9 de abril de 2020

La coronaboda


Anoche soñé que un padre grababa un vídeo tocando el bajo con su hijo. El bajo del hijo era una especie de sampler, y pulsando las cuerdas se reproducía música pregrabada. Pensaba que con este ingenio el hijo tendría menos presión a la hora de tocar, dada la gran cantidad de trabajo a la que eran sometidos los niños prodigio. El niño comenzaba a tocar la pieza enchufando el bajo y, antes de enchufarlo, pasaba la clavija por las cuerdas, reproduciendo los samplers. 

Me asomaba a la ventana y veía en la casa del vecino un grupo de trabajadores con sudaderas blancas y logos azules del año dos mil introduciendo por el garaje montones de tierra. Pensé que alguno de mis vecinos había muerto a causa del coronavirus, y ante la falta de lápidas lo iban a enterrar en el jardín, sin embargo, la cosa no era así.
Uno de los trabajadores, que resultaban ser miembros de alguna secta religiosa y no parecían tomar muchas precauciones con la pandemia, llamó a nuestra puerta y nos dijo que los vecinos iban a celebrar una boda, para lo cual necesitaban que estuviéramos festejando en el balcón. Yo traté de cerrar las contraventanas para que no me molestaran, pero estas estaban desvencijadas y el viento las volvía abrir. Los vecinos estaban tratando por todos los medios de que alguna princesa o alguien importante acudiera al evento, pero esto era difícil, especialmente con la crisis sanitaria. 

Veía en las noticias la boda. Los novios conducían un descapotable y en el maletero, abierto y lleno de flores, viajaban dos niños, uno de los cuales se aproximaba a un peligroso insecto, similar a un escarabajo verde, que se encontraba en la flor de una orquídea. Los periodistas criticaban la boda por el riesgo que estaba corriendo el infante.

27 de marzo de 2020

Discusión política


En el sueño de anoche me encontraba en el rellano de la escalera de mi antigua casa. Pablo Iglesias y Pedro Sánchez estaban discutiendo. Tras aquel desencuentro, se pusieron a hacer mi cama. Quise fotografiarlos sin que lo advirtieran para informar a mis contactos de tan insólito acontecimiento. En cierto modo, que los dos políticos trabajasen en una misma obra resultaba algo tranquilizador, o eso quería pensar.
Hablaba con mi madre de la difícil situación política que atravesaba el país y mi madre decía que mi padre quería meter a mi hermano en el gobierno, quizá como embajador de Italia. Yo preguntaba si no sabiendo italiano era eso posible, si con saber inglés bastaba. No era un buen momento para aprovecharse de las instituciones, pero en un futuro esta designación podría ser viable. Había que permanecer a la espera de cómo se desarrollase la crisis sanitaria.
Mi padre estaba desinfectando un baño que se comunicaba con otro baño, en el que yo me encontraba y veía pelusas yéndose por el desagüe.

22 de marzo de 2020

La tabla de surf


Soñé anoche que realizaba con mi hermano un viaje a la costa. Nos alojábamos en un hotel antiguo, con oscuros patios de luces y pasillos idénticos, puertas de madera. Fuimos a la playa y teníamos intención de visitar un puerto de aguas verdosas. Llevábamos con nosotros una tabla de surf para bañarnos. 

En la playa había un hotel, o un restaurante que era también una suerte de barco. El director de aquel alojamiento, trajeado, nos informaba que, si pretendíamos llevar la tabla de surf de vuelta a nuestro alojamiento, debíamos de recurrir a los servicios del hotel barco. Pensé que era algo inusual que el propio director del alojamiento llevara a cabo personalmente aquella tarea. También me pregunté si no sería posible esquivar aquel engorroso trámite, pero opté por ser legal.
Mi hermano y yo llegamos hasta una suerte de tienda y allí un empleado se ocupó de embalar cuidadosamente la tabla de surf, para lo cual, hubo de desmontarla primero. Yo le ayudé a poner cinta adhesiva y papel de burbujas, labor complicada y que no tuvo muy buen resultado. Pregunté a los empleados si aquello iba a acarrear un alto coste, a lo que una compañera del dependiente que estaba embalando me reveló que los empleados de aquella tienda cobraban seis euros la hora. Traté de calcular cuanto me correspondería pagar por el servicio, pues la cifra que me habían facilitado era de lo que se componía su sueldo, pero yo no tenía por qué pagarlo íntegro. Me pareció un sueldo bastante bajo, de otro lado. 

Esperaba que mi hermano llegara al paseo marítimo, una vez hubimos dejado la tabla en la tienda, y desde allí pude ver un comedor del hotel, que en aquel momento se encontraba ocupado por la tripulación, vestida como si fueran pilotos de avión. Volvíamos a nuestra habitación y yo trataba de recordar el camino hasta ella. Antes de emprender la marcha, me asaltó la duda de si habíamos hecho bien en dejar la tabla en la tienda, pues lo mismo habíamos iniciado el trámite para venderla, siendo nuestro beneficio, irrisorio comparado con el que la tienda iba a obtener. Al margen de esto, como dije, solo queríamos traerla con nosotros.