24 de noviembre de 2010

Fe de errores. Japonesas y Moratinos.

Excusatio non petita, accusatio non manifesta

En la Edad Media se acuñó esta máxima que he transcrito para referirse a que quien se excusa, se acusa. A mí nadie me ha acusado de nada pero yo insisto en excusarme. De esta manera, me acuso y me considero culpable.

Hace ya tiempo que me dedico a verter de forma ciertamente apasionada opiniones desordenadas en este espacio más o menos literario, arremetiendo en ocasiones contra algunas formas de pensamiento e, incluso, contra algunos personajes públicos. No voy a enumerar los casos concretos pues sería una labor de archivo completamente extenuante. No creo, en suma, que a estos personajes les vaya a parecer mal que alguien como yo, es decir, nadie, diga lo que le de la santa gana en medio de un desierto virtual. Ellos deberían de aplicar, si no lo hacen, el que hablen de mí, aunque sea para mal. Si no piensan así, quiero tenderles ahora mismo la mano y si piensan así, pues también, que el gesto nunca está de más.

Reconozco que en ocasiones hago poco uso de la humildad y que para lo único que soy demasiado original es para incurrir en errores ortográficos. Reconozco también que me sirvo de la batidora para vertebrar mis artículos y que esto desemboca frecuentemente en una generación de ruido y confusión. No puedo excusarme en que no pretendo escribir La divina comedia pues, desde que empecé a escribir, lo hice con motivo de tratar de llevarlo a cabo de la mejor forma posible, con corrección, sinceridad, respeto... hacia la figura del lector, justificación última de la labor comunicativa en la que me veo envuelto día tras día, labor en la que creo y en la que persisto tozudamente, aun sin suficiente cultura, talento o inventiva. En efecto, pensarán, no hay cosa peor que alguien que pone todo su empeño en un asunto para el que no está intelectualmente capacitado y esta dedicación sólo le acarrea, para colmo, algún que otro disgusto.

Después de la necesaria expiación de culpas, después del obligado paso por el reclinatorio, me dispongo a tratar el tema de hoy titulado Fe de errores. De vez en cuando la prensa nacional recoge declaraciones polémicas de personajes públicos. No quiero juzgar aquí el papel de los periodistas, si recogen las declaraciones porque realmente creen en unos nobles principios profesionales o si lo hacen espoleados por un amarillismo realmente insultante y vergonzoso. Esto sería tema aparte. Lo que pretendo torpemente es centrar nuestra atención sobre dos declaraciones; de un lado la de Sánchez Dragó acerca de ciertas jóvenes niponas (suceso autobiográfico) y de otro la de Pérez Reverte acerca del ex ministro de asuntos exteriores. Los dos, por supuesto, están encantados con la repercusión que han tenido en el share nacional, algo que sin duda aumentará las ganancias procedentes de los derechos de sus obras. Como dije antes, ellos deben de estar suscritos al que hablen de mí, aunque sea para mal. A mí, personalmente, los dos me parecen magníficos escritores y sus desafortunadas declaraciones me traen un poco sin cuidado pero he decidido seguir la línea informativa por ver dónde paran todas estas cosas al cabo del tiempo.

Dragó explica convenientemente el asunto japonés en su blog, se disculpa y se defiende. A veces es un poco jesuítico y, por lo que he podido entender, mantiene su postura fabuladora y bohemia frente a la estrechez, el encorsetamiento... de la realidad política. Parece como si Dragó estuviera crucificado, sumergido en un profundo éxtasis místico, mientras los romanos del PSOE le clavan la lanza en el costado. El pueblo llano, por su parte, le dedica comentarios poco amigables en los que la palabra pederasta es la más cariñosa.

De su parte, Pérez Reverte, en su fe de errores sobre el asunto Moratinos, reivindica su postura bravucona y alega que a los ministerios se viene ya llorado de casa lo cual ha llevado a algunos a caricaturizarle del siguiente modo:

Pérez Reverte no escribe libros. Los libros se escriben solos y ponen a Pérez Reverte como autor porque le tienen miedo.
Pérez Reverte llamó al servicio técnico de Telefónica y solucionó el problema...

Siento ahora -es una especie de rigor académico- que debería hacer conclusión de todo este asunto pero la verdad es que una conclusión sobre este asunto me preocupa menos que los niveles de THC de mi organismo. Todas estas declaraciones vienen a ser, al final, como gotas de lluvia. Uno puede poner un vaso para tratar infructuosamente de recogerlas y beberlas todas pero es sin duda mucho mejor paladear un buen vino mientras se deleita con el compás de la lluvia. Ahora que llega el invierno recomiendo esta práctica, ésta, y la de corregirse de vez en cuando. Aunque ya saben, más sabio que disculparse es no cometer errores.

22 de noviembre de 2010

Los extraterrestres existen, somos nosotros

Como todos saben dentro del vegetarianismo hay varios niveles más o menos radicales. Unos no comen pescado; otros no comen pescado ni carne; otros no comen ni pescado, ni carne, ni huevos; otros no comen ni pescado, ni carne, ni huevos, ni leche... hace 40.000 años los hombres se alimentaban de raíces, legumbres, bayas y de cualquier animal que pudieran cazar. Bien, dicen los vegetarianos, vamos a evolucionar y a no ser tan primitivos, que ya está bien, que los animales también tienen sentimientos. No se ofendan; relativo a lo personal, me desagrada profundamente el trato que reciben algunos animales estabulados pero me niego a eliminar la carne de mi dieta. Sí, soy un animal. Si no comiera animales, sería lógico también que no comiera plantas. También las plantas tienen sentimientos, ¿no? Alguien podría alegar aquí que las plantas carecen de sistema nervioso y que es perfectamente lícito comerlas o, cuanto menos, comer sus frutos, que para eso están. Yo creo que sobre esta cuestión lo ideal sería que pudiéramos alimentarnos a partir de nuestros propios excrementos, así no haríamos daño a nada y a nadie. No es una barbaridad, creo que las agencias espaciales llegaron a estudiar métodos de reciclaje para la orina. Algunos ascetas también han vivido a base de eso durante largas temporadas... el caso es que un animal que tenga la posibilidad de obtener nutrientes a partir de mi muerte no va a pensar mucho en la posibilidad de ser vegetariano. Esto justifica a uno, en un momento dado, aunque sepa que no es suficiente. Dentro de los carnívoros también hay niveles; están los que sólo comen carne proveniente de establos ecológicos, están quienes no les importa las condiciones de sus alimentos aun a costa de su salud... así hasta llegar a los que no les importa comer a sus semejantes incluso si tiene que matarlos previamente.

Vengo a decir que es justo que uno se enorgullezca de su humana condición a la vista de una colección fasciculada de grandes clásicos de la literatura universal, pero también es justo que no espere demasiado de su especie, al final, un atajo de animales. Con esto no estoy posicionándome a favor de todas las atrocidades del ser humano cometidas a lo largo de la historia, sólo digo que, cuanto menos, no nos deberían extrañar teniendo en cuenta que ya hace 40.000 años aplastábamos cráneos con piedras. Las piedras se convirtieron en lanzas, las lanzas en espadas, las espadas en armas de fuego... Y si en el fondo somos sociales hasta tal punto de contar con complejas estructuras lingüísticas para expresar asuntos metafísicos es porque nos ha sido más útil para sobrevivir. Lo que quiero expresar, en cuentas resumidas, es que está muy bien que tratemos de ser menos animales pero que en el fondo éso es lo que somos y, dado que muchos de nosotros tenemos conciencia moral, tenemos que aprender a vivir con un sinfín de contradicciones entre lo que debería ser y lo que es la realidad. Filósofos como Schopenhauer ya hablaban de lo trágica que resulta la voluntad de vivir, ajena a planteamientos morales. En cuanto al asunto del vegetarianismo creo que sí, que efectivamente los vegetarianos son más humanos y menos animales. Los vegetarianos no hacen otra cosa sino tratar de reducir el mal que infringimos al mundo, que no es poco. Está claro que para llevar a cabo esta misión pueden emprenderse otros caminos. Por eso precisamente, por ser un poco vegetariano aunque coma carne, escribo de vez en cuando ciertas cosas en vez de... bueno, otras que no voy a nombrar.

Como sabrán quienes han leído la entrada anterior iba a aclarar por qué creo que los extraterrestres somos nosotros mismos. Es algo que tiene poco que ver con toda la parrafada anterior de modo que me disculpo por la licencia.

La foto es de la ciudad de Tokio y está tomada por un tal Don Pettit, por supuesto que astronauta y suponemos que francés. A la vista de la imagen no resulta extraño pensar que somos extraterrestres o lo que es lo mismo; si ésta fuera la primera imagen que nos lleváramos de nuestro planeta no nos parecería nada humana y no porque hablemos de Tokio, que también puede ser. Aprovecho ya, sobre el tema de las luces, para recomendaros un blog sobre contaminación lumínica ciertamente interesante que he añadido a la lista de blogs que sigo y que además he titulado así: blogs que sigo. Sus autores deben ser un grupillo de astrónomos hippies bastante majos. No les conozco. (risas) No, es broma, muy bien el blog, ¿eh? (Buenafuente) Dense una vuelta, dense una vuelta. Bueno, no está mal, vamos a seguir. (Se frota las manos).

Supongamos que los marcianos somos nosotros y después de atravesar la exosfera y el resto de capas atmosféricas nos vamos acercando poco a poco a esas luces clavadas en la corteza del planeta. ¿Será algún nuevo material?, ¿no desprenden acaso esas luces un brillo demasiado tóxico? Bien, llevamos trajes espaciales preparados contra toda clase de radiación cósmica. Todos estos planteamientos nos asaltan conforme nuestra nave se va aproximando y aterriza en la acera de una calle cualquiera. De repente, una luz intensa a través de un anuncio tintado atrae nuestra atención. Vemos lo siguiente:

(Música de tensión típica de los thrillers)

¿Qué diablos vemos aquí? ¿acaso hay imagen más marciana? A mí, personalmente, me parece más marciana que la portada de la película Avatar. No creo que eso que está en la foto esté vivo. Me remite a una especie de futuro lleno de clones, robots-humanoides o alienígenas perversos.
No hay duda de que si hubiéramos llegado como extraterrestres a nuestro propio planeta estaríamos aterrados. Como el experimento puede resultar costoso; trasladarse, nacer en otro planeta y demás, les invito a hacer lo siguiente: apaguen la televisión durante un mes. Pasado ese mes vuelvan a encenderla y vean el primer anuncio publicitario que salga en pantalla. Su sensación de extrañeza aumentará cuanto más extiendan en el tiempo este apagado y cuanto más corto sea el visionado del anuncio publicitario. Pasados los cinco años sin ver televisión se preguntarán: ¿televisión? y la sola palabra les remitirá a una de esas filmaciones con saltos en el tiempo en sus guiones, tele-transporte, tele-tienda, tele-novela o tele-le.

Volvamos ahora sobre nuestra historia de ciencia ficción. Después de ver aquella imagen, aterrados por completo, echamos a correr por la calle comercial sin dejar de mirar atrás, sin quitar la vista de ese cartel terrorífico, no le vaya a dar por moverse. Dado ésto, que mirábamos atrás, nos damos de bruces con un escaparate. En el suelo, sentados, nos frotamos la cabeza y vemos lo siguiente.

A ver quién le explica a un marciano qué es todo ésto. Si quisiéramos hacerlo tendríamos que remontarnos a una perorata sempiterna que abarcaría desde los orígenes de la actividad mercantil hasta los hábitos reproductivos de la especie humana.

Ya han llegado los alienígenas para arrasar nuestra civilización, somos nosotros.

Los extraterrestres existen

Todos sabemos que el universo es bastante grande aunque la palabra tenga sólo ocho letras. Conservo en mi biblioteca un tomo, El universo desbocado, una especie de divulgación de la teoría de la relatividad para personas no muy científicas. Leyendo estas cosas uno siempre tiene la sensación de que está perdiendo el tiempo pues dentro de un rato puede que una nueva teoría de al traste con todo cuanto nos parecía cierto y fiable. Con El universo desbocado en la mano como si fuera la Biblia o la Constitución uno no puede decir tranquilamente que el universo sea bastante grande sino que el universo es relativamente grande. Otra cosa que se puede decir, también con cierto criterio, es que el tamaño del universo se desconoce. Volviendo a la teoría de la relatividad lo justo sería señalar que el universo es finito, pero ilimitado. Si esto no nos saca de dudas iremos al dato concreto: en la publicación Misconceptions about the Big Bang, lo que llamamos universo visible alcanza un diámetro de unos 93.000 millones de años luz. Yo no sé en base a qué se harán estos cálculos astronómicos de la misma manera que nunca he sabido cómo se puede medir la densidad de la masa del núcleo de Saturno, por ejemplo. Uno anota el resultado como quien copia un ejercicio de matemáticas sin haberlo entendido.

En relación con la distancia que hay de mi cuarto al cuarto de baño el universo visible resulta ser bastante grande, sí, pero esa misma distancia para un electrón que esté en mi cuarto es todo un universo. Menos mal que los electrones no necesitan ir al baño. Con este pensamiento tan relativo se puede deducir que las leyes antropocéntricas sólo nos sirven a nosotros y que nuestros métodos estimativos son, al fin, de andar por casa. Uno siente vértigo ante la magnitud de lo desconocido, ante lo que el hombre no puede dar por inequívoco, y quizá por ello uno acaba haciendo una reducción bastante interesante. Esta reducción consiste en hacer un planteamiento tipo:

El universo es inabarcable;
si yo soy el universo, el universo empieza y termina conmigo
luego el universo es abarcable

Aunque así expresado parezca lógicamente falaz, alguien puede creer con facilidad que todo cuanto conoce es solamente todo cuanto puede decir que realmente es. Es más, argumenta: ¿cómo voy a conocer algo que no es? pero como ya adivinarán este antropocentrismo tipo sólo sirve para andar por casa. Lo que hay pasados esos 93.000 millones de años luz para este antropocentrista no existe. Esto no es muy grave. Sí lo sería si el límite de su universo fuera de su cuarto al cuarto de baño ¿no? Bueno, esto dijimos antes que era relativo de modo que no resulta tampoco grave. Pero sigamos adelante; tampoco para él existe el pasado remoto ni el futuro lejano. Él ni estuvo ni estará con lo que su universo, el único universo posible, o no existía o ya habrá terminado. Adviértase que la muerte no le preocupa pues una vez muerto no tendrá un sistema pensante para hacer consciente ningún tipo de temor. El resto de los humanos sí le preocupan, aunque a primera vista podamos pensar que no, al fin, son parte de su universo. Lo que no le preocupan son los esquimales mientras no los vea en las noticias o no vaya al polo norte a visitarlos...

A nadie se le escapa que estos esquimales existen, aunque no los conozca; que su universo se debe a las leyes de otros universos distintos al suyo y que, aun dentro de su propio universo, no puede aspirar a conocerlo todo; esto es porque su universo está en continua expansión y, aun en el caso de que quede recluido en un armario, puede dormirse y soñar, por poner, con un elefante alado.

Nadie ha visto un extraterrestre. Bueno, esto puede ser mentira y más si tenemos en cuenta ciertas declaraciones. Digamos mejor que nadie puede demostrar fehacientemente que los extraterrestres existen pero en 93.000 millones de años luz resulta cuanto menos presuntuoso pensar que estamos solos en el universo. Dicho de otro modo: nadie puede demostrar que los extraterrestre no existen. Si decimos que los extraterrestres no existen seríamos al final como el antropocentrista que no considera la existencia de esquimales. Pero bueno, dirán ustedes, a lomos de estas afirmaciones por el mismo procedimiento también puede resultar presuntuoso decir que los gamusinos no existen... y es que, en efecto, de lo que no es se pueden desprender todo tipo de afirmaciones. Cuando titulé la entrada, me propuse hablar de la existencia de los extraterrestres y no de los gamusinos de modo que espero que entiendan que deje esta última cuestión sin resolver. Además, cuando titulé la entrada no tenía pensado hablar sobre temas científicos sino simplemente dejar claro que los extraterrestres existen.

Los extraterrestres existen, yo los he visto, somos nosotros. Tendré a bien explicarme en la siguiente entrega, tanto o más entretenida que la presente.

14 de noviembre de 2010

Adiós

Sombras

Esta es la historia de la paloma solitaria que emprendió el vuelo hacia la metamorfosis de una flor. La foto primera es la firma del artista japonés y la historia se lee de abajo a arriba.

Poética del vuelo de una paloma. Pieza para seis manos, un flexo, una pared de ladrillo y una cámara de fotos.

13 de noviembre de 2010

Columna seca

En la estación de Príncipe Pío (España, Madrid) atrajo nuestra atención el cartel que he digitalizado y que pueden ver en sus pantallas según los ajustes de brillo y luminosidad que habrán tenido a bien en configurar en su debido momento. Si no es así, gradúen su monitor ahora, es muy recomendable.

Columna seca
. Me dije, es magnífico, una especie de radiocasete con un mensaje realmente intrigante. Estaba sacando la foto y atrayendo la atención de algunos transeúntes - siempre es así, en cuando haces algo distinto pasa eso o aparece un guardia de seguridad - cuando realmente me di cuenta que ahí no había ninguna clase de intervención artística. El fantástico Columna seca no resultaba ser más que un aviso, probablemente para bomberos. Dicho de otro modo: aquel icono no era un radiocasete sino una cosa muy útil en caso de incendio, desplome o yo que sé qué accidente. Y como colegirán ustedes, me llevé una profunda decepción. Resulta que uno, al final, presa de su entusiasmo, ve cosas donde no las hay. Iba a proseguir mi andadura, taciturno, apesadumbrado y todo cuanto podamos añadir que suene así un poco literario cuando reparé en que alguien había tachonado algunas de las letras del cartel, tal y como puede observarse en el siguiente detalle;


Al fin, en aquel cartel había un proceso aunque aún estuviera lejos de los fenómenos a los que aquí solemos prestar atención, mucho más nítidos y elaborados. El asunto invita a la reflexión y se asemeja al estudio de los restos de alguna tribu primitiva o una forma de vida microscópica. Ésto para mi viene a ser como si ahora encontraran protozoos en Marte. Quizá no es la clase de vida que soñamos encontrar pero nos ofrece el consuelo de no estar solos en el universo. Al menos, a nivel biológico. Si nos hemos encontrado con ésto en otra ocasión, quizás, podamos echar una partida de ajedrez con un alienígena.

12 de noviembre de 2010

Ese cosquilleo en el estómago que…

LO INESPERADO
(Inesperado, ¿eh? Esas mayúsculas imponentes tamaño nueve).

El factor inesperado en la vida disoluta es la constante que alimenta a los seres que en ella desarrollan su ser. Son cosas que no esperas, como su propio nombre indica, y que llevan a uno de un lado para otro en una vorágine de sucesos ciertamente enmarañada. Un frenesí siempre al borde de la desesperación, siempre con conciencia nihilista y un destino cada vez menos deseable. Y es que el primitivo kaos está presente en el hombre como también está presente en el hombre el eco del big-bang surcando el espacio a millones de años luz. Esa sensación... indescriptible. Seguro que cuando hayan dejado ustedes de leer este puñado de letras inconexas unos días después podrán decir: - creo que ya empiezo a entender lo que decía aquella estrambótica publicación -. El pie de este asomo bien puede ser una mancha inadvertida en la ropa, el descuido de perder las llaves del coche o cualquier otro suceso de apariencia trivial que sin embargo reviste todo un mundo de conexiones cerebrales atávicas.

Yo creo que ese cosquilleo en el estómago lleva por nombre libertad pero si digo libertad la propia carga cultural de la palabra me lleva a algo muy alejado de ese mero y extraño cosquilleo en el estómago que... bueno, ya sabrán a lo que me refiero si no lo han adivinado ya.

11 de noviembre de 2010

Hoy: La crisis y una aguda revisión de la filosofía nietzscheana


Cuando me he propuesto escribir tenía intención de hacerlo sobre la profunda crisis económica y política que asola Occidente en la actualidad. A medida que he reconsiderado la idea, he decidido escribir sobre otra cosa distinta.

Reflexionemos

El modelo de nuestro mercado se muestra obsoleto y arrastra problemas de base que ahora nos empiezan a preocupar. Una explicación económica ofrecida por los medios del origen de la crisis es netamente financiera: los bancos han tomado decisiones empresariales basadas en modelos ideales del neoliberalismo, pensando que, por ejemplo, la gente podrá tener trabajo siempre y pagar su hipoteca o que, aún en el caso de que no puedan pagarla, el valor de la inversión inicial habrá subido como la espuma. Pero en un escenario de desconfianza bursátil y de desaceleración económica esto es muy difícil. Una deuda impagable se ha extendido por todos los fondos del mercado internacional, la gente se ha visto obligada a reducir sus consumos, los Estados salen al rescate de la economía, la producción no tiene salida y los puestos de trabajo desaparecen. El próspero mañana que anunciaban los anuncios de bebidas gaseosas está llegando y no se revela tan próspero ni tan optimista como decían los slogans. Estamos en ese momento de la noche en que se nos pasa por la cabeza que empieza a hacerse verdaderamente tarde y la resaca de mañana va a resultar tremenda. Lo hemos pasado genial en este garito pero todos sabíamos que no hay un futuro cuando has gastado en dos días recursos que han tardado millones de años en generarse. El alcohol en altas dosis puede ser bueno para desinhibirse pero para la salud es severamente dañino.

Reflexionemos más aún

Podemos también ofrecer otro punto de vista: el calentamiento global obedece en su mayor parte a causas naturales. A lo largo de la historia del planeta Tierra hemos vivido épocas de glaciación y de calentamiento. Puede que el uso de combustibles fósiles, radiactivos etc. no contribuya a la salud del medio ambiente pero el universo es demasiado grande y demasiado despiadado como para pensar que nuestras acciones van a cambiar su transcurso natural lo más mínimo. Nuestra vida es muy limitada, ¡disfrutemos mientras podamos!

Existen honrosas excepciones como la vida de Dante, por ejemplo. No es que Dante hoy esté vivo, entiéndase, pero es lo que se suele decir. Pero es verdad, me doy la razón, al fin, unos cuantos millones de años y la humanidad será polvo cósmico. Incluido Dante y lo que se suele decir de Dante.

Ya estamos casi llegando

- ¿Eres tú, Dios? Perdona, me dejé una bufanda en tu casa la otra noche.
Esto lo dice un tío repeinado y perfumado llamando a la puerta del cielo; conclusión: Dios era gay.

Si quieren una conclusión sobre la crisis les ofrezco esta misma: Dios era gay.

10 de noviembre de 2010

P pe

Hacía mucho que había dejado el tema aparcado, pero el destino ha querido entrecruzarse como el argumento de una telenovela. Colocado en una papelera, sólo a la vista de miradas especialmente atentas y sensibilizadas con estas prácticas subversivas, se anunciaba este fenomenal Pepe. La ciudad, por vez primera, te revela un mensaje, un juego, y al instante el espectador entra a formar parte de esta delirante trivialidad. Vi como las letras tipo, perfectamente contorneadas (arrancadas de algún lugar con celo, paciencia y mimo, alguna pe mayúscula un poco arrugada) hacían sombras en el acero inoxidable de la papelera que destellaba flamante e impoluta. Papelera se convierte en Pepe. O mejor dicho en “P pe”. Quizá la e que faltaba sucumbió a la terrible monotonía urbana.

Documento este hecho en el que no participé como autor pero sí como espectador sobrecogido por esta fina gamberrada.

Otro día os comento la gala de los premios MTV.

Hoy me voy a poner la bufanda para escribir




El título de esta entrada no apela al significado de una frase que emplean los aficionados del fútbol para referirse a ciertas líneas editoriales. Sólo quería expresar que aquí hace frío.

(Pausa para reflexionar)

Quevedo escribiría hoy sus poemas en sms.

Ésta es la máxima a debatir. Bien, Tomás, salga a la pizarra y demuéstrenos por qué Quevedo escribiría sus poemas de aquella forma.

Tomás – Los escribiría, señor, si me permite decirlo, porque según creo yo es lo que el pobre hombre mejor sabría hacer además de darse a toda clase de vicios. En cambio, si Quevedo no fuera Quevedo y fuera un coetáneo nuestro en ningún caso escribiría poesía, ni siquiera poesía en un sms, sólo un sms.
Perfecto, Tomás, bien argumentado. La próxima vez procure no extenderse tanto en alocuciones innecesarias y diríjase a esa parte que solemos denominar vulgarmente grano como eje de la cuestión. ¿Entiende lo que le digo, señor Tomás?

Tomás – Perfectamente, señor.

Bien, como acaba de argumentar el señor Tomás la poesía hoy ya no es poesía, es poco más que una frivolidad. Sí, no se rían, esta afirmación desprende tanta seriedad como el más profundo y sentido pésame. Ahora nos dedicamos a cosas más prácticas como mandar mensajes a través de nuestro celular o estudiar fiscalidad soñando con poder apoltronarnos en una dependencia pública. Lo trascendente hoy es por completo intrascendente y lo que prevalece es servir al Capital. Nuestros poetas más laureados son publicistas.
Bien, que nadie levante la mano ahora, ya sé lo que pensáis. Pensáis lo siguiente: no, este hombre nos está engañando; este retórico no puede poner en duda algo tan evidente como que la poesía siempre ha existido y existirá.

¿Acaso piensa usted esto señor Tomás?

Tomás – Ahora me coge distraído, señor, pero le aseguro que sí, que si estuviera siguiendo su disertación punto por punto le respondería afirmativamente.

La poesía siempre existirá... bueno, mediten la cuestión. ¿Existe hoy la práctica de tallar puntas de lanzas con piedras pulimentadas?

Tomás – Claro que sí, señor. No soy muy versado en ciencias antropológicas pero seguro estoy que ahora mismo habrá una tribu en algún lugar del mundo que talla sus lanzas al uso de nuestros remotos antepasados. En cuanto a la fabricación de lanzas… hoy existen armas más sofisticadas, pero armas al fin. Si bien he concedido que un coetáneo nuestro no escribiría poesía con un teléfono no me parece del todo imposible que un poeta pueda hacerlo. Quevedo, por supuesto, está muerto y ya no puede escribir poesía.

Señor Tomás, si piensa que concediéndome la razón siempre que se distrae consigue mejorar su retórica está muy equivocado. A mi humilde entender yerra sobre este último punto. La tribu a la que usted se refiere con disimulado fervor, aquella que sigue tallando puntas de lanzas con piedras pulimentadas, al paso que vamos, acabará manufacturando carcasas para teléfonos móviles y fumando cigarrillos en su mismo entorno ya devastado. O, en un futuro previsible, lo hará en un parque temático encerrada en una jaula que simula su biosfera extinta. ¿Acaso existe la talla de puntas de lanza con piedras pulimentadas como fenómeno realmente extendido? Y quiero decir, por extensión, ¿existe el mismo pensamiento en diferentes mundos, en diferentes tiempos? No creo que la poesía de una tribu del Amazonas perdure y creo que pocos son capaces de entenderla. No sé tampoco si se puede llamar poesía, ni si existe para ser entendida o para perdurar.
Pero puedo ser aún más tajante; el árbol que cae en medio de un bosque solitario sólo existe para un oso que esté lo suficientemente cerca como para oírlo y escucharlo, es más, mientras no sea verdaderamente excepcional la caída de este árbol para él no existirá aun pudiéndose dar por enterado. Y esto no es todo: un oso jamás nos dirá que escuchó caer un árbol en medio de un bosque solitario con lo que este árbol está tan solo que ni existe.

Sin embargo… oh ¿qué escucho? Es la voz de los difuntos poetas que proclama:

Mientras haya poetas
habrá poesía

Y entre las voces de estos poetas está también la del señor Tomás, que hace eco de todo lo que escucha. Los poetas de hoy se parecen tanto a los de entonces como se parece la poesía de Hesíodo a la de Ramón Gómez de la Serna. Hoy no hay poetas ergo no hay poesía. Los sustituyen una panda de borrachos cultos y distintos del resto de los borrachos que le suelen asaltar a uno en el metro. Poco antes era así: oye, Pedro, tú que escribes bien y fuiste a la universidad, escríbeme una carta para Laurita. – ¿Y qué le pongo? – pregunta Pedro lamiéndose un pulgar y apartando su más secreto poemario para ceñirse sobre un papel inmaculado con gesto condolido. Dile – dice el otro – que la quiero llevar al huerto, así, pero con palabras cucas, ya me entiendes Pedro, esas mariconadas que les gustan a las mujeres.

29 de octubre de 2010

Dibujos infantiles II

Este dibujo siempre lo he guardado con un cariño especial. Recuerdo que hice bastantes de este tipo y constituían una empresa que me obligaba a estar distraído en gran parte de las clases. Los cartones sobre los que está hecho acompañaban a los tacos de folios que nos daban en el colegio. Eran estos cartones un bien muy preciado ya que, por cada cien folios, correspondía un cartón de manera que muy pocos alumnos eran poseedores de estos cartones tremendamente útiles para escribir encima de ellos, folio mediante, de manera que la tinta del bolígrafo se deslizase con soltura. Mi condición de artista no me daba preferencia a la hora de recibir un cartón de manera que cuando uno llegaba a mis manos tenía que aprovecharlo al máximo. Solía enlazarlos unos con otros hasta formar dípticos y trípticos infinitos como puede verse en la imagen. Por lo general mis compañeros apreciaban mi minuciosa labor pero en una ocasión uno se enfadó conmigo y me rompió un dibujo delante de mis narices. Le dije orgulloso que no me importaba, que podía hacer más y para demostrarlo me hice con otro cartón y empecé a dibujar. Realmente eso era lo importante, el talento de dibujar y no el dibujo en sí, el esfuerzo y la dedicación. Pero claro, con eso uno no se consuela. Aunque dije que no me importara en realidad con el dibujo también se me desgarró un pedazo de alma pero de ninguna forma debía dar muestras a mi enemigo de desfallecimiento pues entonces su motivo tendría respuesta y podía llevarle a repetir la acción y bastaban unos segundos para acabar con un trabajo de semanas enteras. Todo ésto lo razonaba yo con muy corta edad. Dada mi frenética actividad dibujística acarreaba un gran gasto de bolígrafos y recuerdo que los guardaba en el estuche cuando su vida se extinguía. Conocía muy bien las calidades de la tinta y a veces hasta los personificaba como si fueran una dinastía, de manera que los bolígrafos hijos iban enterrando a sus antedecesores.