
25 de noviembre de 2010
24 de noviembre de 2010
Fe de errores. Japonesas y Moratinos.
En la Edad Media se acuñó esta máxima que he transcrito para referirse a que quien se excusa, se acusa. A mí nadie me ha acusado de nada pero yo insisto en excusarme. De esta manera, me acuso y me considero culpable.
Hace ya tiempo que me dedico a verter de forma ciertamente apasionada opiniones desordenadas en este espacio más o menos literario, arremetiendo en ocasiones contra algunas formas de pensamiento e, incluso, contra algunos personajes públicos. No voy a enumerar los casos concretos pues sería una labor de archivo completamente extenuante. No creo, en suma, que a estos personajes les vaya a parecer mal que alguien como yo, es decir, nadie, diga lo que le de la santa gana en medio de un desierto virtual. Ellos deberían de aplicar, si no lo hacen, el que hablen de mí, aunque sea para mal. Si no piensan así, quiero tenderles ahora mismo la mano y si piensan así, pues también, que el gesto nunca está de más.
Reconozco que en ocasiones hago poco uso de la humildad y que para lo único que soy demasiado original es para incurrir en errores ortográficos. Reconozco también que me sirvo de la batidora para vertebrar mis artículos y que esto desemboca frecuentemente en una generación de ruido y confusión. No puedo excusarme en que no pretendo escribir La divina comedia pues, desde que empecé a escribir, lo hice con motivo de tratar de llevarlo a cabo de la mejor forma posible, con corrección, sinceridad, respeto... hacia la figura del lector, justificación última de la labor comunicativa en la que me veo envuelto día tras día, labor en la que creo y en la que persisto tozudamente, aun sin suficiente cultura, talento o inventiva. En efecto, pensarán, no hay cosa peor que alguien que pone todo su empeño en un asunto para el que no está intelectualmente capacitado y esta dedicación sólo le acarrea, para colmo, algún que otro disgusto.
Después de la necesaria expiación de culpas, después del obligado paso por el reclinatorio, me dispongo a tratar el tema de hoy titulado Fe de errores. De vez en cuando la prensa nacional recoge declaraciones polémicas de personajes públicos. No quiero juzgar aquí el papel de los periodistas, si recogen las declaraciones porque realmente creen en unos nobles principios profesionales o si lo hacen espoleados por un amarillismo realmente insultante y vergonzoso. Esto sería tema aparte. Lo que pretendo torpemente es centrar nuestra atención sobre dos declaraciones; de un lado la de Sánchez Dragó acerca de ciertas jóvenes niponas (suceso autobiográfico) y de otro la de Pérez Reverte acerca del ex ministro de asuntos exteriores. Los dos, por supuesto, están encantados con la repercusión que han tenido en el share nacional, algo que sin duda aumentará las ganancias procedentes de los derechos de sus obras. Como dije antes, ellos deben de estar suscritos al que hablen de mí, aunque sea para mal. A mí, personalmente, los dos me parecen magníficos escritores y sus desafortunadas declaraciones me traen un poco sin cuidado pero he decidido seguir la línea informativa por ver dónde paran todas estas cosas al cabo del tiempo.
Dragó explica convenientemente el asunto japonés en su blog, se disculpa y se defiende. A veces es un poco jesuítico y, por lo que he podido entender, mantiene su postura fabuladora y bohemia frente a la estrechez, el encorsetamiento... de la realidad política. Parece como si Dragó estuviera crucificado, sumergido en un profundo éxtasis místico, mientras los romanos del PSOE le clavan la lanza en el costado. El pueblo llano, por su parte, le dedica comentarios poco amigables en los que la palabra pederasta es la más cariñosa.
De su parte, Pérez Reverte, en su fe de errores sobre el asunto Moratinos, reivindica su postura bravucona y alega que a los ministerios se viene ya llorado de casa lo cual ha llevado a algunos a caricaturizarle del siguiente modo:
Pérez Reverte no escribe libros. Los libros se escriben solos y ponen a Pérez Reverte como autor porque le tienen miedo.
Pérez Reverte llamó al servicio técnico de Telefónica y solucionó el problema...
Siento ahora -es una especie de rigor académico- que debería hacer conclusión de todo este asunto pero la verdad es que una conclusión sobre este asunto me preocupa menos que los niveles de THC de mi organismo. Todas estas declaraciones vienen a ser, al final, como gotas de lluvia. Uno puede poner un vaso para tratar infructuosamente de recogerlas y beberlas todas pero es sin duda mucho mejor paladear un buen vino mientras se deleita con el compás de la lluvia. Ahora que llega el invierno recomiendo esta práctica, ésta, y la de corregirse de vez en cuando. Aunque ya saben, más sabio que disculparse es no cometer errores.
23 de noviembre de 2010
22 de noviembre de 2010
Los extraterrestres existen, somos nosotros
Como sabrán quienes han leído la entrada anterior iba a aclarar por qué creo que los extraterrestres somos nosotros mismos. Es algo que tiene poco que ver con toda la parrafada anterior de modo que me disculpo por la licencia.

(Música de tensión típica de los thrillers)
Los extraterrestres existen
Todos sabemos que el universo es bastante grande aunque la palabra tenga sólo ocho letras. Conservo en mi biblioteca un tomo, El universo desbocado, una especie de divulgación de la teoría de la relatividad para personas no muy científicas. Leyendo estas cosas uno siempre tiene la sensación de que está perdiendo el tiempo pues dentro de un rato puede que una nueva teoría de al traste con todo cuanto nos parecía cierto y fiable. Con El universo desbocado en la mano como si fuera la Biblia o la Constitución uno no puede decir tranquilamente que el universo sea bastante grande sino que el universo es relativamente grande. Otra cosa que se puede decir, también con cierto criterio, es que el tamaño del universo se desconoce. Volviendo a la teoría de la relatividad lo justo sería señalar que el universo es finito, pero ilimitado. Si esto no nos saca de dudas iremos al dato concreto: en la publicación Misconceptions about the Big Bang, lo que llamamos universo visible alcanza un diámetro de unos 93.000 millones de años luz. Yo no sé en base a qué se harán estos cálculos astronómicos de la misma manera que nunca he sabido cómo se puede medir la densidad de la masa del núcleo de Saturno, por ejemplo. Uno anota el resultado como quien copia un ejercicio de matemáticas sin haberlo entendido.
En relación con la distancia que hay de mi cuarto al cuarto de baño el universo visible resulta ser bastante grande, sí, pero esa misma distancia para un electrón que esté en mi cuarto es todo un universo. Menos mal que los electrones no necesitan ir al baño. Con este pensamiento tan relativo se puede deducir que las leyes antropocéntricas sólo nos sirven a nosotros y que nuestros métodos estimativos son, al fin, de andar por casa. Uno siente vértigo ante la magnitud de lo desconocido, ante lo que el hombre no puede dar por inequívoco, y quizá por ello uno acaba haciendo una reducción bastante interesante. Esta reducción consiste en hacer un planteamiento tipo:
El universo es inabarcable;
si yo soy el universo, el universo empieza y termina conmigo
luego el universo es abarcable
Aunque así expresado parezca lógicamente falaz, alguien puede creer con facilidad que todo cuanto conoce es solamente todo cuanto puede decir que realmente es. Es más, argumenta: ¿cómo voy a conocer algo que no es? pero como ya adivinarán este antropocentrismo tipo sólo sirve para andar por casa. Lo que hay pasados esos 93.000 millones de años luz para este antropocentrista no existe. Esto no es muy grave. Sí lo sería si el límite de su universo fuera de su cuarto al cuarto de baño ¿no? Bueno, esto dijimos antes que era relativo de modo que no resulta tampoco grave. Pero sigamos adelante; tampoco para él existe el pasado remoto ni el futuro lejano. Él ni estuvo ni estará con lo que su universo, el único universo posible, o no existía o ya habrá terminado. Adviértase que la muerte no le preocupa pues una vez muerto no tendrá un sistema pensante para hacer consciente ningún tipo de temor. El resto de los humanos sí le preocupan, aunque a primera vista podamos pensar que no, al fin, son parte de su universo. Lo que no le preocupan son los esquimales mientras no los vea en las noticias o no vaya al polo norte a visitarlos...
A nadie se le escapa que estos esquimales existen, aunque no los conozca; que su universo se debe a las leyes de otros universos distintos al suyo y que, aun dentro de su propio universo, no puede aspirar a conocerlo todo; esto es porque su universo está en continua expansión y, aun en el caso de que quede recluido en un armario, puede dormirse y soñar, por poner, con un elefante alado.
Nadie ha visto un extraterrestre. Bueno, esto puede ser mentira y más si tenemos en cuenta ciertas declaraciones. Digamos mejor que nadie puede demostrar fehacientemente que los extraterrestres existen pero en 93.000 millones de años luz resulta cuanto menos presuntuoso pensar que estamos solos en el universo. Dicho de otro modo: nadie puede demostrar que los extraterrestre no existen. Si decimos que los extraterrestres no existen seríamos al final como el antropocentrista que no considera la existencia de esquimales. Pero bueno, dirán ustedes, a lomos de estas afirmaciones por el mismo procedimiento también puede resultar presuntuoso decir que los gamusinos no existen... y es que, en efecto, de lo que no es se pueden desprender todo tipo de afirmaciones. Cuando titulé la entrada, me propuse hablar de la existencia de los extraterrestres y no de los gamusinos de modo que espero que entiendan que deje esta última cuestión sin resolver. Además, cuando titulé la entrada no tenía pensado hablar sobre temas científicos sino simplemente dejar claro que los extraterrestres existen.
Los extraterrestres existen, yo los he visto, somos nosotros. Tendré a bien explicarme en la siguiente entrega, tanto o más entretenida que la presente.
20 de noviembre de 2010
14 de noviembre de 2010
Sombras
13 de noviembre de 2010
Columna seca
Columna seca. Me dije, es magnífico, una especie de radiocasete con un mensaje realmente intrigante. Estaba sacando la foto y atrayendo la atención de algunos transeúntes - siempre es así, en cuando haces algo distinto pasa eso o aparece un guardia de seguridad - cuando realmente me di cuenta que ahí no había ninguna clase de intervención artística. El fantástico Columna seca no resultaba ser más que un aviso, probablemente para bomberos. Dicho de otro modo: aquel icono no era un radiocasete sino una cosa muy útil en caso de incendio, desplome o yo que sé qué accidente. Y como colegirán ustedes, me llevé una profunda decepción. Resulta que uno, al final, presa de su entusiasmo, ve cosas donde no las hay. Iba a proseguir mi andadura, taciturno, apesadumbrado y todo cuanto podamos añadir que suene así un poco literario cuando reparé en que alguien había tachonado algunas de las letras del cartel, tal y como puede observarse en el siguiente detalle;
Al fin, en aquel cartel había un proceso aunque aún estuviera lejos de los fenómenos a los que aquí solemos prestar atención, mucho más nítidos y elaborados. El asunto invita a la reflexión y se asemeja al estudio de los restos de alguna tribu primitiva o una forma de vida microscópica. Ésto para mi viene a ser como si ahora encontraran protozoos en Marte. Quizá no es la clase de vida que soñamos encontrar pero nos ofrece el consuelo de no estar solos en el universo. Al menos, a nivel biológico. Si nos hemos encontrado con ésto en otra ocasión, quizás, podamos echar una partida de ajedrez con un alienígena.
12 de noviembre de 2010
Ese cosquilleo en el estómago que…
11 de noviembre de 2010
Hoy: La crisis y una aguda revisión de la filosofía nietzscheana
10 de noviembre de 2010
P pe
Hacía mucho que había dejado el tema aparcado, pero el destino ha querido entrecruzarse como el argumento de una telenovela. Colocado en una papelera, sólo a la vista de miradas especialmente atentas y sensibilizadas con estas prácticas subversivas, se anunciaba este fenomenal Pepe. La ciudad, por vez primera, te revela un mensaje, un juego, y al instante el espectador entra a formar parte de esta delirante trivialidad. Vi como las letras tipo, perfectamente contorneadas (arrancadas de algún lugar con celo, paciencia y mimo, alguna pe mayúscula un poco arrugada) hacían sombras en el acero inoxidable de la papelera que destellaba flamante e impoluta. Papelera se convierte en Pepe. O mejor dicho en “P pe”. Quizá la e que faltaba sucumbió a la terrible monotonía urbana.
Documento este hecho en el que no participé como autor pero sí como espectador sobrecogido por esta fina gamberrada.
Otro día os comento la gala de los premios MTV.
Hoy me voy a poner la bufanda para escribir
29 de octubre de 2010
Dibujos infantiles II
Este dibujo siempre lo he guardado con un cariño especial. Recuerdo que hice bastantes de este tipo y constituían una empresa que me obligaba a estar distraído en gran parte de las clases. Los cartones sobre los que está hecho acompañaban a los tacos de folios que nos daban en el colegio. Eran estos cartones un bien muy preciado ya que, por cada cien folios, correspondía un cartón de manera que muy pocos alumnos eran poseedores de estos cartones tremendamente útiles para escribir encima de ellos, folio mediante, de manera que la tinta del bolígrafo se deslizase con soltura. Mi condición de artista no me daba preferencia a la hora de recibir un cartón de manera que cuando uno llegaba a mis manos tenía que aprovecharlo al máximo. Solía enlazarlos unos con otros hasta formar dípticos y trípticos infinitos como puede verse en la imagen. Por lo general mis compañeros apreciaban mi minuciosa labor pero en una ocasión uno se enfadó conmigo y me rompió un dibujo delante de mis narices. Le dije orgulloso que no me importaba, que podía hacer más y para demostrarlo me hice con otro cartón y empecé a dibujar. Realmente eso era lo importante, el talento de dibujar y no el dibujo en sí, el esfuerzo y la dedicación. Pero claro, con eso uno no se consuela. Aunque dije que no me importara en realidad con el dibujo también se me desgarró un pedazo de alma pero de ninguna forma debía dar muestras a mi enemigo de desfallecimiento pues entonces su motivo tendría respuesta y podía llevarle a repetir la acción y bastaban unos segundos para acabar con un trabajo de semanas enteras. Todo ésto lo razonaba yo con muy corta edad. Dada mi frenética actividad dibujística acarreaba un gran gasto de bolígrafos y recuerdo que los guardaba en el estuche cuando su vida se extinguía. Conocía muy bien las calidades de la tinta y a veces hasta los personificaba como si fueran una dinastía, de manera que los bolígrafos hijos iban enterrando a sus antedecesores.






