6 de enero de 2019

La barandilla

Del sueño de anoche conservo algunos retazos, confundidos con otros sueños anteriores que me vienen a la cabeza y no sé si acaso anoche se repitieron o se referenciaron. De cualquier manera, los he ignorado para centrarme en los nuevos elementos.

Escenas de un aeropuerto me evocan a otras (tuve un sueño en el que deambulaba por allí con mi familia, esperando largas colas, conversando con gente variopinta y atravesando pasillos amarillos, escaleras y otros ingenios mecánicos), y también las confundo con escenas de un parking, una estación de tren y una ciudad (básicamente iba conduciendo y aparcando por una especie de laberinto urbano nocturno, no exento de algunos suburbios bastante lóbregos).

Por último, antes de describir la trama de anoche, ahondando en estas dos ambientaciones, he rememorado otro sueño más en el que mi hermano y yo inaugurábamos una especie de bar; pequeño, oscuro y angosto; con luces de neón y quizá alguna decoración de Halloween. El negocio no iba bien, a pesar de que una rara noche se llenó de adolescentes.

Referente a los suburbios, tengo que relacionar otro sueño (estos dos últimos, recordamos, sí que no tienen absolutamente nada que ver con el de hoy), en el que deambulaba por una especie de poblado de chabolas, con drogadictos y camellos gitanos acechando. En el sueño conseguía encaramarme a una chabola que parecía un chalet, pues tenía varios pisos y algunos lujos, como un jacuzzi iluminado.

 

Un amigo y su novia iban a realizar un viaje. Me encontraba en Benidorm y fuimos los tres a cenar a un centro comercial. Les presté una maleta y en la maleta se metió su novia, a la que llevé hasta el lugar donde cenaríamos. Pensé que aquella pequeña maleta negra pesaría demasiado, pero en verdad era bastante ligera y apenas costaba esfuerzo transportarla, con la chica dentro, claro.

No sabía cuál era el propósito de meterse en la maleta. Era como si estuviéramos probándola para hacer ese uso en el viaje y así ahorrar el pasaje de la chica. Sea como fuere, temía seriamente por su integridad.

 

Me habían nombrado Presidente del Gobierno o algún otro cargo importante. Andaba en una comitiva, en una especie de visita protocolaria a un aeropuerto. Ascendíamos por una suerte de puente con escaleras y me daba cuenta de que la barandilla estaba rota.

Llamaba mi atención la altura del puente, que ascendía y descendía por tramos, pero siempre se mantenía algo elevado, quizá cumpliendo alguna normativa. Consideraba que yo mismo lo había diseñado bien con piezas de lego, pues aquella altura, por algún motivo, parecía acertada y los cimientos, firmemente asentados.

La barandilla rota, al mismo tiempo, se convertía en el reposabrazos del asiento de un avión. Convenía arreglarlo por motivos de seguridad. Me puse manos a la obra, para lo cual, lo desmonté y volví a montar un par de veces. El piloto del avión me notificó que aquello era una gran hazaña, toda una proeza, vamos, pues nadie hasta entonces había conseguido arreglar aquella barandilla, menos cuando el avión estaba en movimiento. Debía ser también el único Presidente del Gobierno o alto mandatario que se ponía a arreglar un reposabrazos, cuyo sistema era muy similar al de los portafolios plastificados.

Intenté usar las piezas viejas, rotas y aparentemente inservibles, pero aquello no funcionaba, y probé con nuevas piezas pensando en haber hecho esto último lo primero. Uno de los problemas de usar nuevo material era que, al venir en parejas y solo había un reposabrazos estropeado, la otra pareja de recambios se quedaría sola. Maldecí mi mentalidad de pobre de andar siempre apurando el viejo material mientras me despertaba.

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