27 de octubre de 2015

El trineo

Recibía clases en una especie de nave abandonada en los márgenes de la costa. En uno de los recreos empezaba a caminar por las rocas de la playa. Cada vez quedaban menos rocas sobre las que caminar porque la marea iba subiendo. Tuve que acercarme hasta una zona hotelera, con playas artificiales y acantilados blancos que empezé a escalar, sintiendo vértigo y que me faltaba la respiración. En uno de los acantilados encontré un barco de juguete con una forma muy extraña, plana y alargada, era -por lo visto- un barco destinado a transportar verduras. Intenté ponerlo a flote y creo que lo conseguí en parte. 
Con el tiempo los acantilados blancos se convirtieron en una pista de nieve y pronto estuve diseñando un trineo para una competición donde en vez de bajar una ladera, había que subirla. Tomé medidas y puse muelles encima de unos esquíes para amortiguar los impactos. En el trineo coloqué algunos muñecos y algo de marihuana. A medida que el trineo fue ascendiendo por la ladera, este se fue deshaciendo y desmembrando, dejando tras de sí un rastro de grasa, como si en vez de un trineo fuera un bocadillo. Los muñecos quedaron bastante accidentados -uno perdió una pierna- y la marihuana fue desapareciendo. Cuando el trineo no avanzaba más, pusimos una bandera en la pista de nieve, para señalar su marca.

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