10 de diciembre de 2018

Opus 900

Gypsy time es nuestro track novecientos. 171 días han pasado desde la publicación del track número 800, Viajar en globo. Actualmente estamos trabajando en el volumen 97, Cleptopatra. Alcanzaremos, en un tiempo, el track mil y el volumen 100. Tela marinera.

Reseñas Galaxia

En nuestro impopular canal de Youtube hemos recibido dos nuevos comentarios en el track Galaxia

Rudra Mazumder: Very relaxing.
Azi: Beautiful and perfect. keep it up.
One day soon, I hope to lift open sourced developers like you out of the grave that I know so closely.

4 de diciembre de 2018

Sociedades de derechos

Hace bastantes años, la música de la orquesta empezó a aparecer en un programa de radio en Grecia. Nuestra música, por aquel entonces, estaba registrada bajo licencia CC que mostraba, para su uso, el único requisito de la atribución. En suma, dirigimos una autorización firmada a la dirección de la radio, para que no hubiera ningún problema con los contenidos. Huelga decir que la radio cumplió con la atribución y cualquier otro requisito legal recogido en aquella licencia.
Años después, la radio nos informó que había dos sociedades de derechos griegas (AEPI y GEA), exigiendo una retribución a la radio, dado que, según ellos, representaban artistas de todo el planeta. Por descontado, Orquesta Arrecife no ha tenido nunca ningún contacto con estas sociedades, nuestra música no está en su catálogo y, como resulta evidente, jamás hemos recibido ni un solo céntimo por los derechos que supuestamente gestionan. 
Ha sido en esta semana cuando la radio nos ha vuelto a informar que, en una actualización de la Ley de propiedad intelectual griega, el gobierno va a autorizar a determinadas sociedades recolectar ganancias de las licencias CC hasta con cinco años con carácter retroactivo.   

Coincidiendo con estas noticias, de pura casualidad, nos hemos enterado que hay al menos una sociedad de autores norteamericana (ASCAP) percibiendo regalías en YouTube por el uso de nuestra música. 

Este desagradable asunto merece ser denunciado. Trataremos de resolverlo en la medida que nos sea posible. 




2 de diciembre de 2018

Oumuamua: El sr. Mojón

Andábamos en busca de la carátula para nuestro álbum nº 97 y pensamos en dedicarlo al famoso asteroide Oumuamua (a posteriori considerado cometa) que hace no tanto visitó nuestro sistema solar. 

A medida que avanzábamos en el diseño no pudimos evitar relacionarlo con el advenimiento del sr. Mojón, de la serie South Park.
Dado lo escatológico y lo transgresor de la carátula, nos pareció que se salía un poco de la línea habitual arrecife, de modo que ahí queda, como una simple mención de honor de lo que pudo ser pero no será.

27 de noviembre de 2018

El periódico viejo


Estaba en el colegio. Nos daba clase una profesora, a mí y a algunas señoras mayores. Una de las señoras mayores me enseñaba un cuadro que había pintado su hijo pequeño. El cuadro era una vista de una urbanización en el ocaso y un pájaro la sobrevolaba, pero el pájaro (negro) no estaba bien dibujado, y se iba a convertir en una langosta (roja). Observé el cuadro detenidamente y formulé una crítica. Me gustaba la idea de la langosta, posiblemente la figura quedase bien perfilada en una segunda sesión. El manejo de los colores, para un niño, era impecable, y le confesé a la madre que ya me gustaría a mí, siendo estudiante de Bellas Artes, trabajar la paleta con aquella soltura. Un momento, ¿estudiante? Si yo era licenciado, ¿hacía cuánto me había licenciado, uno, dos años? No lograba adivinar la palabra "licenciado". Sentí una tremenda responsabilidad pensando eso e intenté averiguar con qué material había sido pintada la obra. ¿Cera, óleo, acrílico? Resultaba ser esto último. Lo adiviné gracias a un pegote de pintura fresca amarilla, que de inmediato toqué con el dedo y mostré a la madre, quien había intentado ayudarme en mis pesquisas alegando que aquello era un lienzo, cosa del todo innecesaria, pues saltaba a la vista.

Empecé a desbaratar la clase, que era de música. Nos habían encargado unos ejercicios en los que teníamos que adivinar el nombre de algunas notas y terminar de dibujar algunas claves esbozadas, entre otros asuntos. El papel de los ejercicios era reciclado. Yo le dije a la profesora que aquello era muy fácil, pero lo cierto es que no conseguí resolver bien aquellos ejercicios cuando la profesora, personalmente, me pidió que lo hiciera. Parecían mal planteados. La profesora y yo empezamos a leer un periódico viejo y encontramos, entre sus páginas oscuras, semanarios de un color rosa bastante llamativo. En el periódico de la profesora había lo menos cinco de estos, y me dijo que los repartiera entre mis compañeros que no tenían. Pregunté quien no tenía semanario, y algunos compañeros levantaron la mano, de modo que fui lanzándoselos. El último compañero al que se lo lancé, armó mucho alboroto al recogerlo, pues quedaba bastante lejos de mí y la entrega no había sido del todo perfecta. La profesora me lo recriminó y yo pretexté que, al quedar tan lejos mi compañero de mi mesa, no le veía con mucha nitidez, cosa cierta en virtud de mi miopía. En cualquier caso, no debían lanzarse aquellos semanarios rosas, y la profesora me advertía. Yo adivinaba que la profesora estaba, en parte, aprovechando mi mal comportamiento para evadirse de dar clase. 

Un compañero me ayudaba a recoger rápido las cosas, pues era ya hora del recreo. Entre estas cosas, había una caja de donuts que no sabía si estaban en buen estado. Le dije al compañero que en el fondo nunca había sido un buen pintor, pero sí un buen dibujante. Mi compañero me miraba entonces un poco desconfiado, acaso pensaba que era mejor dibujante que yo, o acaso pensaba que mis dibujos no eran demasiado buenos. Intenté recordar su obra y la mía, sin conseguirlo. Fuera como fuese, le comuniqué que yo ya no era un buen dibujante, que me dedicaba más bien a la música, terreno donde no era un gran virtuoso, pero en el que disfrutaba bastante. Mi compañero empezó entonces a justificarse, refiriéndome que él también había abandonado el dibujo, problemas con su familia, qué sé yo… el caso es que teníamos que marcharnos lo antes posible, para que la siguiente clase pudiera empezar.

En un periódico vi una especie de reseña de un concierto que habían dado mis compañeros de la facultad sin mí. Me sorprendió bastante, pues creía el grupo extinto, y sentí algo de envidia. Mis compañeros siempre me consideraron muy independiente, llegué a aprobar aquella reunión, pues en un pasado me fue sugerida, pero jamás, a decir verdad, pensé que se llevaría a cabo. Recordé un ensayo con una orquesta en el que utilicé un acorde arpegiado distinto al que debía ser. A todos les pareció adecuado, pero yo les confesé que estaba “enriquecido”. Esto demostraba que no tenían mucha idea de música, o que la percepción es, cuanto menos, engañosa. 

Dormía boca abajo y era temprano. Tenía abrazado un peluche de Donald que además llevaba un reloj en su tripa. Era un peluche de mi infancia y me sentía bien abrazándolo. Mi padre se despertó y me arropó, a pesar de que hiciera calor en la casa. Había llegado mi tío y mi padre quería que me levantara a saludarle, pero yo tenía demasiado sueño. Oí a mi madre protestar, precisamente, por la llegada de mi tío.

24 de noviembre de 2018

Reseña Galaxia

En SoundCloud, Fujinygma nos dejó este comentario a cerca de nuestro hit Galaxia:

"This is such a beautiful song... very complex and emotionally evocative".

21 de noviembre de 2018

La misa del rinoceronte

Estaba viendo un documental sobre una compositora japonesa en la televisión. La compositora tocaba el piano electrónico en una playa mientras explicaba particularidades y motivos de su trabajo. Pronto me encontraba yo mismo grabando aquel documental con una videocámara, y tenía que acercarme a los altavoces del piano para conseguir apreciar la música. La playa se llenaba de lápidas, la música se volvía emotiva y yo me emocionaba. 

Tenía por entonces un todoterreno con el que había llegado a aquella costa, y, de repente, me había convertido yo en el compositor. La policía vino a preguntar qué hacía allí y yo expliqué a la pareja de agentes que no estaba pidiendo limosna, sino simplemente componiendo, a fin de que no me multaran. Les mostré ufano mi espacio de trabajo, libre de recipitientes con los que recoger monedas. Numeros curiosos empezaron a acercarse. Resultaba que dentro de uno o dos días era el cumpleaños de un sobrino de uno de los agentes, y yo le propuse componer un tema como regalo, tomándome la libertad de preguntar cual era la canción favorita de su sobrino. El agente me dió un título bastante extraño, pero resultaba ser algo que se había convertido en viral gracias a internet. Anoté el título de la canción en un papel de fumar y esperé a que un buscador automático se conectara a la red y me mostrase los resultados. Tuve que quitar algunas hebras de tabaco del papel y la búsqueda llevó su tiempo. Entretanto, temí que los agentes se marcharan antes que pudiera localizar aquel material. La canción (que todavía no existe en el mundo real) era autoría de un cantante africano. Se trataba de una melodía alegre y colorida, trataba de algo así como de calamares, estaba en modo mayor, cosa que resalté, pues así sería más fácil mezclarla con la canción del cumpleaños feliz. Cuando describí el modo, huelga decir, ni los agentes ni los curiosos me entendieron.
Los agentes me mostraron unas instantáneas de una catedral, en la que había grandes esculturas de mármol verde y se me veía corriendo con algunos compañeros del colegio, en lo que se supone era una visita. A pesar de que corriera, explicaba a los agentes que no estaba haciendo nada ilegal. Allí, en la catedral, un rinoceronte oficiaba una misa africana, invitando a ella a una pareja que representase todas las especies del continente. Había un problema en situar los peces al lado de los gusanos y las lombrices, pues los primeros tendían a engullirlas. 
Tras tomar nota, los guardias desaparecieron y yo encontré en el suelo una especie de placas con forma de llavero con mi nombre. Lo mismo servían para aparcar o algo así, debían ser un obsequio de los guardias. Descubrí también que mi cartera pesaba una barbaridad. Sin que les hubiera dejado las llaves del todoterreno, los guardias lo habían trasladado hasta una zona próxima, seguramente con grúa. Debía ponerme cuanto antes con la canción del sobrino.

Era de noche y observaba el cielo, pues nos habían avisado sobre un objeto que sería visible. El objeto estaba muy fragmentado, apenas se distinguía, y salía y entraba de la atmósfera para finalmente perderse en el espacio. Yo estaba en medio de una conversación en internet, usando un sistema de mensajería, y escribía algunos números y algunas letras, en un mensaje. Eran dos líneas de texto:

(Cifra de 6 dígitos que no recuerdo con algún 7) T
10(elevado a 8).000.000 S

Ignoro cual era su significado, o qué representaban. El 10(elevado a 8).000.000 era algo así como la velocidad de transimisión y lo que estaba representado bajo la sigla T era algo así como el valor real, que era bastante poco elevado. Alguno de mis amigos pensó que eran códigos de criptomonedas, y entonces él compartió los suyos a fin de tenernos al tanto de sus intercambios. Yo encontré bastante absurdo todo aquel asunto de las inversiones, y pensé que lo único que hacíamos era simplemente reflejar aquellas operaciones sin tener verdadera noción de su valor o resultado.

El ejército estaba investigando el suceso de aquel cuerpo celeste. Esto debía de estar viéndolo en las noticias. Un oficial se internaba en un submarino a través de una escotilla bastante gruesa. El ejército de EE.UU. y el ruso o alemán, a pesar de sus diferencias y de guardar celosamente su información, habían decidido compartir un archivo de 16 Kb para preservarse de amenazas exteriores. Es decir, de ataques que no provenieran de habitantes de nuestro planeta. El submarino se sumergía atravesando filas ordenadas de peces naranjas hasta llegar a una especie de ruinas sumergidas, donde los peces naranjas se convertían en grandes puertas correderas naranjas que se abrían y cerraban como si fuera aquello un videojuego de plataformas.

20 de noviembre de 2018

Elefantes en el Corte Inglés

Iba al Corte Inglés con unos amigos, con la intención de visitar la sección de juguetes. Pasábamos por el departamento de electrónica, en la primera planta, donde había un montón de televisores, algunos de ellos realmente voluminosos. Un amigo me decía que él tenía un televisor, pero que veía mal las imágenes en movimiento. Le comenté que yo había tenido un problema similar con mi monitor, y que lo solucioné mediante los ajustes de configuración. Se suponía que ahora los televisores estaban preparados para todo.
El Corte Inglés tenía cinco plantas, a las que se accedía mediante unas escaleras mecánicas. Íbamos tocando el trombón conforme las escaleras ascendían. En el piso cuarto, seguimos subiendo hasta el quinto, donde descubrimos un pequeño descansillo y una puerta entornada. Quisimos atravesarla, lo mismo visitábamos la azotea, pero un señor con traje, abrigo largo y bombín, nos venía siguiendo, de modo que simulamos habernos confundido y bajamos a la planta cuarta.
En la planta cuarta, había una inmensa fila de cajas, era una suerte de gran sección de bricolaje, y el señor nos informó que en el último piso (cuyo acceso seguramente estaba prohibido) estaban los elefantes. Finalmente, llegamos a la planta quinta, donde encontramos una suerte de despacho con cristaleras, un coche aparcado y varias obras de arte. Era posible que el despacho se elevase mediante globos aerostáticos y también los toldos del centro comercial funcionasen a modo de velas.

Me tumbé en el jardín de mi casa, el césped estaba húmedo, y descubrí que tenía los labios secos y agrietados. Cuando empecé a despellejármelos, advertí que unos gorriones que merodeaban por ahí iban directos a picotear los restos de mis labios. Quedaba claro que en invierno, la supervivencia era difícil.
Estudiaba un guión que me habían dado para una función teatral de Navidad, en el papel de san José. Me habían indicado que debía mostrarme malhumorado. Habría un primer acto en una sala de un colegio y un segundo acto que recrearía un incendio. En el desenlace de la obra, la virgen María nos salvaría a todos gracias a los elefantes, que mientras volaban en globos aerostáticos, echarían agua de sus trompas.