25 de marzo de 2026

5.000 (avance)

[Todavía no se ha publicado la entrevista con motivo de la publicación del tema número 5.000 de la Orquesta Arrecife. No obstante, aquí un avance del documento, como si este fuera un formato televisivo de gran audiencia  en vez de un blog perdido de la mano de Dios].

 

Entrevistador - …Y ahora vendrá usted a decirme que todo esto ha sido completamente improvisado. No sé si creérmelo [Risas].

El autor de El viaje de Antonio - No, claro que no [da un sorbo a su vaso de agua].

 

Entrevistador - Bueno, bien, cambiando de asunto. Oye. Tuve a bien, cuando preparaba la entrevista, leer uno de sus artículos biográficos, El pianista tullido creo que se titulaba. Ha escrito usted abundante literatura sobre sus años iniciáticos. ¿Es posible, no obstante, que haya dejado incompleto el capítulo de su etapa como alumno de la escuela municipal de música?

El autor de El viaje de Antonio - Es posible. Hasta este punto creo que ya lo he dejado todo por escrito, pero he notado que en las entrevistas a muchos espectadores les encanta salir al encuentro de lo esperado, revivir lo cómodo y lo seguro, escuchar de nuevo el slogan, la coletilla o el gag repetitivo que valida la fama del personaje. Voy a ello, si me lo permite.

 

Entrevistador - Adelante. 

El autor de El viaje de Antonio - Coincidió que una vecina mía era profesora en la escuela de música. No lo fue por muchos años. Esta señora fue, además, mi primera profesora de piano y, al observar mi mano izquierda, que padece de hiperlaxitud, determinó que no era conveniente que recibiera clases y que me dedicara a cualquier otra cosa, al baloncesto o al ajedrez, quién sabe.

La buena señora L. estaba firmemente convencida de que con aquel defecto físico manifiesto era inviable ejecutar correctamente el piano a dos manos. Recuerdo tuvo varios renuncios con mis padres, quizá abultados también por mi mala conducta, mi escasa intuición musical o mi avanzada edad. Mientras practicaba los tediosos ejercicios rudimentarios, la señora L. parecía estar contando minutos hasta que llegara el preciso momento en que me levantara de la banca y abandonase el instrumento haciendo un gran favor al noble arte de la música. 

 

Entrevistador - O sea que no le diste el gusto… o quizá sí, solo que tardaste un poco más de la cuenta.

El autor de El viaje de Antonio - Ves, no puedes, es imposible, ¿Cómo vas ahora a tocar este acorde? 

Entrevistador - [Risas]. 

El autor de El viaje de Antonio - Y era bien cierto, no podía. La mirada de la señora L. estaba cargada de razones. Que yo no pudiera ejecutar aquella octava tan básica me incapacitaba para aprender cualquier pieza que no fuera el Cumpleaños feliz. Pero lo encaré como un reto, como un desafío, como un problema a resolver. No detecté malicia en la señora L., todo lo más, me pareció un juego inofensivo.

Estiré la mano en el teclado todo lo que pude, con cierto dolor. No alcanzaba la octava por más que me esforzara. Fin de la partida. Entonces… acaeció un milagro trascendental. Los tejidos se doblegaron hasta tal extremo que parecían ignorar las leyes físicas, la mano describió una apertura con pasmosa plasticidad, ejecutando un movimiento imprevisible, como un golpe tenístico magistral o un salto acrobático impuntuable. No había dudas de que aquello quedaba fuera de la tabla. Mi dedo meñique, a guiso de muñón informe, logró percutir la tecla mientras mi pulgar hacía lo propio, eso sí, en una figura indecorosa y completamente anómala, que violaba toda norma y convención pianística. Resumiendo: era feo, pero funcional. El acorde primero resonó tímido en la sala, luego sucio, y finalmente, rotundo e impactante, demoledor, preclaro. Era lo que ponía en el pentagrama, justo lo que tenía que ser. Era, por el momento, suficiente, 

 

Entrevistador - Pero arrojaba más dudas que certezas a la hora de interpretar a Liszt, ¿no?

El autor de El viaje de Antonio - No era poco. Me había transmutado en un Paganini al revés y lo más reseñable de todo es que no sabía ni cómo había conseguido improvisar el gesto bajo la evaluación concienzuda y determinante de la señora L. Era incapaz de alcanzar esa tecla, lo que ocurre es que nunca llegué a creerlo. 

No puedo enseñar a su hijo, es una pérdida de tiempo, o algo similar se cansaba de exponer la señora L. a mis padres, al término de cada clase.

 

Entrevistador - ¿Y en casa qué? Porque alguien tendría que decidir si aquello tenía sentido o no.

El autor de El viaje de Antonio - Mis padres no entendían nada, ni de piano, ni de acordes, ni de Liszt, ni de la señora L. pero hombre, señora L., tampoco necesitamos un Paganini, con que aprenda un poco es suficiente, entienda usted, el niño es joven, tiene ilusión.   

Entrevistador - Danos por lo menos un Daddy Yankee.

El autor de El viaje de Antonio - Desconozco ampliamente las circunstancias personales de la señora L., aparte de que fuera mi vecina, pero tiendo a imaginármela como una alumna prodigio, una intérprete soberbia que hacía tiempo ya había agotado su prime y había de resignarse a compartir sus valiosos conocimientos con alumnos peor que mediocres. Un retiro discreto en un pueblecito apartado, un silencio oscuro después de la tremenda ovación en los escenarios más concurridos de Europa.

Una profesora de gimnasia vieja y gorda que no tenía reparos en emplear la disciplinaria vara con sus niñas hasta hacerlas sangrar, mientras les recordaba sus años gloriosos en los que estaba predestinada a ganar el oro en las Olimpiadas. No lo ganó porque tuvo que abandonar en el último momento a causa de una desafortunada lesión. Porque fue mujer, porque tuvo que trabajar, tener hijos, caer en desgracia qué se yo. Bien pudiera tratarse, lejos de la caricatura, de circunstancias tristes e injustas.

 

 Entrevistador - O sea que, en tu cabeza, la señora L. tenía toda una tragedia detrás.

El autor de El viaje de Antonio - El caso es que todo este material se presenta como el combustible perfecto para incendiar un gran discurso de éxito y autosuperación. Mirad, la señora L. robó la ilusión a un pobre niño, pero ahora ese niño es un músico admirado y prominente. 

Se trata de un guion bien manido por la meritocracia, pues en el acervo abundan los grandes genios que cambiaron el curso de la historia y no supieron adaptarse a los mandatos de sus maestros, quienes jamás sospecharon el gran potencial escondido. Incluso hubo algunos genios que los rechazos y los obstáculos los espolearon para alcanzar hitos colosales que ahora toda la humanidad celebra con pleitesía y veneración. El individuo preso de una sociedad que le condena y este individuo acaba forjando su propio camino y liberando a la misma sociedad.

 

 Entrevistador - Sí, es lo que suele pasar.

El autor de El viaje de Antonio - Pero qué cojones. Hoy tengo que dar la razón a la señora L. y reconocer que, con todas sus imperfecciones, la señora L. no se equivocó en su diagnóstico ni un ápice. Su mirada, aunque no previera saltos mortales no reglamentarios, no estaba exenta de criterio y soterrada experiencia. Jamás llegaría a ser un gran pianista. O por lo menos el pianista competente que una profesora y unos padres esperan.  

Este diagnóstico fue, que yo recuerde, corroborado por un profesor diametralmente opuesto, que fue mi gran valedor. Este profesor -al que también he referido en otros artículos biográficos, como usted los denomina-, apoyó ampliamente mi carrera de dibujante, pero, en confianza, confrontando el veredicto de la señora L. determinó, quizá incluso pecando de benévolo: su hijo no será un gran pianista, pero puede llegar a ser un gran compositor

 

Entrevistador - Bastante benevolente, por lo que cuenta.

El autor de El viaje de Antonio - Esto, con el paso de tiempo, desprende clarividencia absoluta; he acabado siendo un compositor, independientemente de malo o bueno. Aunque pueda leerse optimista esta sentencia en su día cayó triste, como si acabar componiendo equivaliera a estudiar física nuclear para cocinar hamburguesas en el McDonald’s.

De modo que me encantaría toparme con la señora L. y restregarle por la cara mis éxitos musicales, pero luego lo sopeso y reflexiono ¿qué éxitos? Orquesta Arrecife no es un proyecto exitoso en términos gananciales y de audiencia. Puntúa como logro personal, nada más. Es ampliamente discutible. Puede que incluso sea un fracaso. Supongamos que ahora me requiere un director de primera línea y pincha El patio en la última y definitiva superproducción de Hollywood. Llamaría al timbre de la señora L. (ya no es mi vecina ni vive donde antes, pero da igual) y, al abrirse la puerta, enarbolaría mi estatuilla de óscar con mi mano tullida. 

 

Entrevistador - Menudo final.

El autor de El viaje de Antonio - Es posible que la señora L. se atribuyera el óscar y me espetara: me alegro, gracias a mis clases conseguiste este premio. Podría recrearme en infinidad de variaciones sobre esta fantasía enfermiza, pero me decanto por una de las más probables, si no la que más: Con aplomo, la señora L. diría: música de cine, vaya pérdida de tiempo, sabía que nunca serías pianista.

No hay comentarios: