27 de junio de 2010

Cosas que se me pasan hoy por la cabeza sobre cosas de hace tiempo


¿Así que Velázquez y muchos grandes maestros utilizaban primitivos trucos de fotografía para llevar a cabo sus obras? La cámara clara, la cámara oscura, espejos... Cuando escuché aquella suposición, al parecer, refundada con hallazgos científicos que me parecieron creíbles, me recorrió un rubor en mi ánimo de artista en ciernes. En mi entorno, ya sólo copiar una fotografía para hacer un dibujo era una visible muestra de falta de talento, trampa o demérito. ¿Así cualquiera dibuja bien, no? Era duro creer que los grandes maestros que con distancia había venerado no eran tan grandes como los pintaban, sino que acudían a truquitos del photoshop de la época... ésto pensé en un principio pero bueno, me dije, ellos fueron y seguirán siendo grandes ¿qué hay de malo en servirse de los avances para conseguir mejores resultados? Que usaran estos trucos, al cabo, podría ser una muestra más de genialidad y afán de experimentación. Y en el caso opuesto, que copies una foto no quiere decir que lo vayas a hacer genial, podrás hacerlo bien, pero no creo que sólo limitándote a copiarla sea, como he dicho, genial. Copiarla te puede ayudar a tener cimientos más sólidos en cuanto a un encaje realista pero este encaje sólo satisfacerá a aquellos que busquen esa visión. Quizá hasta para una visión realista sea incluso insuficiente copiar la foto.

Siempre me he quejado de mis medios precarios para hacer arte en mi afán megalómano y en alguna ocasión me han dicho, para terminar de abatirme: imagínate que das tu teclado a un niño de África que ya te hace una sinfonía con una lata de fanta. Digo abatirme porque en el fondo, cuando escuchas estas palabras, te das cuenta que te quejas de que lo tienes todo pero luego uno se refugia en su ego y traza una defensa, en todo un alarde de retórica poco convincente pero pesada: un niño de África tendría otra sensibilidad a la hora de tocar un teclado electrónico, podrá hacerlo distinto, pero ni mejor ni peor. Además, su música explota al máximo sus posibilidades y quizá si el dichoso niño de África no deforma la lata para obtener un sonido más depurado es porque ha llegado a la conclusión de que ése y no otro es el mejor sonido. Al final el niño acabaría despreciando el teclado electrónico y volvería a su improvisado tambor. Sería, de todas formas, curioso escuchar a un niño de África tocar el teclado haciendo uso de lo más característico y valioso que tiene, el instinto natural de la música no modelado por ninguna escuela, o, en cualquier caso, por la escuela mágica y primitiva. Me viene a la cabeza, al hilo de esto, aquellos occidentales que han ejecutado un falso proceso de naturalización rompiendo costosísimos pianos en escenarios. Qué moderno. En conclusión: un teclado electrónico no le serviría de nada al niño de África porque un teclado electrónico está mejor pensado para una música de escuela. Ello no quita que el experimento pudiera ser curioso. Lo digo, y no hace falta, porque el teclado electrónico es una adaptación contemporánea de todo un legado de sabiduría musical desde orígenes remotos hasta nuestros días. No es fácil despreciar una cosa tan valiosa, pero viendo cómo tocan algunos occidentales (entre los que puedo llegar a incluirme en muchas ocasiones) pienso que este niño podría llegar más lejos con una lata de fanta, o los mismos occidentales con cualquier otro instrumento que no tuviera una escala tonal ordenada de izquierda a derecha. Pero claro, si entramos en esta tesitura mejor olvidarnos de la lata de fanta y sustituirla por el tronco de un árbol hueco. No, no, pero qué digo, eso nos podría llevar a un perfeccionamiento continuo del tambor hasta dar con una nueva escuela percusionista. El ejemplo ideal sería el de un niño africano con un palo golpeando la arena. Ya está. Luego podrían venir otros niños africanos a acompañarle y la cosa ganaría en riqueza pero no en sofisticación…


En mi caso, que por aquel entonces dibujaba, a veces recurría a truquitos que ocultaba ante mi público, pero a partir de saber que los grandes maestros eran unos tramposos decidí manifestarlo abiertamente. Era un consuelo que los grandes maestros hubieran evolucionado en la misma dirección que yo, a tientas, lo hice. Sin embargo ésto no me esperanzaba; yo no era ni el niño de África ni tan siquiera un aventajado dibujante académico, de modo que lo que tenía que hacer era encontrar un camino intermedio donde pudiera desarrollar al máximo mi arte. Mi error fue explotar demasiado los truquitos y caer en una depurada sofisticación técnica falta de sustancia o contenido. Puro artificio, vamos. Demasiados cimientos y poca arquitectura. Quizá algún día vuelva a empezar encontrándome más cerca del niño de África que de Miguel Ángel. Y es que ya me vale, siempre me pasa igual. Cuando tenía muchas ideas era torpe con el lápiz y cuando era, por fin, capaz de dibujar cualquier cosa con diestra facilidad, no me venía a la cabeza nada interesante. Entonces el dibujo se convertía en una sofisticada manualidad. En garabatos de teléfono pulcramente ejecutados. De modo que, basándome en esta experiencia, volví sobre la cuestión. ¿Es necesario, por así decir, tecnificarse? Supongo que la clave, en mi caso y puede que en otros similares, está en tecnificarse lo suficiente como para que esto sea un medio y no un fin. En el caso de los grandes maestros dejé claro que me parecía pertinente y en el caso de alquien que está aprendiendo, los agentes técnicos pueden ser un estímulo que le ayuden a crear cosas que, en un principio, no están a su alcance. Es lo de siempre. Una buena idea musical puede sonar bien con una lata de fanta, con un teclado electrónico, pero una mala idea musical no va a sonar bien con ninguna de las dos cosas. Mucha erudición no enseña comprensión. Dijo el gran Heráclito. Pero ah, ¿cómo distinguir una idea buena de otra mala? En ésto del arte uno hace lo que le da la gana hasta que deja de creer en lo que le da la gana hacer y hace otra cosa (siempre porque le da la gana). Concluí de tal manera: mis sofisticados garabatos podrían estar bien, pero ya no me inquietan. Era una vieja haciendo ganchillo.


El caso es que hoy, navegando, encontré ciertas cosas que de manera indirecta me han servido para esbozar esta idea de por qué dejé de dibujar


http://www.cracked.com/article_18386_7-mind-blowing-easter-eggs-hidden-in-famous-works-art.html


Aquí se dice, entre muchas otras cosas, que Miguel Ángel en realidad pintaba cerebros, colocaba la puerta de los infiernos delante de los sacerdotes o hacía música con la última cena. Ya no me coge de sorpresa. Con estas cosas tan bizarras de la ciencia especulativa (y un poco amarillista, para qué nos vamos a engañar) siempre tenemos la sensación de si nos están tomando el pelo o si nos están vendiendo el verdadero santo grial. Hay cosas probables y otras increíbles, pero también probables. Otras parecen auténticos disparates. Yo no voy a aclarar nada sobre lo que se dice en el vínculo; si falso, si verdadero… allá que cada cual piense lo que piense, que es lo bonito, como dicen los amantes del fútbol ante una jugada polémica.

Un amanecer artificial

24 de junio de 2010

Estancia donde los cuerpos van buscando cada cual su despoblador. Asaz amplio que permita buscar en vano. Asaz estrecho para que toda escapatoria sea vana. Es el interior de un cilindro rebajado cuyas medidas son cincuenta metros de circunferencia y dieciséis de altura por armonía. Luz. Su debilidad. Su amarillo. Su omnipresencia como si los casi ochenta mil centímetros cuadrados de superficie total emitieran cada uno su luz. El jadeo que lo agita. Se para de cuando en cuando como un suspiro en su fin. Todos se paran entonces. Su estancia va a terminar quizá. Al cabo de unos segundos todo reinicia.

[Beckett, Samuel. El despoblador].