esto a mi hermano no sabía a ciencia cierta si realmente había ocurrido o
me lo estaba inventando, pues tenía la sensación de que fuera un sueño.
Mi madre se encontraba en el salón de casa viendo la tele. En el salón había encendidas dos chimeneas y yo me encargaba de que una de ellas estuviera abastecida de leña. En la tele actuaba una cantante sudamericana y con sobrepeso, acompañada de un coro. El coro, distribuido en forma de "v" detrás de la solista, estaba formado por nueve mujeres y tres hombres, seis integrantes a cada lado de la líder, colocados en una especie de atriles de concursantes.
La cantante llevaba un vestido negro o rojo, bastante entallado, y unos guantes largos. Los tres hombres intervenían al final de la canción y sus voces, de entre las del coro, eran las únicas que se distinguían, pues las voces de las nueve mujeres quedaban opacadas por la de la solista.
Cada vez que un miembro del coro acompañaba a la cantante
principal, aparecía en pantalla un recuadro con su fotografía y su nombre, en
un margen.
Por lo demás, descubría que aquella cantante que se había puesto de moda recientemente era amiga de un youtuber famoso, conocido por un amigo mío. Al parecer, el youtuber estaba diversificando su negocio en otros sectores. Acaso este espectáculo era parte de dicha ampliación. De cualquier manera, advertía algo turbio en aquel asunto, pero no lograba terminar de concretarlo y esclarecerlo.
Pensaba esto después de inspeccionar la propiedad aquella y ya empezaba a divisar algunos pueblos en la lejanía.
