4 de agosto de 2016

Artisteo

Estaba en una academia para artistas y todos allí eran catalanes. Catalanes y artistas, me dije, esto tiene poco futuro. Hacía mucho calor en el aula pues era verano y el sol entraba a raudales por las cristaleras. Los radiadores también estaban encendidos. Fui apagándolos de uno en uno.

Visitaba a un viejo amigo que hacía tiempo se había casado y descubría que había prosperado enormemente. Ahora poseía una gran parcela en medio del campo y estaba construyendo una especie de recinto amurallado. Albañiles con trajes regionales estaban trabajando en la edificiación de un imponente castillo de piedra en el que me adentré. Descubrí una capilla con un órgano de teclas de diferentes colores, algunas de las cuales estaban precintadas con plástico. Después de eso vi un piano público en un paseo marítimo y me puse a acompañar a un flautista. Conseguimos atraer buena cantidad de público, la mayoría gente mayor. El flautista se iba perdiendo por el paseo y yo cada vez le oía peor. Cuando la pieza acabó, abandoné el piano y me dispuse a recibir las felicitaciones y las propinas. A pesar de que la ovación del público fue calurosa, destapé una alcantarilla, el lugar donde debíamos recoger las propinas y no encontré nada. Al cabo, el flautista vino y me enseñó una brillante moneda de dos euros que había recaudado en su paseo. Pensé que era poco, naturalmente, pero también traté de buscarle un sentido positivo y reparé en que no había -al menos en la Unión Europea- moneda de más alto valor. 

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