23 de octubre de 2020

La Luna es La Tierra

Hace algunos días soñé que estaba durmiendo con mi novia y dirigía la vista al cielo, donde encontraba una luna de tamaño considerable. Pensaba en despertar a mi novia para que la contemplase, pero terminé por no hacerlo. A medida que me fijaba en el satélite, este iba aumentando aún más de tamaño y podía reconocer en él continentes, los mismos continentes o, por lo menos, muy parecidos a los que tenía La Tierra. Observaba mapas nuevos de La Tierra, con nuevas perspectivas. Así pues, La Luna era La Tierra.

Aunque parezca peregrino, alguien ha enunciado ya la teoría de que La Luna es en realidad un reflejo de La Tierra. Pese a que me cueste creer esta teoría, está visto que mi subconsciente debió asimilarla de alguna manera. 

21 de octubre de 2020

Revival de La gran evasión

Hoy nos ha dado por desempolvar La gran evasión, de finales del 2014 y principios del 2015. Nuestro primer álbum distribuido en las grandes plataformas, ni más ni menos.
Recuerdo bastantes oyentes y amigos con caras de perplejidad. No fue precisamente un trabajo con el que la gente se identificase y creo que parte de nuestra mala fama se debe a él. Recuerdo escribir a Maese y mandarle un mp3 con el single sin obtener respuesta. Nadie me dijo que aquello realmente no funcionaba, pero yo no descartaba esa opción.
Con la perspectiva del tiempo, he anotado mis impresiones en La Biblia, impresiones que quiero compartir aquí también con vosotros, a pesar de ser poco o nada interesantes:
 
[...]
 

El álbum cuenta con una producción ambiciosa de efectos de sonido más propios de un trabajo experimental y profundo que de lo que viene a ser una pachanga burlesca, lo cual despista bastante y no juega del todo en contra.

Composicionalmente La gran evasión está dominada por un piano que suena a caja de clavos, adornos de guitarras y violines de plástico, clarinetes y extraños sintes psicodélicos, metales rotos y chirriantes del Korg M1, los limitados samplers de baterías de entonces que la mayoría de las veces encajan mal, y unos bajos mal ecualizados con bastante poco que salvar.

Se aprecia la voluntad de hacer un álbum inspirado en la música en vivo pero que, en parte debido a la cuantificación, en parte debido a la latencia, concluye en un resultado extraño, poco orgánico y creíble. Muchas de las versiones abordadas eran piezas recurrentes en el repertorio de El autor del viaje de Antonio, y por ello se advierte en ellas cierta profundidad. Por momentos se respira el cariño del estudio y de algo de vida en el proceso, quizás fomentado por el descontrol de la mezcla o por la pasión que se volcó en las grabaciones.

En favor de La gran evasión queda la voluntad de narrar y de sorprender en cada cambio, de alcanzar cotas más altas que no se alcanzaron, además de divertir, factor que por lo menos vuelve atractivo el disco. Aunque no sea ni de lejos el álbum definitivo, es muy difícil no sonreír escuchando algunos pasajes y se cumple lo que un oyente dejó escrito en un comentario, con motivo de un trabajo distinto, eso sí:

No puedo evitar la sensación de, mientras escucho esta música, encontrarme en un circo o un parque de atracciones”.

30 de septiembre de 2020

Nadando por el Manzanares

 Me encontraba en un alfeizar tratando de subir, a pulso, una gran olla llena de aceite. Una antigua compañera de la facultad me advertía sobre lo difícil de aquella maniobra y los peligros de caer detrás de la olla al piso inferior. La olla acabó en el suelo y, el aceite derramado, hacía que bajar de aquella alta ventana fuera aún más difícil. Me prestaban una escalera, pero yo no sabía muy bien como colocarla. 

Estaba tratando de convencer a alguien que, en cierta ocasión, había ido nadando desde mi casa al centro de Madrid, empezando por tomar el Canal de Isabel II y llegando al río Manzanares. Hasta a mi mismo me parecía algo bastante improbable pero, al acudir a mi memoria, pude revivir un sueño anterior en el que, efectivamente, lograba aquella proeza. El resto del sueño lo pasaba intentando recordar el citado sueño anterior, cuestionando algunos pasajes y reinventando algunos detalles, como que mi casa estaba al lado de la costa, que tenía que atravesar presas y saltos de aguas y que, en el Manzanares, cogía una barca.

Asimismo, algunos tramos de aquel camino de agua los recuerdo bastante sucios y contaminados, cosa que me desagradaba tanto a mi como a las personas a las que trataba de convencer que había transitado aquel recorrido.

22 de septiembre de 2020

Bombones de guepardo

 Anoche me acercaba hasta la administración de lotería de un pueblo para cobrar un boleto que me había dado mi madre. Había bastante gente preparada para hacer cola en cuanto llegara el dependiente, pero por suerte yo había llegado el primero. 

Cuando el dependiente llegó, no tenía preparado el billete y la documentación necesaria, de modo que me hice a un lado y esperé a que una señora que iba detrás de mi fuera atendida. Dejé los papeles en la mesa y me distraje y, cuando el dependiente fue a atender a otra persona, le pregunté que qué pasaba conmigo, a lo que respondió que ya me había metido el dinero en el bolsillo. 

Tanteé un grueso fajo de billetes y no me atreví a contarlos en la administración, supuse que el importe era correcto. Pude ver que había billetes de muchos colores, algunos hasta amarillos de doscientos euros. 

Mi madre se encontraba en la playa con unos primos, y yo llegué justo a tiempo para despedirme de ellos. Les di dos besos a pesar de que no fuera muy indicado debido a la pandemia. También di el dinero a mi madre y la felicité por haber acertado con el boleto. Había comprado más de cien décimos de un solo boleto y, aunque no fuera el premio gordo, había tocado bastante, como es de verse. 

En un parque de atracciones buscaba la manera de subirme a una atracción en la que unas pequeñas motos daban vueltas por un circuito. En mi búsqueda infructuosa di con otra atracción donde había pequeños animales en jaulas llenas de paja. Unas niñas disfrazadas de princesas andaban jugando a un juego absurdo. También encontré otro circuito, pero con coches más grandes. Un pelotón de ciclistas corrían sin dejar espacios en otra atracción. Un perro con aspecto de bollo glaseado trataba de morderme, pero yo le sometía con relativa facilidad. 

En un país árabe, un guepardo lamía un sillón que estaba hecho con piel de guepardo. Pese a que no fuera muy ecológico, el dueño de aquella suerte de palacio tenía pensado forrarlo todo, absolutamente todo, con piel de guepardo. En una mesa recuerdo que había unos bombones de guepardo también.