17 de febrero de 2019

El juicio de Osiris


Anoche soñé con esta escena. Dado que no encontré momento para sentarme a detallar el sueño, he olvidado gran parte de él, pero no la referencia. 

El papiro se corresponde al capítulo 125 del Libro de los Muertos en donde, mediante una balanza, se sopesa la salvación o condena de los difuntos. 

En un lado de la balanza se colocaba el corazón del difunto dentro de un jarro (Ib: la conciencia y moralidad), extraído mágicamente por Anubis y; en el otro lado de la balanza, se colocaba la pluma de Maat (la verdad y justicia universal). 

Ignoro cómo esta escena llegó hasta mi conocimiento y, conscientemente, la tenía por completo olvidada. En el sueño, una chica me comunicaba su deseo de escribir algún tipo de relato o novela, y es cuando yo le refería la escena de El juicio de Osiris, confundiendo a las deidades allí presentes con el ladrón de tumbas Amenpnufer, que no tiene mucho que ver.

La chica quedó impresionada con mi relato, lo cual le llevó a dudar sobre la pertinencia de su libro. Le animé a emprenderlo pues, tal y como aseguré, la historia de El juicio de Osiris era poco más que un refrito.


Repasando el pergamino, me ha hecho bastante gracia la figura de Ammyt, una especie de engendro o Frankenstein de diversos animales. Esta alimaña que parece reptar en los jeroglíficos está esperando su ocasión para devorar al muerto si la sentencia es desfavorable, provocando una segunda muerte definitiva (como la que debió padecer el pobre Amenpnufer).

Imagino que en su época el dibujo debería despertar bastante temor y respeto entre los contemporáneos. Si hay algo peor que la muerte, es morirte cuando estás muerto.

14 de febrero de 2019

El nacimiento de mi sobrino

Mi hermano había tenido un hijo, y yo andaba buscando su habitación en la planta de maternidad. El hospital era una suerte de aeropuerto, con salas amplias y letreros luminosos donde se anunciaban los nacimientos como si fueran vuelos nacionales e internacionales.

Era, el edificio, bastante frío y metálico. Me costó esfuerzo dar con la habitación que, para distinguirla del resto de habitaciones, se llamaba noviembre, en honor a la fecha del nacimiento del niño (aunque en el sueño fuera noviembre, ahora, huelga decir, nos encontramos en febrero).

En el interior de la habitación había un montón de equipos y aparatos electrónicos, estanterías, pantallas, botes de cristal y cables por doquier. Allí, en un espacio reducido y, como digo, atiborrado de enseres, se encontraban algunos familiares y enfermeras, congregados en torno a una especie de sillón de dentista, donde se podía ver una pequeña boca de forma circular bordeada de dientes. Aquello en principio tan extraño era el bebé, andaban realizándole pruebas médicas y yo me sentí un poco inútil.

Felicité a la madre y a mi hermano y, al rato, mi hermano cogió en brazos un bebé amoratado bastante pequeño, envuelto en una bolsa de plástico transparente. A mi hermano no se le veía muy experimentado a la hora de coger bebés, todo sea dicho. Pregunté por el sexo del bebé, pues anteriormente, con el asunto de los dientes, no había podido distinguirlo.

Vi que era niña y las enfermeras me miraron como si hubiera pronunciado una tremenda barbaridad. Tuve que aclarar que, en principio, fisiológicamente parecía una niña, pero claro, eso no significaba que fuera tal cosa.